Artículo publicado en El Correo (29-06-2026)

Uno de cada cuatro vascos ha renunciado a tener vacaciones este verano por motivos económicos según el último Deustobarómetro.
Entre quienes tienen entre 25 y 34 años son mayoría los que han renunciado o se lo han planteado seriamente antes de ajustar el presupuesto para poder marcharse unos días. En el otro extremo están los mayores de 65 años, el grupo cuya planificación vacacional depende menos de su renta disponible. La brecha de ingresos entre generaciones, consolidada desde hace años, también se refleja cuando llega el verano.
El difícil acceso a la vivienda y unos salarios que crecen muy por debajo del coste de la vida forman parte de la banda sonora generacional de esos jóvenes de entre 25 y 35 años. Y esa experiencia explica, al menos en parte, su creciente mirada crítica hacia el turismo. Seis de cada diez jóvenes creen que el turismo en sus ciudades contribuye al encarecimiento del alquiler y uno de cada cuatro considera que reduce la oferta de vivienda y deteriora la calidad de vida de sus barrios.
También son los jóvenes los que perciben con mayor intensidad los efectos culturales del turismo de masas. La mayoría de los menores de 25 años cree que el aumento del turismo favorece la pérdida de identidad, cultura y tradiciones de Euskadi. Entre los mayores de 55 años, ese miedo a la pérdida cultural desciende al 30%.
En las ciudades vascas empieza a abrirse paso un debate que hace pocos años apenas formaba parte de la conversación pública. El cansancio que muestran algunos destinos europeos muy tensionados ha llegado también al debate vasco. Y resulta significativo que quienes, en teoría, deberían beneficiarse más del empleo y de la actividad económica vinculada al turismo, los jóvenes, sean precisamente quienes expresan más rechazo sobre su crecimiento.
No es casual que haya una mayoría transversal en los tres territorios respaldada por el PNV, EH Bildu y el PSE apoyando la nueva tasa turística y que los alcaldes lancen bengalas de atención electoral para que sus votantes se enteren de su posición en este tema. Todo ello ocurre cuando el turismo representa el 6,8 % del PIB vasco y continúa aumentando su peso en la economía.
Quizá ahí resida la principal paradoja. El debate ya no enfrenta a quienes están a favor o en contra del turismo. La cuestión es otra, cómo se distribuyen sus beneficios y sus costes. Mientras la actividad sigue creciendo, una parte importante de los jóvenes asocia ese crecimiento con alquileres más caros, empleos más precarios y una transformación acelerada de sus ciudades que pone en peligro su identidad. Cuando esa percepción se consolida, el consenso alrededor del turismo deja de ser económico para convertirse, sobre todo, en un debate generacional.
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