La primera herramienta para comprender el futuro consiste en conocer en profundidad la historia de la humanidad.
Artículo publicado en Empresa XXI (15/01/2026)

«El primer viaje, como no podía ser de otro modo, tuvo como destino el oráculo de Delfos, el lugar al que durante siglos habían acudido los seres humanos para buscar respuestas. La fecha exacta es lo de menos. El Mediterráneo, una vez más, había cambiado de dueños. Grecia conservaba sus palabras, pero había perdido sus ejércitos, derrotados por Roma». Hermes prosiguió: «Mientras ascendía por las empinadas laderas del monte Parnaso, comprendí que el esfuerzo formaría parte de esta lección inicial. La caja de herramientas para entender el futuro no se llenaría sin trabajo… Me detuve a descansar junto a la fuente Castalia. Y es alli donde me encontré con Polibio.
El historiador observaba el paisaje con la serenidad de quien ha visto repetirse demasiadas veces los mismos errores. No me preguntó quién era ni de dónde venía. Habló conmigo como si supiera exactamente las preguntas que quería formularle. Me explicó con detalle cómo Roma había llegado a dominar el mundo, no por suerte ni por favor de los dioses: ‘Fue el aprendizaje lo que la sostuvo. Supo observar cómo caían otros pueblos y evitar durante un tiempo los mismos errores. La historia no se repíte por fatalidad, sino porque insistimos en no estudiarla con el rigor necesario’.
Me habló de la fortuna; para él no era azar ni capricho divino: ‘La fortuna es el nombre que damos a los procesos históricos cuando dejamos de entenderlos. No hay nada imprevisible en ella’, afirmó. Y añadió: ‘Solo hay ignorancia acumulada’. Le pregunté por la caída. Por el final inevitable que todos asociamos a los imperios. Polibio negó lentamente con la cabeza, como si aquella pregunta fuera demasiado simple. ‘No hay finales’, respondió, hay aceleraciones. Las sociedades no se derrumban de un día para otro; entran en fases reconocibles, en un ciclo que se repite y que yo llamo anaciclosis. Cuando una cultura acelera su lenguaje, simplifica sus relatos y desprecia la duda; el proceso ya está en marcha. La fortuna, en esos casos, no decide el rumbo, decide la velocidad'».
Irene le interrumpió: «Así que la primera herramienta para comprender el futuro consiste en alimentar nuestra cultura; en conocer en profundidad la historia de la humanidad y entender que siempre se repiten patrones».
Sherlock apuntó: «Escuché no hace mucho a Mark Twain decir algo parecido: ‘La historia no se repite, pero rima'».
Hermes asintió, y concluyó su relato: «Ya tenía lo que había ido a buscar, mi primera herramienta, la importancia del estudio de la historia para poder leer el futuro. Me despedí de Polibio con agradecimiento y proseguí mi ascenso al templo. Buscaba a la sibila délfica; tenía que pedirle que me ayudase a encontrar el destino de mi segundo viaje. Como ya habréis imaginado, su contestación fue enigmática, las sibilas siempre hablan en acertijos… Me explicó que tenía que viajar a una capilla donde, si miraba hacia arriba, la encontraría a ella dibujada rodeada del resto de las sibilas griegas y de otros profetas del mundo antiguo; y si miraba al frente, descubriría el día del juicio final, precisamente el día que estaba tratando de evitar con mis viajes…». Sherlock sonrió. Aquella adivinanza era más sencilla que las anteriores, no hacía mucho que había admirado esos frescos.
En ese momento, desde la cocina llegó el primer plato: un cuenco con láminas finas de pescado blanco, perfumadas con citricos y hierbas. Una joven rubia y esbelta la sirvió sin decir palabra, como si supiera que aquella mesa necesitaba calor antes que ruido. Cuando terminó, se dispuso a regresar a la cocina. Pero Irene se levantó, y acercó un cuarto plato a la mesa. «Si no tienes prisa, por favor, nos gustaría que te sentaras a cenar con nosotros». La joven dudó apenas un segundo. Luego asintió, tomó asiento y se sirvió sin preguntar nada, como si aquella invitación hubiese estado prevista desde antes de llegar a la mesa.
Sherlock miró a Irene buscando respuestas. Necesitaba procesar despacio todos los detalles de la nueva e inesperada comensal. Había algo en ella que le resultaba inexplicablemente familiar, como si la hubiera conocido en otra vida. Hermes sonrió a la joven y prosiguió con su relato.
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