Las personas que tiene delante están, en general, menos pendientes de usted de lo que cree. Su propio mundo les absorbe más.
Artículo publicado en El Correo (16/04/2026)

Las personas, unas más que otras, cuando se ven expuestas a las miradas de los demás, experimentan en diferentes grados una tenaz sensación de que su pensamiento es transparente, sometido a la observación ajena. Es la llamada «ilusión de transparencia», que consiste en la tendencia a sobreestimar el grado en que los propios estados internos (pensamientos, sentimientos, intenciones) pueden ser vistos por los demás.
No es una idea delirante o convicción irrefutable de que nuestra experiencia interior es inspeccionada, absorbida y robada. No es un síntoma psicótico. Se trata, más bien, de un sesgo cognitivo o tendencia a pensar que soy transparente, en el sentido de que queda a la vista mi nerviosismo y preocupación por la impresión que causo.
Es una sensación inmediata y de algún modo incontrolable de que nuestra mente es transparente y que las personas que nos observan pueden conocer lo que en ese momento nos preocupa: temor a no dar mala impresión. No está reservada a los que tienen que hablar o actuar en público. También ocurre en encuentros más reducidos, incluso cuando se interactúa solo con otra persona o con la pareja.
A finales del siglo pasado, los profesores de Psicología estadounidenses Thomas Gilovich, Kenneth Savitsky y Victoria Husted Medvec propusieron la expresión «ilusión de transparencia» e iniciaron una serie de estudios empíricos sobre su naturaleza, causas y consecuencias. Indicaron que esta ilusión está estrechamente emparentada con el «efecto foco», una sensación, con diferentes grados de convicción, de que las demás personas se centran en nuestra apariencia y comportamiento.
¿Por qué es fácil sucumbir a esta ilusión? La ilusión de transparencia es hija de nuestra tendencia a pensar de forma automática que nuestra perspectiva no es “una perspectiva” más, sino la “única perspectiva”. Los demás ven y sienten como yo veo y siento; las demás personas están pendientes de mí como yo lo estoy. Una manifestación, pues, del sesgo egocéntrico.
Varios estudios han demostrado la consistencia de esta ilusión de transparencia o sesgo interpretativo en diferentes contextos de interacción social.
Como se puede sospechar, esta ilusión puede tener consecuencias importantes y no deseables para la persona. En primer lugar, hace que uno se centre más en sí mismo y en “lo que ven de mí” que en lo que realiza en ese momento (exponer una idea, informar de algo…). Esto lleva aparejado un aumento de la ansiedad, que puede llegar al bloqueo total y, en general, a entorpecer la comunicación eficaz. Ansiedad y temor que suelen conducir a evitar algunas situaciones de interacción social, con lo que el problema se robustece y enquista.
Pero las personas no son tan transparentes como creen. En su novela ‘Historia de dos ciudades’, Charles Dickens afirma con su claridad habitual la imposibilidad esencial de llegar a la capa más profunda de los seres humanos, «constituidos de tal modo que son unos para otros un misterio impenetrable», de modo que en una ciudad «cada uno de los corazones que laten en el pecho de sus miles de habitantes es un secreto para el corazón que está a su lado y que le es más querido».
«Un misterio» que se puede desvelar, sin agotarlo, lentamente y en reciprocidad empática. Además, las personas que tiene delante están, por lo general, menos pendientes de usted de lo que usted cree. Sin tratar deliberadamente de ignorarle, su propio mundo y preocupaciones le resultan más importantes y absorbentes que usted.
La popularización de la Psicología colabora a realzar la tendencia a creernos buenos lectores del rico y complejo mundo interior de las personas. Así, pues, junto a la ilusión de transparencia, la «ilusión de rayos X» de creer que se puede penetrar en el profundo y complejo mundo interior de los demás como si se estuviera dotado de unos potentes rayos X. Otro tipo de ilusión o engaño.
Una de las redes sociales más populares nos saluda con esta pregunta: «¿En qué estás pensando?». Cuestión ociosa porque las redes sociales y las páginas de internet conocen, sin nosotros advertirlo, lo que les interesa por las huellas que dejamos al utilizarlas. Es inútil blindarnos completamente, pero sí debemos exhibirnos con cautela.
Transparencia también como deber en gobernantes y responsables de instituciones. Sobre todo, en lo económico. Decía Enrique Tierno Galván, el Viejo Profesor, que «los bolsillos de los gobernantes deben ser de cristal», pensando en la transparencia del cristal, pero también en que no resiste mucho peso.
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