Hay que exigir a los partidos volver a la decencia para reducir la desconfianza ciudadana.
Artículo publicado en El Correo (16/05/2026)

Acostumbrados a que la figura del portavoz parlamentario se haya convertido en un lamentable vocero de la propaganda de los partidos, comienzo este artículo diciendo que no me extraña la gran despolitización que sufren nuestros países.
Que si polémicas por el hantavirus, que si guerras por Oriente, que si disputas por quién se corrompe más (en verdad, quieren decirnos ‘mejor’), al final nunca se dedica a la política lo que merece verdaderamente la política. El resultado de todo esto es una ciudadanía crecientemente desafecta hacia las instituciones. La abstención electoral constituye uno de los indicadores más evidentes de este malestar: en España, cerca de un tercio del electorado no participa en las elecciones generales, una tendencia extensible a buena parte de las democracias europeas.
Este desgaste no responde únicamente a amenazas externas (como nos quieren hacer ver), sino al deterioro profundo de nuestra cultura democrática. Habermas ya dejó claro con su teoría de la comunicación la imperiosa necesidad de que las democracias se sostengan ineludiblemente bajo el paradigma del diálogo y la comunicación. Si tan importante es decidir entre todos el rumbo del país, lo es igual, o más, hacerlo de manera dialogada, bajo el ideal de una comunicación racional y razonable. Al final, la ‘polis’ consiste en vivir colectivamente.
La ausencia de diálogo es uno de los grandes problemas de nuestro tiempo. Las democracias, si quieren prosperar y perdurar a largo plazo, deben ir más allá de la construcción de instituciones (constituciones, leyes, etcétera). Les incumbe ser capaces de construir una cultura política basada en el diálogo de ideas, conceptos y cosmovisiones que vayan más allá de los intereses partidistas de cada actor. En este sentido, la democracia es democracia precisamente porque es capaz de traducir el conflicto político en soluciones que mejoren la vida de la ciudadanía.
Sin embargo, cuando el diálogo y la comunicación se encuentran desterrados del campo de las disputas políticas no puede haber soluciones, solo ruido y, por ello, multiplicación de problemas. Algunos rebatirán que la democracia se basa en la expresión agónica del conflicto (citando a Carl Schmitt). En mi opinión, aunque el conflicto es intrínseco a la vida social y política, es la democracia la que debe imponerse como el medio más eficaz para dar salida a los problemas que nos afectan a todos.
He comenzado este artículo refiriéndome a la figura de los portavoces parlamentarios, no porque considere que sean los verdaderos responsables de este inasumible descrédito (en verdad, podríamos hablar de muchos dirigentes de los partidos…). Más bien porque representan el síntoma más evidente del permanente desprecio institucionalizado por valores fundamentales para toda cultura democrática. Escuchando a estas figuras políticas resulta del todo evidente que lo que mueve a la mayoría de los partidos no es la verdad, sino la estrategia comunicativa y el cálculo partidista. Esto es una absoluta temeridad para la salud a largo plazo de cualquier sistema democrático. Aquello que en la vida social sería considerado escabroso, indecente o moralmente inaceptable aparece aquí, sin embargo, plenamente normalizado en la esfera política, hasta el punto de presentarse como si formara parte del orden natural de las cosas.
Por esto Simone Weil, brillante filósofa del siglo XX, defendió la eliminación de los partidos políticos, pues representan intereses contrarios a los valores de cualquier sistema democrático. Para esta pensadora, el partidismo político, lejos de fundarse en la búsqueda de la verdad, está secuestrado por los intereses espurios de la mentira y el engaño.
En verdad, no creo que haya que llegar a estos extremos, puesto que los partidos son instrumentos fundamentales para la intermediación entre la sociedad civil y la vida política. Aquí la cuestión fundamental debería ser exigir a la clase política volver a la decencia, desde la comunicación y el diálogo, evitando etiquetas y categorías preestablecidas –que solo allanan el camino a más conflicto–, huyendo, además, de los argumentos ‘ad hominem’ y, sobre todo, de la lacra que supone basar el parlamentarismo en la política de las intenciones del rival político en vez de la política de las buenas decisiones.
De ese modo, desatascaremos muchos debates pendientes, leyes importantes y cambios políticos ineludibles. Y si el resultado no es ese, al menos ganaremos en cultura política y, de paso, reduciremos la cantidad de ciudadanos que afirman sistemáticamente en las encuestas del CIS desconfiar de los políticos, los partidos y los parlamentos.
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