La competitividad solo es verdadera cuando se nota en la prosperidad y calidad de vida cotidiana de los ciudadanos.

Durante años hemos medido el éxito de nuestras sociedades casi exclusivamente con indicadores económicos como el crecimiento del PIB o la balanza comercial. Dábamos por hecho que, si la economía crecía, el bienestar acabaría llegando. Pero el mundo ha cambiado. Un territorio puede generar riqueza y, al mismo tiempo, afrontar dificultades para ofrecer empleo de calidad, retener talento, garantizar el acceso a la vivienda o evitar que aumenten las desigualdades.
Vivimos además en un contexto marcado por la incertidumbre geopolítica, la transición energética, la revolución tecnológica y el reto demográfico. Todo ello nos obliga a replantear cómo entendemos el desarrollo económico. La competitividad sigue siendo fundamental, pero ya no basta con crecer. La verdadera pregunta es quién se beneficia de ese crecimiento y cómo se distribuyen las oportunidades. Porque la competitividad es necesaria para generar bienestar, aunque por sí sola no lo garantiza.
Esta reflexión estuvo muy presente en el congreso internacional sobre productividad local celebrado en Bilbao. Allí, expertos de distintos países coincidieron en una idea clave: la productividad, y por tanto la competitividad, depende de factores como la innovación, las capacidades de las personas o las infraestructuras. Y todos esos factores están profundamente ligados a las características de cada territorio.
Lo que funciona en una gran ciudad especializada en servicios avanzados no tiene por qué servir en una comarca industrial o en una zona rural en transformación. En competitividad no existe el ‘café para todos’.
Durante años muchos territorios han intentado replicar modelos como Silicon Valley, pero el verdadero reto consiste precisamente en identificar las fortalezas propias y construir sobre ellas. Una comarca industrial no necesita convertirse en un gran polo tecnológico para ser competitiva. Puede liderar la fabricación avanzada, desarrollar nuevas soluciones para la transición energética o especializarse en sectores donde ya dispone de empresas y capacidades, siempre apoyándose en la colaboración con otros territorios.
La clave no está en parecerse a otros, sino en aprovechar aquello que hace único a cada territorio. Y para eso hacen falta instituciones capaces de conectar las grandes estrategias globales con la realidad concreta de las comarcas, de las empresas y de las personas.
El Diagnóstico de Competitividad del Territorio Histórico de Bizkaia elaborado por Orkestra refleja bien esa diversidad. En Bizkaia conviven comarcas muy distintas: algunas especializadas en servicios avanzados, otras con una fuerte tradición industrial, algunas con retos demográficos y otras con mayores dificultades económicas.
Y, sin embargo, Bizkaia sigue siendo un territorio socialmente cohesionado. Ahí está probablemente una de sus mayores fortalezas. Porque la competitividad solo tiene sentido si mejora la vida de las personas. Un modelo que genera riqueza, pero no empleo de calidad, o que atrae inversión, pero aumenta las desigualdades, es un modelo difícilmente sostenible.
Todo esto cobra aún más importancia ante los retos y oportunidades que la descarbonización y la transición energética plantean a los territorios industriales. El desafío consiste en garantizar que esta transformación no amplíe las brechas entre territorios y personas, sino que contribuya a un modelo de desarrollo más equilibrado e inclusivo.
Iniciativas como Bizkaia Orekan Sakonduz de la Diputación Foral de Bizkaia buscan precisamente eso. A través de una mirada territorial impulsan la colaboración y refuerzan las capacidades comarcales para que la prosperidad llegue a todo el territorio. Porque el progreso no debería medirse solo en cifras macroeconómicas, sino también en la capacidad de ofrecer oportunidades reales a las personas, vivan donde vivan, en Enkarterri, Lea-Artibai o Durangaldea.
Al final, la competitividad solo es verdadera cuando se nota en la prosperidad y calidad de vida cotidiana de la ciudadanía, es decir, cuando mejora el empleo, las oportunidades y la confianza en el futuro. Todo lo demás son únicamente estadísticas.
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