Está en juego evitar que la ciudadanía interiorice que el Estado social y democrático de derecho no da soluciones a sus problemas.
Artículo publicado en El Correo (18/06/2026)

En la última década se está diluyendo el mínimo común denominador, compartido y asumido por la mayoría de los partidos políticos y las instituciones, en torno al avance en la garantía y protección de los derechos humanos. El negacionismo está alcanzando una amplia representación en el sistema de partidos políticos, así como en los poderes legislativo, ejecutivo y judicial de muchos Estados. A lo que hay que sumar un porcentaje de empresas y entidades sociales que se suman al menoscabo de la implementación de la Declaración Universal. Tengo la sospecha de que la actualización del texto a nuevos retos conllevaría la retirada de un número significativo de Estados entonces firmantes.
La hidra de este movimiento se ha enroscado en torno al tronco de la Declaración Universal, así como de los organismos internacionales y los instrumentos generados para su implementación. La actitud de ciertas instituciones, empresas y entidades sociales hacia organismos como Unesco, PNUD o Acnur, e instrumentos como la Agenda 2030, los ODS o la Nueva Agenda Urbana, lo evidencia.
La batería de argumentos esgrimidos por el negacionismo populista y autocrático en parlamentos, medios de comunicación, redes sociales y calles es abiertamente hostil a instrumentos y organismos. Pero, lo más preocupante, a la esencia misma que nos ha hecho avanzar, aunque parcialmente, en la segunda mitad del siglo XX.
Este escenario de complejidad nos genera una sensación de impotencia ante las fuerzas telúricas que trabajan por diluir los logros alcanzados y hacernos renunciar a los que podemos alcanzar juntos. La parálisis del gobierno del mundo y sus organismos, el desprestigio de los instrumentos generados y la generalización de la idea de que son la fuente de nuestros males maceran un campo abonado para alternativas autocráticas.
Pero lo que más me inquieta no es la lucha desigual entre titanes, que disponen de sofisticados instrumentos para negar la mayor, y mindundis, que defendemos la bondad de un sistema imperfecto, de lento pero constante avance en el disfrute de las libertades y la justicia social. Lo que más me inquieta es la capilaridad que los titanes están alcanzando entre la ciudadanía anónima. Una parte de los titanes del negacionismo se asientan en Estados no democráticos, pero una parte no menos significativa ha afianzado su presencia en Estados sociales y democráticos de derecho. Y en este segundo caso, han logrado que un volumen creciente de ciudadanas y ciudadanos acepten los postulados que disuelven el mínimo común denominador de la Declaración Universal de Derechos Humanos y su progresiva implementación a través del multilateralismo de los organismos internacionales y sus instrumentos de trabajo (fondos, programas, agendas…).
Ante la percepción de impotencia compartida, propongo reaccionar. Creo que es fundamental recuperar el consenso en torno al mínimo común denominador de los derechos humanos, el multilateralismo del gobierno del mundo y los instrumentos generados (Agenda 2030, ODS, Nueva Agenda Urbana…). Un acuerdo que, comenzando por nuestro entorno más cercano, en forma de ‘nuevo contrato ciudadano’, incorpore a los partidos que, desde la derecha conservadora y liberal hasta las izquierdas alternativas, se impliquen en la causa común y la tarea compartida. Un contrato que sume, igualmente, al tejido empresarial, desde pymes a multinacionales, y a las entidades sin ánimo de lucro, que no estén conformes con la alternativa autocrática de la hidra negacionista.
Entre todas y todos, tenemos que evitar que la derecha conservadora y liberal siga sucumbiendo a los cantos de sirena del negacionismo, para lo que debemos facilitar su acceso al gobierno de las instituciones, sin necesidad de apoyarse en autócratas, allá donde la voluntad popular le conceda la minoría mayoritaria, previo firme compromiso de volver a las posiciones de garantía y protección de la Declaración Universal y sus instrumentos de implementación. Y no dejando a nadie atrás, tenemos que evitar que la desesperación de las y los descartados lleve a las izquierdas alternativas a abrazar la adopción de soluciones radicales violentas.
Pero la tarea más importante que tenemos por delante es afrontar los próximos comicios electorales en una clave diferente al ganar o perder. Está en juego evitar que, entre la ciudadanía anónima, se interiorice la idea de que el Estado social y democrático de derecho está obsoleto porque no da solución a mis problemas para acceder a la salud y los cuidados, a una vivienda, a un empleo digno, a la convivencia en diversidad…
Es tiempo de salir a la calle, escuchar el malestar de las y los ciudadanos, compartiendo con honestidad lo mucho conseguido y defendiendo con convicción que, con la implicación de todas y todos, podemos seguir avanzando sin dejar a nadie atrás.
ROBERTO SAN SALVADOR DEL VALLE
ES COAUTOR DE ‘CIUDAD DE VALORES’
(CATARATA)
Deja una respuesta