Ética e historia en la educación
Autores: Angela Bermudez, Izaskun Sáez de la Fuente y Galo Bilbao

Como todos los años desde hace ocho, ayer, 10 de noviembre, se celebró en Euskadi el Día de la Memoria. Jornada que busca promover que la conciencia acerca de las vulneraciones de los derechos humanos siente las bases de una convivencia reconciliada. No obstante, en esta convocatoria pudimos detectar dos novedades. La primera, el foco puesto en la juventud. La segunda, el énfasis dado a la historia. Bajo el lema Mirar hacia atrás para seguir adelante, la campaña que ha organizado el Gobierno Vasco subraya que no conviene pasar página, porque la consolidación de una sociedad en paz requiere que esta aprenda a mirar al pasado de manera crítica, inclusiva y ética.

Estas novedades reflejan la creciente preocupación por el desconocimiento de las nuevas generaciones sobre la historia de la violencia vivida en el País Vasco. Por ello, la consejera de Igualdad, Justicia y Políticas Sociales, Beatriz Artolazabal hacía un llamamiento a «transmitir a nuestros jóvenes esa memoria amplia que debemos conocer todos para no olvidar». A su vez, el viceconsejero de Derechos Humanos, Memoria y Cooperación, José Antonio Rodríguez Ranz, recordaba que «Todos somos responsables en la tarea de acompañar a los jóvenes en el mirar al pasado».

El foco puesto en la historia y en las nuevas generaciones representa, a nuestro juicio, un paso significativo hacia la construcción de una sociedad deslegitimadora de la violencia. Pero, para avanzar efectivamente en esa dirección, conviene preguntarse qué es lo que puede aportar la enseñanza de la historia y qué tipo de educación histórica es más adecuada para lograrlo.

La reflexión ética

Desde el CEA proponemos algunas ideas que han inspirado nuestro trabajo en la Comunidad de Aprendizaje Enseñanza de la Historia y Construcción de la Paz en Euskadi, una iniciativa que precisamente quiere desencadenar el diálogo abierto y la exploración crítica sobre la enseñanza de la historia del pasado violento a las nuevas generaciones.

Desde un punto de vista educativo, lo que se debe transmitir no son simplemente memorias del pasado. Eso ocurre ya, en distintos grados, a través de diferentes canales como la familia, los medios de comunicación, la cuadrilla o diversas organizaciones sociales. La educación debe asumir una tarea distintiva que es la de aportar herramientas para que las personas jóvenes puedan interpretar críticamente las memorias diversas e incluso antagónicas que circulan en sus entornos.

Parte de estas herramientas provienen de la reflexión ética. Hasta el momento, los esfuerzos que más se han desarrollado en el País Vasco centran la educación para la paz en la perspectiva y el reconocimiento de las víctimas para confrontar explícitamente los horrores de la violencia y visibilizar su carácter esencialmente inmoral; de ahí la idoneidad de la presencia de sus testimonios en las aulas de educación secundaria y en las universitarias.

La relación entre memoria e historia

Otras herramientas para la comprensión crítica de la memoria provienen del diálogo con la historia. Historia y memoria comparten el mismo objeto, el pasado. Y surgen de una misma preocupación, aproximarse a él y representarlo en el presente para orientar la construcción del futuro. Pero son formas de representación del pasado gobernadas por lógicas distintas.

La memoria es, por naturaleza, afectiva y emotiva; se siente profundamente, afirma lazos comunitarios, y alimenta la construcción de las identidades individuales y colectivas. La historia es, en cambio, un ejercicio analítico, una disciplina que busca, mediante el análisis riguroso de evidencias, reconstruir lo que pudo pasar, y ofrecer explicaciones sobre cómo y porqué ocurrió lo que ocurrió. Estas diferencias las hacen complementarias, no excluyentes.

Por un lado, la historia somete la memoria al escrutinio de los métodos disciplinares orientados hacia la búsqueda de la verdad y la explicación. Por el otro, la memoria resitúa a la historia como un proyecto social relevante, al avivar la conexión con las preguntas y las necesidades de las personas que se aproximan al pasado desde el presente.

La conciencia histórica

Tras varias décadas de investigación e innovación pedagógica sobre la enseñanza y el aprendizaje de la historia, sabemos que la mera transmisión de conocimientos no nos lleva muy lejos si el propósito es formar una ciudadanía crítica y responsable. Si queremos que esta ayude a deslegitimar la violencia y a construir una cultura de paz sostenible, es indispensable desarrollar la conciencia histórica en las personas jóvenes.

Ello requiere, naturalmente, conocer los hechos del pasado, pero tal conocimiento no sirve de mucho si no se desarrolla también la capacidad de pensar históricamente sobre ellos. Es la conciencia histórica, y no el recuerdo de hechos aislados, lo que les permite hacerse preguntas sobre el pasado, responderlas a través de la indagación histórica crítica, y generar explicaciones que les ayuden a comprender el presente y orientar la construcción del futuro.

En definitiva, si la reflexión ética en torno a la experiencia y la perspectiva de las víctimas pone en evidencia el carácter esencialmente inmoral de la violencia, la explicación histórica ayuda a comprender cómo se gesta la violencia, los actores y los factores que la sostienen, sus consecuencias nefastas y las alternativas existentes.

Desnormalizar y desligitimizar la violencia

La historia ofrece un importante recurso para desnormalizar y deslegitimar la violencia, en tanto que permite comprender que es una construcción social, no una condición inescapable de la naturaleza humana, que es una estrategia instrumental y no una necesidad de los procesos históricos. Y en su intento por contextualizar y explicar el pasado violento (que no es lo mismo que justificar) pone en evidencia su complejidad frente a los afanes de simplificación política o ideológica.

Por eso, para que la «mirada al pasado» nos ayude a «seguir adelante», es indispensable que los educadores y las educadoras aprendamos a integrar la reflexión ética y la explicación histórica tanto en espacios formales como no formales. Máxime desde una visión de futuro basada en una cultura de paz que rechaza el uso de violencia como mecanismo para abordar los conflictos sociales y políticos.