Me pregunto qué haría su personaje en ‘Horizontes de grandeza’ en esta nueva adaptación que hoy protagoniza Donald Trump en su segunda presidencia.
Artículo publicado en El Correo (11/04/2026)

Entre los aficionados al ‘western’, la película The Big Country de William Wyler (1958; su título en castellano fue Horizontes de grandeza) suele recibir un especial reconocimiento. La trama usa temas clásicos del género: James McKay (Gregory Peck) deja el este y viaja a Texas, después de haberse comprometido con Patricia, la hija del mayor Terrill, un ranchero poderoso en ganado y terrenos. El futuro yerno, excapitán de la marina mercante, enseguida comprende que su próximo matrimonio será factible si transige con los rudos cánones texanos de solucionar los conflictos.
Los Terrill son inveterados enemigos de los Hannassey, un clan con menor pedigrí social. La causa de su guerra interna es el abastecimiento de agua para sus reses. Practican la mala vecindad, protagonizan escarceos violentos, sacan el revólver con demasiada facilidad. Hasta la llegada de nuestro héroe, habían fracasado sus conatos de hacerse con la propiedad de Julie Maragon, el rancho ‘Valverde’, por el que cruzaba un río con suficiente caudal para sus ganados sedientos.
En ese marco de polaridades irascibles, Gregory Peck intenta una tercera vía de convivencia. Desiste del uso de las armas. Sortea los códigos de honor del mundo ‘cowboy’. Evita el escaparatismo de la intimidación. En suma, apela a principios. Su estilo es el de un pacifista lleno de mesura. Sin embargo, su estrategia zozobra. Se tambalea la relación con su prometida, decepcionada de que su pretendiente renuncie a batirse en duelo para borrar la mácula de su supuesta cobardía. Gregory Peck insiste en personificar otra gallardía. Pero no persuade a nadie. Ni siquiera de lo más obvio para un marino: de que era capaz de orientarse con una brújula en la infinita pradera texana, sin necesidad de ser un jinete avezado…
Desde que Trump asumiera su segunda presidencia en 2025, no paro de recordar The Big Country. Se me asemeja a un documental que vaticina que lo que sucedía a finales del siglo XIX en Norteamérica iba a abrir una franquicia en el XXI. Trump simula estar emparentado con el mayor Terrill. Ha heredado sus modales. Le embelesan las dimensiones que puede aún adquirir cuanto posee. Considera a los competidores de su megalomanía como el clan redivivo de los Hannassey. Fía todo a la contundencia de sus tácticas matonas. Como muchos en aquel Texas de nuestra película, Trump interpreta elementalmente el mundo y le basta encapsularse en lo propio. Su pensamiento es plano. El suyo es un universo básico, donde los dilemas se plantean con lo mínimo.
Me pregunto una y otra vez qué haría Gregory Peck si volviera a recibir su papel de James McKay en esta adaptación de The Big Country que hoy presenciamos. Siempre me vienen varios momentos de la película original, en los que se le repite machaconamente que todo en el entorno es… grande. Hay que asombrar a aquel marino del este y hacerle consciente de que ha llegado a un país que se define fundamentalmente por sus enormes extensiones. Hasta que Gregory Peck pierde la paciencia en el banquete con el que agasaja el mayor Terrill a su vecindad para anunciar el compromiso matrimonial de su hija. Allí, un invitado lo saluda y le pregunta ufano si había visto algo mayor que aquel lejano oeste ganadero. Y nuestro héroe le dice que sí, por supuesto: «Un par de océanos».
Me distraigo mucho intentando concretar qué ‘océano’ es superior al cosmos ‘Make America Great Again’ de Trump y sus epígonos. Gregory Peck, a lo mejor, reclamaría que todavía conocía algo de anchura más notable: ‘La ley’. En ella caben mil rutas para los acuerdos entre voluntades libres, se pueden edificar instancias de equidad y justicia, y es posible la ingeniería delicada de convenir intereses dispares. Ante los villanos, la ley recuerda que la convivencia pacífica representa el mejor punto de partida para atinar con soluciones sensatas. No cabrían ya los tiros amenazadores, ni las bravuconadas, ni los duelistas fríos con miradas de póker… Y quién sabe si así se daría entierro definitivo al ‘western’ como modelo para practicar ‘realpolitik’.
Al final de The Big Country, Gregory Peck se retira con Julie Maragon, el auténtico amor de aquella historia, hacia el rancho ‘Valverde’. Se lo había comprado anteriormente a ella como un regalo de boda para su fallida prometida, con el compromiso de seguir manteniéndolo accesible a los ganados de las dos familias contendientes. Quién sabe si Gregory Peck adquiriría hoy el estrecho de Ormuz, y todos y cada uno de los nudos de comunicaciones clave para la Humanidad. Eso sí, advirtiendo de que el paso solo estaría permitido a cualquier barco que viniera… del océano.
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