La inteligencia artificial, como la lectura, es neutra. Todo depende de lo que se lea. El Papa aporta criterios de discernimiento.
Artículo publicado en El Correo (12/06/2026)

Tomo el título de este artículo de una frase de la encíclica del papa León, ‘Magnifica humanitas’, en su punto número 6. La encíclica, en la edición que he comprado, tiene 191 páginas. Luego cualquier cosa menos unas pocas líneas.
Comencé a leer el texto en el móvil, pero yo soy antiguo y prefiero leer en papel. Subrayando con lápiz y con signos que llevo utilizando desde hace años. Así, cuando vuelvo a un texto ya leído me oriento rápidamente. El texto del papa León, muy bien traducido, en un castellano soberbio, de fácil –aunque prolongada– lectura, exige leer y releer para impregnarse del mensaje.
El Papa escribe distinguiendo cuando se dirige a los creyentes de cuando lo hace pensando en el conjunto de la población aunque, a menudo, la distinción está en la misma frase con latiguillos como «para los cristianos», «y en los creyentes», entre otros.
Pero el subtítulo de la encíclica, como sucede a menudo, ilustra bien el objetivo del pontífice: «Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial». Aunque a mí este subtítulo no me gusta. Da a entender que la inteligencia artificial (IA) exige, de entrada, prevención. Lo que es correcto, pero también es fuente de bienestar, y de bien actuar. Todo está en el uso que el sujeto, la persona humana, realice de la inteligencia artificial. La IA, como tal, es neutra, como la lectura. Depende de lo que se lea. Y aquí me atrevo a decir que la IA es más neutra que la lectura. Pues es más fácil, y rápido, saltar de una plataforma a otra que pasar de un libro a otro. De ahí –no me canso de decirlo– que haya que leer, al menos, dos periódicos, de diferentes corrientes ideológicas. (Por cierto, en el reciente Informe de Adegi, en el capítulo de la tecnología y la IA, los responsables apuestan por que el territorio se sitúe como un ‘smart second mover’ (segundo movimiento inteligente, habida cuenta del tamaño del territorio, en el que la tecnología se aplique a la industria, y han sugerido la creación de un Centro de Aplicación Industrial de IA).)
Vuelvo al papá León. Describe, en la Introducción del texto, dos imágenes bíblicas: la Torre de Babel (en el libro del Génesis) y la reconstrucción de Jerusalén (en el libro de Nehemías). Lo hace para subrayar cómo en la Torre de Babel deciden construir una torre que vaya hasta el cielo y «nos dé un nombre que nos distinga». Pero Dios, por su orgullo, interviene y crea una confusión entre todos, haciendo que hablen diferentes lenguas, no se entiendan y la torre no se construye. (Por favor, no realicen una lectura literal del texto, aunque no falten quienes todavía buscan restos de la torre en Oriente Medio). Es una imagen, que el Papa contrapone a la reconstrucción de las murallas del Templo de Jerusalén, tras volver los judíos del exilio babilónico, cuando se afanan colectivamente, cada uno con una parte de la muralla. En el punto 8 de la encíclica, el papa León señala que la ciudad renace gracias a la responsabilidad «compartida de todo el pueblo: sacerdotes, artesanos, jefes de familia, mujeres y jóvenes».
La lección de la comparación de los textos bíblicos ya la han descubierto. Más adelante lo remacha el papa León cuando apunta al principio de subsidiariedad: «las tensiones y las diferencias no deben intimidar; pueden convertirse en energías creativas cuando están orientadas por una responsabilidad colectiva».
Y en el punto siguiente (14), verdaderamente soberbio, leemos: «no bendigamos entusiasmos ingenuos ni alimentemos miedos estériles. Indiquemos criterios de discernimiento: la dignidad de la persona, el destino universal de los bienes, la opción por los pobres, el cuidado de la Casa común, la paz». Y el propio Papa lo traduce en prácticas: «planificación responsable, evaluación del impacto humano y social, inclusión de los más frágiles, alfabetización digital, investigación e industria orientadas a la justicia y la paz».
Les invito a leer lentamente este magnífico texto. Me atrevo a sugerirles que consulten de entrada el índice del libro, pues libro es. Y empiecen leyendo lo que más les llame la atención. Solamente uno o dos puntos. Cierren los ojos y dejen que la lectura impregne sus mentes. Tiene 245 puntos, pero nadie está obligado a leerlos todos.
Cuando cierro estas líneas, solamente llevo leída la Introducción: 16 puntos, y me ha dado para escribir este artículo y dejar cosas en el tintero, que dirían mis abuelos. No pasen de largo ante este magnífico texto.
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