Artículo publicado en El Correo (26/06/2026)

Más allá de lo necesario y conveniente para la vida, el aumento de bienes materiales no mejora el grado de felicidad de forma estable
La revista ‘Forbes’ ofrece anualmente una lista o ‘ranking’ de las cien personas más ricas del mundo; también de los millonarios, a nivel mundial y por países. Información anhelada por los medios de comunicación. La curiosidad popular tampoco la ignora y provoca un conjunto variado de emociones: envidia, desprecio, admiración, indiferencia, indignación…
Este informe, sin embargo, refleja solamente la parte visible del iceberg del deseo de acaparar y acumular, convertido en una carrera imparable e incontrolable, en la que unos ganan mucho y otros poco o nada. Una colección incontable de talegas de dinero, con frecuencia injusta o insolidariamente adquirido, que, cuando las artes de ocultamiento y los amaños fallan, ofrece copioso trabajo a la Justicia. Es el deseo insaciable de acaparar y acumular. Para el filósofo alemán Arthur Schopenhauer, «la riqueza es como el agua salada: cuanto más se bebe de ella, más sed se tiene. Lo mismo ocurre con la fama».
Se ha popularizado la expresión síndrome de Diógenes, aplicada a las personas mayores que acumulan de forma compulsiva y sin control todo tipo de objetos, aunque sean inservibles. Son casos singulares, que desvían la atención de la práctica más frecuente de acumular y acaparar… y no solamente en la vejez. Además, señalar a Diógenes como modelo resulta desacertado y paradójico. Según los pocos datos conocidos, este personaje redujo su vivienda a una cuba y cuando advirtió que un niño bebía agua haciendo un cuenco con las manos, prescindió de su escudilla. Cuentan también que cuando Alejandro Magno le ofreció lo que deseara, solamente le pidió que se apartase a un lado para que no le quitara el sol.
Acumular para, en realidad, no disfrutar de verdad. Antonio Machado, «ligero de equipaje», sintetizó la trágica situación del que pone todo su afán en acumular: «no goza de lo que tiene / por ansia de lo que espera».
La acumulación compulsiva es proteica y se presenta de varias formas. Una de ellas, las compras compulsivas, el afán de adquirir cosas, más allá de lo necesario o conveniente. Comprar por comprar es el lema de los ‘shopaholics’ o adictos a las compras. Por el contrario, con su habitual sabiduría y fina ironía el escritor catalán Josep Pla escribía: «A veces bajo a la ciudad para ver los escaparates y saber lo que no necesito». Pero también acumular poder e influencia; acumular títulos y diplomas; acumular conocimiento en lugar de auténtica sabiduría; acumular viajes para ‘contarlo’. En las redes sociales, acumular ‘amigos’ (?) o seguidores; acumular ‘likes’.
¿Para qué acaparar y acumular? Los estudios sobre la felicidad humana convergen en que más allá de lo necesario y conveniente para la vida, el aumento y acumulación de bienes materiales no aumenta el grado de felicidad de forma estable. El deseo pertinaz de acumular puede ser síntoma de una carencia interior: llenar las arcas para tratar, vanamente, de compensar el sentimiento de profunda vaciedad y de falta de sentido. Es posible también que la falta de apego seguro a las personas lleve a antropomorfizar el dinero y las cosas. Es optar por ‘tragar’, en lugar de saborear la amistad, la naturaleza… la vida.
No trato de invitar a vivir como Diógenes ni pretendo establecer una línea divisoria entre las necesarias o convenientes reservas para el futuro y lo que es acumulación compulsiva y depredadora. El psicoanalista y filósofo Erich Fromm propone dos modos de existencia: orientación a ‘tener’ y orientación a ‘ser’. La primera es definirse por las posesiones (dinero, propiedades, fama, títulos…), centrado en su control –aunque ellas terminan por controlarle–, con inseguridad y miedo a perderlas. La segunda consiste en definirse por ‘lo que soy’ (autenticidad, vida con sentido, creatividad, solidaridad…) y dar prioridad a lo que vale la pena.
¿‘Tener’ o ‘ser’? Una alternativa que, en la práctica, puede convertirse en hacer de la vida una marcha ilusionante y constante del ‘tener’ al ‘ser’. Riqueza interior más que exterior.
Recordemos el cuento o parábola del empresario y el pescador. En un paseo por el puerto pesquero un empresario, con gran fortuna e iniciativa, entra en conversación con un pescador que vuelve a su casa, satisfecho con la modesta pesca que ha conseguido en solo dos horas. El empresario le invita a superarse e iniciar un proceso de expansión y enriquecimiento: adquirir un barco sencillo, después otro mejor, luego una flotilla, etcétera. Así, cuando sea muy rico, podrá disfrutar de la vida. El pescador le responde que eso es lo que ya está haciendo. Sencilla, pero gran lección.
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