Un nuevo contrato social debe reflejar la complementariedad de jóvenes y mayores, que se necesitan mutuamente.
Artículo publicado en El Correo (18/04/2026)

Vivimos tiempos de desconfianza, en los que miramos mal, escuchamos poco y hablamos para criticar sin compasión. Si acercas el oído a las conversaciones de algunas personas mayores, escucharás continuas referencias a las personas jóvenes que no quieren trabajar, que no se esfuerzan, que solo quieren vivir bien y viajar. Podrás tomar apuntes con las carencias asociadas a las nuevas generaciones, a las que se les reconocen limitadas virtudes que se tornan déficits de manera inmediata.
Si te aproximas a la charla de un grupo de personas jóvenes, recopilarás una amplia lista de quejas para con las personas mayores que abusan de sus pensiones, tarjetas bonificadas, preferencias mal utilizadas, viviendas mal aprovechadas y tapones laborales ante su joven creatividad, capacidad de innovación y emprendimiento.
Seguramente, parte de las afirmaciones de unas y de otras no están exentas de razón, pero también cargadas de inexactitud y maledicencia. No es el cometido de este artículo identificar las ‘fake news’ o sentar cátedra ratificando la veracidad. Mi objetivo es bien distinto: poner el acento en la búsqueda de alternativas, evitando una insulsa guerra de las edades.
No cabe duda de que las personas más jóvenes viven una situación compleja en la que su principal objetivo, la emancipación, se retrasa en exceso, hasta introducirles en la edad adulta en condiciones de vida precarias más propias de la ‘adultescencia’, expresión del sociólogo Gil Calvo. Su proceso formativo se extiende desde, prácticamente, el momento de su nacimiento hasta la treintena, en una larga secuencia de adquisición de competencias de todo tipo, el roce con muchos contenidos mal asimilados y el encuentro con valores no compartidos.
Su inserción laboral se dilata en plazos, retrasando el punto de estabilidad y la retribución suficiente para permitir un itinerario autónomo separado del hogar familiar. En el proceso de emancipación, el salario limitado no alcanza para el alquiler o la compra de una vivienda que complete el tránsito a la adultez. Existe una percepción, con fundamento demoscópico, de que su escala de valores personales ha invertido órdenes conocidos (trabajo/vida, ahorro/disfrute del presente, proyecto personal/vida en pareja, descendencia/no hijos…). No sabemos hasta qué punto es el resultado lógico de la precariedad en la que se mueven la inserción laboral y el acceso a la vivienda, o un cambio generacional al margen del entorno de provisionalidad. Puede que la aceleración temporal y la globalización espacial, generadas por el modelo de sociedad pilotado por sus mayores, haya dado como resultado el nomadismo digital –hecho vida cotidiana– de las personas más jóvenes.
Las personas mayores, mientras tanto, abandonan el puente de mando ante el empuje del modelo acelerado y global, generado por sus propios coetáneos y sustentado en una tecnología aplicada a todos los órdenes de la vida. Hasta tal punto, que algunas de sus iniciativas, como la Inteligencia Artificial o la neuro-tecnología, ponen en cuestión las funciones desempeñadas por el propio ser humano que las creó. Se produce una quiebra del sentido de sus vidas: el trabajo y el esfuerzo. Viven una ambivalente situación: por un lado, la bonanza retributiva, con carencias para encarar los nuevos sentidos de su existencia; y por otro, penurias en torno a modestas pensiones, acompañadas con tareas de soporte a las jóvenes generaciones.
Han recuperado la soberanía de su tiempo, con nuevas obligaciones en el cuidado de mayores y menores dependientes. Han perdido el norte de su misión en la vida, esfuerzo y trabajo, con remordimientos por el disfrute que les genera no hacer nada o actividades placenteras.
Se enfrentan a una segunda emancipación, no tan necesitada de lo material, al menos, hasta que aparezca la fragilidad y la dependencia. Encaran una emancipación con valores en revisión y adecuación a un nuevo contexto de activación e implicación, ya no desde el sacrificado esfuerzo sino desde la generosidad altruista.
Mi intención no era escarbar en los desajustes y carencias, sino evitar la confrontación de quienes se necesitan mutuamente. La inteligencia joven, de la sabiduría mayor, y viceversa. La carencia de recursos joven, del patrimonio acumulado mayor. La desactivación mayor, de la creatividad joven. La compleja conciliación temporal joven, de la disponibilidad temporal mayor. La complementariedad reflejada en un nuevo contrato social, basado en valores democráticos consensuados, viejas destrezas y nuevas competencias, conocimientos sabios y recursos inteligentes. Un compromiso transgeneracional atento a las aportaciones comunitarias de unos y otros.
Roberto San Salvador del Valle es coautor de Ciudad de valores (Catarata)
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