Hannah Arendt

Hay personas que se convierten en testigos de una época porque, en ellas, su peripecia personal e histórica se anudan, se aúnan. Toda la obra y vida de Hannah Arendt resultaría incomprensible, puede que trivial, despojada del escenario -inquietante, brutal- del siglo XX.

Nacida en Linden, cerca de Hannover, un 14 de octubre de 1906, hoy hace 115 años, enseguida se traslada a Königsberg, la ciudad de Kant, de donde procedían sus padres y su familia, acomodados comerciantes judíos.

Perdió a su padre muy niña, con una inteligencia deslumbrante, formada en las universidades de Marburgo con Heidegger y luego en Heildelberg con Karl Jaspers, esposa de Günter Anders, amiga de Walter Benjamin, Hans Jonas, Mary Mc Carthy y Gershom Scholem, entre muchos otros, premio Lessing en 1959, exiliada, paria, huida de Alemania tras detenerla la Gestapo junto a su madre en 1933, trabajadora de una organización judía que salvó miles de vidas facilitando el viaje a Palestina desde Francia, luego prisionera en un campo para extranjeros en Gurs, judía comprometida no sionista crítica con la fundación de un Estado de Israel al margen de la población árabe, ciudadana estadounidense implicada en los ambientes de exiliados europeos y de izquierdas…

Todo esto y mucho más en una vida que terminó en diciembre de 1975 tras haber sufrido, unos meses antes, un accidente en Central Park cuando el taxi en el que viajaba fue arrollado por un camión.

Una biografía apasionante

Hasta aquí, una vida rica en experiencias, sin duda, y alguna de ellas terribles. Una biografía apasionante. Pero lo más destacable radica en que Arendt supo hacer de forma magistral lo que hace o debe hacer la Filosofía: pensar su época; llevarla al concepto. Otra cosa es si acertó o no, lo cual tampoco es un punto decisivo, como en cualquier otro filósofo. Arendt quiso comprender, desde su condición de paria y su probada vulnerabilidad, también desde su extrañeza y su posición extravagante.  

Como dijo de ella Hans Jonas, “pensar era su pasión, y para ella pensar era una actividad moral”. No obstante, Arendt negó públicamente pertenecer al círculo de los filósofos para afirmar que su trabajo era la teoría política. Alguien que hoy es reconocida como una de las grandes filósofas del siglo XX.

¿Qué hay en Arendt que siga llamando tanto la atención, que despierte tanto interés? Sus textos abordan temas que van desde el análisis del totalitarismo, la responsabilidad, la verdad, la política, la violencia y la revolución, a una teoría de la acción, el amor o el esclarecimiento de las tareas del pensamiento, si bien este trabajo quedó inconcluso y fue publicado póstumamente.

La cuestión judía y la banalidad del mal

Sus alumnos decían que fascinaba en sus clases y conferencias porque podían “verla pensar”. Ciertamente, un pensamiento heterodoxo, no sujeto más que a lo que ella creía que era verdad, aunque tuviese costos personales importantes, dedicado por entero a dilucidar la dignidad humana, la libertad y la responsabilidad, más allá de cualquier convencionalismo y con toques de rebeldía.

La cuestión judía ocupa la primera parte de su quehacer, planteando la distinción entre el advenedizo, el paria y el asimilado todos ellos a la postre, proscritos. Por carácter, por convicción, Arendt decidió asumir el papel del paria, consciente de las ambigüedades y fracaso de los intentos de asimilación y de lo inconsistente de la posición del advenedizo. Se refuerza el análisis de las características del paria -ese espíritu independiente que se niega a ponerse la máscara o a ascender en la escala social y se niega a mentirse a sí mismo- con las oscuras circunstancias históricas que culminarán con la noticia de los campos de exterminio.

De ahí nace el primero de sus textos que la hizo famosa: Los orígenes del Totalitarismo, título que aceptó a regañadientes por sugerencia de sus editores. Un texto que, dividido en tres partes (Antisemitismo, Imperialismo y Totalitarismo) trata de comprender qué ingredientes de los procesos históricos desde la Ilustración han permitido una degradación política y social del tamaño de las formas de totalitarismo conocidas en el siglo XX. Destacable, sobre todo, el capítulo IX que, dedicado a los derechos humanos, destaca la relevancia del “derecho a tener derechos”.

Su posición intelectual de paria le llevará, algunos años más tarde, a una polémica terrible y en el fondo absurda por una de sus tesis más perspicaces y hoy ampliamente difundida: la banalidad del mal. Se formula al final de su reportaje sobre el juicio a Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS responsable de la organización del exterminio de los judíos en Europa decretado por los nazis en enero de 1942, publicado con el título Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal. Ni el exterminio fue banal ni se banalizó el sufrimiento infligido a aquella gente.

Una polémica pública formidable

El descubrimiento de Arendt tras escuchar a Eichmann y leer la transcripción del juicio, es que se trataba de una persona de una “irritante estupidez”, como dijo en una conversación con el periodista Joachim Fest. Alguien que, sencillamente, era incapaz de pensar. No hacía falta ser un psicópata, un depravado, un sádico o un enfermo mental para llevar a cabo acciones tan terribles como las testimoniadas en aquel juicio.

Esta tesis no fue bien comprendida, y se desató una polémica publica formidable, también porque Arendt afeaba el papel colaboracionista de los Consejos Judíos en el exterminio de sus correligionarios. Ella pensaba que se había podido decir que no, como mostró en su Hombres en tiempos de oscuridad, seleccionando personajes que no deseaban el mundo en el que les tocó vivir pero fueron capaces de vivir comprometidos con él.

A partir de aquí, Arendt desarrolla toda una teoría política explicando la comunidad política desde la natalidad y el ejercicio del debate público, excluyendo el amor de esta y planteando una lectura propia de la amistad cívica aristotélica. También explora la idea de poder al margen de la dominación y la violencia, plantea una teoría de la responsabilidad que polemiza con Jaspers sobre la culpa colectiva alemana en la brutalidad del nazismo y, finalmente, elabora una teoría de acción que culmina con la dilucidación del acto más genuino y propio del pensamiento: el juicio.

Todos los temas de la filosofía y la teoría políticas de nuestra época están, de una u otra forma, presentes en Arendt. Y lo están no por capricho, sino porque el tiempo, los acontecimientos, exigían pensarlos. Comprender un tiempo en el que todo era posible y nada era verdad y sus terroríficas derivadas, fue el gran desafío al que se enfrentó Hannah Arendt. No parece mala compañía para ayudarnos a pensar, comprender y articular alternativas en el nuestro, con matices, quizá no tan distante en sus oscuridades.