Artículo publicado en El Correo (01/06/2026)

Hay historias que nunca terminan. Vuelven. Cambian de forma. Se adaptan a su tiempo. Y, de pronto, reaparecen delante de nosotros. En realidad siempre estuvieron ahí.
En pocas semanas Christopher Nolan estrenará su adaptación cinematográfica de La Odisea. No deja de ser llamativo que, en pleno siglo XXI, rodeados de inteligencia artificial, crisis geopolíticas, incertidumbre tecnológica y sociedades que avanzan a una velocidad difícil de digerir, uno de los grandes relatos que vuelva a ocupar la pantalla sea precisamente el viaje de Ulises de regreso a Ítaca.
Quizá no sea casualidad. Porque Ulises nunca fue solo un héroe que quería volver a casa. Fue, sobre todo, alguien obligado a navegar un mundo que ya no reconocía. Su viaje comienza después de una guerra, pero lo verdaderamente complejo no es la guerra: es el regreso. Volver cuando nada permanece quieto. Volver cuando el tiempo ha cambiado las cosas. Volver cuando incluso uno mismo ya no es exactamente quien era al partir.
Por eso seguimos leyendo La Odisea tres mil años después. Porque, en cierto modo, todos nos hemos convertido un poco en Ulises.
Vivimos en una época extraña. Durante décadas aprendimos a proyectar el futuro como una prolongación razonable del presente. Estudiábamos, construíamos una carrera, acumulábamos experiencia, alcanzábamos cierta estabilidad… y, salvo sobresaltos, el mapa parecía relativamente fiable. No perfecto, pero sí reconocible.
Ese mapa ha empezado a borrarse delante de nuestros ojos. Las profesiones cambian de nombre. Los sectores se transforman. Tecnologías que hace cinco años parecían lejanas hoy afectan ya al trabajo cotidiano. Lo que parecía seguro se vuelve provisional. Lo que parecía excepcional se vuelve estructural. Y muchas de las certezas con las que hemos tomado decisiones importantes empiezan a moverse.
No es extraño que tanta gente tenga hoy la sensación de estar navegando sin cartas náuticas. Quizá ahí esté una de las grandes enseñanzas contemporáneas de Ulises. Su grandeza nunca estuvo en controlar el mar. Estuvo en seguir navegando a pesar de no controlarlo.
Ulises no vence porque tenga el camino claro. No dispone de un plan estratégico detallado a diez años. No conoce todas las tormentas que vendrán ni puede anticipar cada desvío. Su talento está en otra parte: observar, interpretar señales, adaptarse, resistir, equivocarse, corregir rumbo… y seguir.
No es el héroe de la certeza. Es el héroe de la navegación. Y eso conecta de forma sorprendente con nuestro tiempo.
Quizá el éxito ya no consista tanto en llegar exactamente donde imaginábamos a los veinte o treinta años. Quizá ya no tenga que ver únicamente con cumplir un itinerario lineal previamente diseñado.
Quizá el verdadero éxito sea aprender a moverse cuando el mapa cambia. Aprender a cambiar de rumbo sin sentir que uno ha fracasado. Reformular expectativas. Volver a hacerse preguntas. Aceptar que avanzar no siempre es ir en línea recta.
Y entender que, en muchas ocasiones, crecer consiste precisamente en atreverse a navegar durante un tiempo sin ver todavía la costa.
Esto vale para las personas, pero también para las organizaciones, las empresas y los territorios. Muchos de nuestros debates actuales giran en torno a esa misma cuestión. Cómo adaptarse sin perder identidad. Cómo transformarse sin romper aquello que merece la pena conservar. Cómo innovar sin olvidar quién eres. Cómo incorporar lo nuevo sin convertirte en alguien irreconocible.
Es exactamente la tensión de Ulises. Cambiar y seguir siendo. Viajar y regresar. Transformarse sin desaparecer.
Tal vez por eso Ítaca sigue funcionando como metáfora universal. Porque Ítaca no es solo un lugar físico al que volver. Es también aquello que nos orienta cuando todo alrededor se mueve.
Cada persona tiene su Ítaca. Cada organización también.
Puede ser una misión. Una convicción profunda. Un propósito compartido. Un conjunto de valores. Una forma de mirar el mundo.
No evita las tormentas. Pero ayuda a no perder completamente el norte mientras duran.
Quizá Christopher Nolan ha entendido muy bien esto al volver sobre La Odisea precisamente ahora. Porque pocas historias explican mejor lo que significa vivir un tiempo de transición. Y seguramente porque pocas resultan hoy tan actuales.
Vivimos rodeados de herramientas capaces de anticipar escenarios, generar predicciones y acelerar decisiones. Pero ninguna tecnología nos ahorra la parte más humana del viaje: decidir qué hacer con la incertidumbre.
Ahí seguimos estando solos frente al mar. Como Ulises. Mirando el horizonte. Interpretando señales. Avanzando a veces con convicción, a veces con dudas. Y confiando en que, aunque el mapa cambie, todavía sepamos reconocer nuestra propia Ítaca cuando aparezca.
Porque quizá el futuro no pertenece a quienes creen tenerlo todo previsto. Sino a quienes aprenden a navegar cuando la niebla no deja ver la costa.
Leave a Reply