Artículo publicado en El Correo (16/02/26)

Pocas historias económicas han discurrido de forma tan volátil como la del bitcoin en los dos últimos años. El criptoactivo, concebido en 2009 como un experimento tecnológico radical, se alzó en 2024/25 desde la periferia financiera hasta el centro del escenario político y mediático mundial. Hoy, sin embargo, contemplamos el reverso de la moneda: el mercado está acercando el ‘token’ estrella a la tierra del precio real, aunque todavía a un precio difícil de comprender. Más que por su sofisticación tecnológica, bitcoin destaca por su extraordinaria capacidad para fabricar relatos casi surrealistas.
A finales de 2023 y comienzos de 2024, el bitcoin cotizaba en el entorno de los 40.000–45.000 dólares. La autorización de ETFs en EE. UU., la entrada de dinero institucional y un clima político inusualmente favorable, particularmente bajo el segundo mandato de Trump, impulsaron la cotización primero hacia los 70.000, después a los 100.000 y, finalmente, hasta un máximo histórico de 126.210 dólares en octubre de 2025.
El rally, tan ideológico como financiero, fue celebrado no solo por especuladores individuales, sino también por instituciones y ejecutivos, capitaneados por el titular del Despacho Oval, su principal prescriptor. Trump prometió convertir a Estados Unidos en la capital mundial cripto, aliviar la presión regulatoria y hasta alumbró un pequeño ecosistema empresarial familiar en torno a estos activos. Muchos inversores interpretaron que aquello constituía un respaldo estructural al bitcoin. Los más conservadores se afanaban por coger un tren en marcha. Nuevos adoradores invertían bajo el síndrome NQQF («no quiero quedarme fuera»).
Pero lo que sube no tiene por qué sostenerse. También puede bajar. Y lo ha hecho. En febrero de 2026 ha marcado un intradía en el entorno de los 60.000 dólares, la mitad de su máximo de octubre de 2025. Y, lo más significativo, cotiza por debajo del nivel que tenía el día anterior a la elección presidencial de Trump. Este dato, subrayado estos días por la prensa económica norteamericana, resulta devastador desde el punto de vista analítico. Muestra los límites del favor político, de la desregulación prometida, de la entrada institucional y del entusiasmo ideológico. Nada de lo ocurrido ha conseguido doblegar las leyes de la gravedad financiera y su autonomía a medio y largo plazo.
Lo que realmente disparó el precio no fue una mejora en los fundamentos —que siguen siendo inexistentes— sino la facilidad con la que los ETFs permitieron canalizar enormes flujos de dinero hacia un activo que no genera rentas, no tiene subyacente productivo y no cumple las funciones básicas del dinero, porque no es dinero y mucho menos de curso legal.
Arrastra, además, una reputación consolidada como vehículo transaccional opaco donde prosperan el fraude y el crimen organizado. Los ETFs no han otorgado valor al bitcoin. Solo han multiplicado la especulación. El hecho de que la corrección haya devuelto los precios a niveles previos a la elección del presidente Trump sugiere que, nuevamente, el ‘criptoboom’ ha sido más una historia en la nube que una expresión de economía real. La corrección de 2026 ha dejado claro que, sin fundamentos económicos visibles, el precio del ticker BTC no puede sostenerse automáticamente. Tampoco puede apelar al apoyo de las autoridades monetarias. ¿Con qué argumentos lo haría?
Dejando de lado la emoción y la euforia de las modas, la evidencia confirma algunas de las reflexiones que muchos economistas heterodoxos han sostenido durante años, como la de que la legitimación institucional no transforma el valor de un activo o la de esa ley natural por la cual la volatilidad está ahí, dispuesta a dispararse ante la más tenue sospecha o el menor pretexto. Cuando las expectativas flaquean, la corrección puede ser tan rápida como fue la subida. No se ha tratado, por tanto, de un accidente. Ha sido un recordatorio.
La incertidumbre no ha desaparecido. Reaparece en cuanto el relato pierde fuerza. Lo ha manifestado con crudeza el Banco Central Europeo: el valor intrínseco del bitcoin es nulo. Al mercado, con retraso, le cuesta admitirlo. Para los ortodoxos, o sea para los realistas, su precio, aunque recortado, sigue aún muy lejos de reflejar esa realidad. Y ahí reside, precisamente, la paradoja. La fantasía voluntarista puede prolongarse en el tiempo. Pero, al final, siempre acaba imponiéndose el veredicto de los fundamentales.
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