Este año el ayuntamiento de mi pueblo natal Tardienta (Huesca) me concedió el honor de leer el pregón de fiestas:
Nuestra patrona es una virgen y mártir de época incierta, ubicada en Galicia o en Aquitania, el sur francés provenzal y trovadoresco en el que se pasará del matrimonio pagano por dinero al matrimonio cristiano por amor, lo que conlleva una cierta liberación de la mujer convertida en auténtica dama. He aquí que santa Quiteria, convertida al cristianismo, se enfrenta según la tradición tanto a su padre, un déspota pagano que pretendía casarla con un rico pretendiente, como a este mismo pretendiente asimismo pagano. Frente a estas dos figuras patriarcales, la santa afirma su independencia casi feminista, viviendo a su aire libre y pobremente, hasta que la doble conspiración del padre y del pretendiente acaban con su vida, en lo que es una especie de “violencia de género”.
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En el fútbol se denomina telaraña a la red del fondo de la portería, donde acaba posándose el balón que traspasa los palos de madera para ser atrapado en la malla.
Pero entonces el portero es el jugador arácnido —la araña— que trata de evitar esa violación o encestamiento (incestuoso) de su urdimbre o espacio vital.
(De Cuestiones disputadas, #202)
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En su obra La interpretación de las culturas, el antropólogo hermeneuta C. Geertz estudia las «riñas de los gallos» en Bali como un ritual indonesio en el que las personas importantes imponen su prestigio a través del gallo, símbolo de la propia virilidad o valor. Los equilibrados balineses se juegan así su status y honor en una especie de lenguaje simbólico, que media las rivalidades dándoles cauce y descargando la energía sobrante.
El apostador en las peleas lo hace en favor de su grupo, sea de parentesco o de coalición frente a los otros grupos. Sin embargo, el autor despacha en dos líneas la interesante situación de aquel que, no identificándose absolutamente con los unos ni con los otros, o bien identificándose correlativamente con ambos, se retira de la contienda absteniéndose de jugar en favor o en contra de unos u otros. Se trata de «situaciones viscosas de cruzada adhesión», así pues de una encrucijada de los contrarios presidida por Hermes, el dios obligado a prestar su lealtad a los opuestos simultáneamente, en cuya circunstancia el balinés se retira para tomar una taza de café o realizar alguna otra actividad disuasoria (marginal). Con ello, este actor complejo abandona el centro ocupado por la riña hacia una periferia más compleja que la simplificación dual ejercida en el centro.
Como dice Geertz, la pelea y su entorno (incluido el abandono) representan un símbolo moral de la comunidad balinesa y su ethos cultural. Un tal acto simbólico es, como afirma K. Burke, la danza de su actitud: la actitud polémica en una sociedad equilibrada en la que se denote el prestigio social. La emoción de la pelea resulta así cognitiva: pues nos/les hace conocer sus modos de dar significado a sus vidas: yo diría que confiere significado social a los que pelean y significación psicológica a los que abandonan esa pelea externa para sorber el sentido interno junto a una taza de café (interiorización).
(De Interludio: Razones afectivas, #35)
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Los arquetipos comparecen como imágenes numinosas en las mitologizaciones, e.g. de nuestros padres. Quizás podríamos decir que la primera parte de la vida es mitologizadora, mientras que la segunda parte desmitologizadora y, por tanto, complementaria.
(De Interludio: Razones afectivas, #29)
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Según T. Mann, Jacob y José serían figuras lunares, frente a Esaú y los hermanos de José que serían solares (patriarcales). También el Tristán de Wagner estaría bajo la concepción lunar (véase al respecto J. Campbell, Las máscaras de Dios).
(De Interludio: Razones afectivas, #28)
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Mi obrita El matriarcalismo vasco es el ejemplo de cómo no hacer antropología: pues una antropología científica hubiera consistido en recontar el número exacto de madres vascas y dejarse de mitos, arquetipos y símbolos colectivos.
(De Interludio: Razones afectivas, #130)
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La Historia es la crónica de lo que pasa: como si lo que pasa fuera lo más relevante. Lo más relevante es precisamente lo que no pasa: y allí sólo accede el símbolo.
(De Interludio: Razones afectivas, #22)
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Basándonos en que los nazis apelaron al «buen sentir» del pueblo alemán, desacreditamos los sentimientos en nombre de la razón. Como si los crímenes nazis no se hubieran realizado por falta de sentir y fallo del sentimiento —en el nombre de una razón desafecta—. (Precisamente si de algo puede acusarse a la filosofía alemana es de intelectualista y poco sentimental en general).
(De Interludio: Razones afectivas, #15)
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La opinión pública no siempre es la publicada: pues no siempre coincide la opinión republicana con la opinión publicana o escribana, es decir, con la opinión de los escribas o publicanos.
(De Interludio: Razones afectivas, #14)
La civilización se inauguró el día en que alguien decidió lanzar contra su enemigo un adjetivo en lugar de una flecha. (El País Solemne, 10-3-95). Y esa civilización acabó en barbarie cuando ese adjetivo lanzado no era como una flecha (simbólica) sino una/otra flecha. (Que sólo la flecha convertida en flechazo, queridos paisanos, nos civiliza irrealmente durante un lapso de tiempo).
(De Interludio: Razones afectivas, #10)
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