Artículo publicado en El Correo (06/07/26)

El algoritmo ha decidido que soy una persona preocupada por la ética, la democracia y la desigualdad. Y, como consecuencia, alimenta mi pantalla con un menú de noticias en el que la inteligencia artificial y cualquier innovación digital aparecen casi siempre como una amenaza para mi bienestar, mis valores o mis creencias. Los titulares hablan de sesgos, tecnoligarcas, pérdida de privacidad, desinformación, destrucción de empleo, apocalipsis o deshumanización.
Lo curioso es que el algoritmo aún no ha descubierto que también me preocupan el bienestar, el progreso y los inventos que han hecho posible nuestra civilización. Me interesa tanto debatir sobre los riesgos de la tecnología como reconocer que los avances científicos y tecnológicos han permitido vivir más años, movernos mejor y afrontar enfermedades que hace solo unas décadas parecían incurables.
Esta misma semana me he encontrado con dos ejemplos cercanos que difícilmente llegarán a convertirse en virales, pero que representan con claridad ese otro relato de la inteligencia artificial.
Un equipo de la Universidad de Deusto ha desarrollado un sistema de seguimiento personalizado para supervivientes de cáncer de cabeza y cuello dentro de un proyecto europeo de innovación. La combinación de inteligencia artificial, datos procedentes de dispositivos móviles e información clínica y socioeconómica permite detectar riesgos de forma precoz, prevenir secuelas del tratamiento y ofrecer intervenciones adaptadas a cada paciente. El trabajo, publicado recientemente en The Lancet, demuestra cómo la inteligencia artificial puede traducirse en algo mucho más tangible que un debate filosófico, una mejora real en la salud y en la calidad de vida de las personas.
El segundo ejemplo apareció en estas mismas páginas, en Mundo Futuro, el espacio impulsado por la Fundación BBK. La biotecnológica vasca Oncomatryx trabaja en nuevas estrategias de inmunoterapia para transformar tumores sólidos metastásicos resistentes en tumores vulnerables a la acción del sistema inmunitario. La empresa ha recibido doce millones de euros de la Unión Europea para impulsar los ensayos clínicos de unos tratamientos que pueden aumentar significativamente la supervivencia de pacientes con cáncer.
No se trata de negar los riesgos de la inteligencia artificial ni de bajar la guardia frente a sus implicaciones éticas, económicas o políticas. Una sociedad democrática necesita mantener esa vigilancia. Pero también necesita prestar atención a los avances que amplían nuestras posibilidades de vivir mejor. Quizá convenga visitar con más frecuencia las páginas de estos proyectos, de estas empresas y de estos centros de investigación. No para sustituir el espíritu crítico por un optimismo ingenuo, sino para equilibrar una conversación pública que, con demasiada frecuencia, parece olvidar que las grandes revoluciones tecnológicas también han sido grandes revoluciones humanas.
Porque poner el foco en los beneficios de la innovación no significa renunciar a exigir responsabilidad. Significa recordar que el verdadero progreso consiste en conseguir que los inventos lleguen al mayor número posible de personas y contribuyan a reducir, en lugar de ampliar, las brechas sociales. Esa sigue siendo la mejor medida del éxito de cualquier tecnología.
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