Artículo publicado en El Correo (12/05/2026)

En 1978 Václav Havel publicó «una serie de ensayos que no apelan a la revolución por las armas sino a espabilar las conciencias individuales». Años más tarde, presidiría Checoslovaquia, y luego Chequia, pero en 1978 Václav Havel no era más que un dramaturgo prohibido y un disidente bajo vigilancia del régimen. Acababa de cofundar la iniciativa de derechos humanos Carta 77, en un contexto de estancamiento asfixiante en Checoslovaquia: la “normalización” forzada tras la represión de la Primavera de Praga por los tanques soviéticos.
En este clima de apatía generalizada ante la política y nula expectativa de cambio real, Havel publicó «El poder de los sin poder», una serie de ensayos que no apelan a la revolución por las armas sino a espabilar las conciencias individuales.
La visión de Havel resuena, con un eco perturbador, en el debilitamiento del Estado de derecho en el mundo occidental. Frente a las dictaduras clásicas apuntaladas en el terror físico, el post-totalitarismo temprano que Havel conceptualiza subsiste sobre una red de falsos rituales que hacen partícipe a toda la población por inercia o por miedo.
Es paradigmática la alegoría del frutero que cuelga el cartel «Proletarios del mundo, uníos» en su escaparate, no por convicción —arguye Havel— sino como salvoconducto para que las autoridades no lo molesten. Al hacerlo, el individuo se convierte involuntariamente en un pilar del régimen, contribuyendo a una apariencia de unidad que es, en realidad, una carcasa vacía.
Con la ingenua osadía del Andersen niño que rompe la inercia denunciando la desnudez del emperador, Havel apela al acto revolucionario de una “vida en la verdad”: todo acto de honestidad individual es amenaza existencial para un sistema anclado en la mentira universal.
Descolgando el cartel, el frutero ejerce el “poder de los sin poder” y desarma el hechizo de la ideología dominante. Rechaza seguir engrasando la maquinaria de la simulación y recupera la responsabilidad —y lucidez— personal.
En contextos donde la democracia se erosiona desde dentro, observamos una forma moderna de autocracia legalista. Los líderes actuales ya no necesitan abolir las constituciones; prefieren vaciarlas de significado, manteniendo las instituciones como meros decorados.
Al igual que el frutero de Havel, muchos profesionales del derecho y ciudadanos hoy se ven tentados a aceptar la conformidad para evitar conflictos, permitiendo que la justicia se convierta en un ritual vacío mientras el poder se concentra en manos del ejecutivo.
El ensayo de Havel nos enseña que el derecho no es un ente abstracto que nos protege por sí solo, sino una construcción que depende de nuestra negativa a participar en la mentira. En un tiempo de polarización y desinformación, la obra de este hombre que pasó de la celda a la presidencia nos recuerda que la integridad individual es la última y más poderosa línea de defensa de la libertad.
El mayor peligro para el Estado de derecho no es solo la ambición del gobernante, sino la capitulación silenciosa de quienes eligen vivir dentro de la mentira para preservar su comodidad.
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