
Artículo publicado en el Correo (28/04/2026).

Cuesta mucho decir adiós a Josemari. Despedimos a una persona querida. Sesenta y tres años no es edad para marcharse. Arraigado en una honda y comprometida identidad jesuita, consagró su vida a Deusto con una mirada lúcida y prospectiva, una entrega incansable y una notable capacidad de escucha. Durante su etapa de rector (2013-2023), su constante afán de superación institucional le llevó a impulsar, con firmeza y discernimiento, aquellas iniciativas que juzgaba beneficiosas para la Universidad. Su extraordinaria capacidad de trabajo le permitió, asimismo, proseguir una fecunda labor intelectual.
Si tuviéramos que resumir su vida en una palabra, sería Pasión. Fue un hombre de pasiones hondas, de convicciones vividas, de búsquedas sinceras. Ante todo, tuvo una pasión por el Dios de Jesucristo. Tuvo pasión por la vocación y por la misión de la Compañía de Jesús. Pasión por el saber, por comprender, por ir más allá. Fue un buscador constante, un hombre con visión que no quería quedarse en la superficie, sino discernir, explorar y abrir caminos. Y, por supuesto, tuvo pasión por su familia. Y junto a esas grandes pasiones, estaban también las pequeñas, esas que hacen una vida reconocible y entrañable: su gusto por las matemáticas y los números; su capacidad de jugar y de disfrutar, y también su fidelidad a la Real Sociedad, incluso después de tantos años en Bilbao. Todo eso también era Josemari.
Su lealtad inquebrantable, su mirada esperanzada hacia el futuro y su firme compromiso con la mejora continua constituyen un estímulo permanente en el desarrollo de nuestra misión, tan exigente como inspiradora.
En las últimas semanas, nos dio una última lección: aceptar con humildad que, al final, lo más importante no es lo que uno hace o construye, sino el amor recibido y entregado. Solo eso permanece. Ha concluido su camino terreno, habiéndolo dado todo. Y eso, ante Dios, basta.
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