Artículo publicado en El Correo (13/04/2026)

Los que viven del negocio de la representación están necesitados de construir pueblo, comunidad o ensimismarse en la búsqueda de sujetos políticos. Son los más críticos con el individualismo, la sociedad líquida, la desconexión participativa de la gente corriente. Intentan acercarse a espacios desorganizados y organizados donde haya personas agrupadas formal e informalmente alrededor de un propósito, de una causa, de una afición. Sueñan con primaveras continuas, en las que su organización se llena de participantes activos y con ganas de construir país con su camiseta y si son jóvenes mucho mejor. Decorar de forma infantil con las generaciones más jóvenes las comparecencias de sus líderes cuidando que se vea con claridad cómo siguen siendo depositarios de la herencia de sus mayores. Buscan innovaciones democráticas que nadie les ha pedido para generar esa comunidad o ese pueblo activo que necesita su causa.
Pero, cuando la comunidad se pone en marcha, igual ya no nos gusta tanto a todos. Pusimos reparos a ‘el pueblo salva al pueblo’ durante las últimas catástrofes, tampoco nos termina de gustar del todo una sociedad civil que activa multitudes en la defensa del idioma donde cabe la apología al terrorismo pero no un sindicato democrático. Incluso cuando ese pueblo recoge muchas firmas, 138.000, para plantear una iniciativa popular a través de las instituciones representativas, tampoco se consensúa su utilidad para que ayude, por ejemplo, a subir el salario mínimo de la ciudadanía. Somos tan exquisitos con los que dicen representar al pueblo porque nuestras democracias en su origen, que no es griego, nacieron para protegernos de las pasiones del pueblo que eran tan peligrosas como los abusos de los tiranos.
Crear símbolos compartidos está bien. Pero igual en estos momentos un kit de emergencia público compartido puede ser más útil como nuevo símbolo de seguridad que una bandera, un día nacional o un himno. Si esta comunidad, la vasca, tiene un valor compartido es la justicia social. Ningún partido que quiera gobernar este país podría decir que la justicia social es un invento de la izquierda que promueve la cultura de la envidia, del rencor y de buscar falsos culpables. Quizás lo que representa las mayorías transversales de este país es lo que han defendido todos los lehendakaris que han priorizado la lucha contra la desigualdad, que ha hecho de Euskadi uno de los territorios menos desiguales de Europa. En el País Vasco no están en juego la justicia social o los servicios públicos como en las elecciones polarizadas que se desarrollan en la mayoría de las democracias occidentales, incluido el Estado español y el resto de las comunidades autónomas.
Euskadi es una sociedad cohesionada pero no está libre de desigualdades, como reconoció el lehendakari en su último resumen anual en el Parlamento. Las instituciones democráticas tienen que seguir trabajando con el objetivo de no dejar a nadie atrás y no perder la confianza de la ciudadanía. Lo relevante es la cohesión social aunque cada uno esté en su casa y con su familia haciendo su vida social cubiertos por un escudo público de bienestar sin necesidad de activar una identidad comunitaria fuerte. Si estás en contra del populismo, no puedes aspirar a convertirte en una fábrica artificial de pueblo.
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