Artículo publicado en El Correo (04/05/2026)

La democracia también es competición. Sin partidos que compitan por el voto, lo que queda ya no es exactamente democracia, sino otra cosa. Una administración del poder sin alternativa nos puede ensimismar en una rutina sin incertidumbre. Y la incertidumbre, aunque incomode, forma parte del juego democrático. También la alternancia. Que existan opciones viables para gobernar y que esas opciones se disputen el espacio público no debería verse como una amenaza, sino como una señal de salud institucional.
En Euskadi, donde durante la última década se ha cultivado una cierta liturgia del consenso, a veces se mira con excesiva prevención cualquier gesto de disenso. La amenaza de la polarización, real o sobreactuada, nos empuja a veces a confundir competición con ruptura, y discrepancia con inestabilidad. Pero una democracia madura no se mide por la ausencia de conflicto, sino por su capacidad para encauzarlo.
Y el conflicto en Euskadi va a tener nombres bastante previsibles. La fragmentación del espacio político vasco no parece que vaya a alterarse demasiado en el próximo ciclo electoral. Las mayorías posibles seguirán pivotando alrededor de tres siglas: PNV, EH Bildu y PSE. Son ellos quienes marcan, y previsiblemente seguirán marcando, el reparto del poder. Pero no todos los votantes miran igual a los posibles socios o rivales. Ahí aparecen matices interesantes.
Entre los votantes socialistas, por ejemplo, el 41% asegura que nunca votaría a EH Bildu, mientras que solo un 9% excluye de forma tajante al PNV. Los votantes jeltzales son menos indulgentes con el PSE: un 14% no lo votaría nunca, y el 25% descarta por completo a EH Bildu. Entre los votantes de la izquierda abertzale, el rechazo hacia PNV y PSE se reparte de forma bastante simétrica, alrededor del 30% no votaría jamás a uno u otro.
Esa forma asimétrica de entender a los partidos a los que no votas está influenciada por las dos dimensiones esenciales de competición política en Euskadi. Y aunque la dimensión territorial ha dejado de ser dominante en los últimos años, no por ello ha dejado de existir ni de ser relevante para los ciudadanos que siguen posicionando a los partidos de forma diferenciada en la escala que mide la intensidad del nacionalismo vasco.
La ciudadanía coloca al PNV en un 7,5 y EH Bildu en un 8 en una escala donde el 10 representa el máximo nacionalismo vasco. Al PSE lo sitúa en el 3,9 y al Partido Popular en el 1,7 dónde el 0 es el mínimo nacionalismo vasco. El votante medio vasco se sitúa en esta escala en 5,6, más cerca del PSE que de cualquier otro partido. El partido que más ha cambiado su posición a ojos de la ciudadanía en esta escala territorial es también el PSE, percibido ahora como más nacionalista vasco que hace una década, según datos del Deustobarometro.
Incluso en un asunto tan sensible como el euskera aparecen menos trincheras de las que sugiere el actual debate público. Solo un 10% de los votantes de EH Bildu sitúa el euskera entre los tres principales problemas del país, una cifra muy parecida a la de los votantes del PSE (7,8%). Los votantes del PNV serían los que menos lo problematizan (5,4%).
También hay diferencias en la valoración de la política lingüística actual que es suspendida por el 30% de la ciudadanía. Entre los votantes del PNV, ese rechazo baja hasta el 14% y entre los del PP sube hasta el 51%. Entre los votantes de EH Bildu y el PSE, el número de insatisfechos es similar: un 25% de los que votaron a la coalición suspende la política lingüística por un 22% de los votantes socialistas.
Estos datos no sugieren momentos épicos. El propio interés de los partidos es previsible que empuje hacia la centralidad. Y hoy, en la dimensión territorial, esa centralidad está más cerca del eje PNV-PSE que de EH Bildu. Pero no tiene por qué ser siempre así.
Quizá nos habíamos acostumbrado a pensar que competir en la dimensión territorial era siempre sinónimo de tensión, de bloqueo o de viejos fantasmas. Pero no necesariamente. También aquí se puede disputar, matizar y proponer sin que el gobierno o el sistema se resienta. La democracia no consiste en evitar la competencia sino en aprender a convivir con ella.
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