Artículo publicado en El Correo (27/07/2026)

Hace ya algunos años tuve la fortuna de asistir a una clase del profesor noruego Steinar Bjartveit, que me dejó una imagen que desde entonces me ha acompañado: para gobernar, y también para dirigir, hay que aprender a ser a la vez león y zorro.
Steinar había llegado hasta aquella imagen de la mano de Maquiavelo. En El príncipe, el pensador florentino advertía que el león posee fuerza suficiente para enfrentarse a los lobos, pero no sabe reconocer las trampas. El zorro, por el contrario, descubre las trampas, aunque carece de fuerza para defenderse de los lobos. Y Steinar concluía: quien aspire a dirigir equipos necesita algo de ambos.
El león, la leona, representan el coraje, la decisión y la perseverancia. Es quien protege al equipo cuando llegan tiempos difíciles, sostiene una convicción frente a la mayoría y acepta el coste y el desgaste de tomar decisiones que nadie quiere tomar. Sin estas personas, las organizaciones pueden pasar años hablando de transformaciones que nunca comienzan.
Una frase tradicionalmente atribuida a Alejandro Magno sostiene que un ejército de corderos dirigido por un león puede resultar más temible que un ejército de leones dirigido por un cordero. La atribución es incierta, pero la intuición sigue siendo poderosa: un buen liderazgo puede despertar el valor de un grupo, igual que uno malo puede desperdiciarlo por completo.
Muchos siglos después, Robert Redford recuperó esa misma tensión en la magnífica película Leones por corderos: el contraste entre quienes asumen los riesgos y quienes deciden desde una distancia confortable. Porque no basta con rugir ni con enviar a otros a batirse, para luego echarles la culpa si llega la derrota. El coraje de una persona directiva empieza cuando quien decide acepta las consecuencias de su decisión.
Pero el león tiene un problema: confía demasiado en su fuerza. Tiende a avanzar de frente, a elevar la voz y a pensar que cualquier resistencia desaparecerá si empuja con suficiente energía. No siempre ve las trampas. A veces cae repetidamente en la misma mientras culpa al terreno, a sus adversarios o a la falta de valentía de los demás.
El zorro posee otras virtudes. Observa antes de actuar, comprende los intereses que se esconden detrás de las palabras y sabe que los organigramas explican solo una pequeña parte de cómo funciona realmente una organización. Construye alianzas, encuentra caminos laterales y distingue entre lo deseable y lo posible.
También el zorro tiene su peligro. Puede terminar viendo tantas trampas que ya no se atreva a avanzar, y queda agazapado. Puede convertir la prudencia en cálculo permanente y la inteligencia política en una forma sofisticada de inmovilidad. Comprende perfectamente por qué nada puede hacerse y acaba siendo incapaz de hacer nada.
Quizá por eso el verdadero problema no sea decidir si somos leones o zorros. El problema es no saber dejar de serlo. Muchos directivos y directivas utilizan una y otra vez la capacidad que les permitió llegar hasta donde están. Quien prosperó gracias a su valentía continúa embistiendo cuando debería escuchar. Quien avanzó gracias a su habilidad política sigue negociando cuando ha llegado el momento de decidir. Convertimos nuestras fortalezas en costumbres y, después, nuestras costumbres en cárceles.
La madurez directiva consiste en reconocer qué animal necesita cada situación. Hay momentos para rugir, defender una idea y asumir el riesgo de dar un paso al frente. Y hay momentos para observar, comprender, conversar o buscar una puerta que no aparece en los planos.
No necesitamos personas moderadamente valientes y moderadamente astutas. Necesitamos personas capaces de transformarse: leones que aprendan a detectar las trampas y zorros que, cuando llegue el momento, recuerden cómo se ruge.
Steinar, como todos los buenos maestros, consiguió que aquella imagen sobreviviera muchos años en la memoria de un alumno poco disciplinado como yo (quizá tuviera también algo de culpa que nos contara esta historia en el despacho de Maquiavelo en Florencia). En mi vida en las organizaciones he ido encontrando los dos perfiles, y también he podido disfrutar del liderazgo de algunas pocas personas que sabían elegir qué animal sacar en cada momento…
Me ha tocado también a mí elegir. Y aunque he caído en trampas por rugir a destiempo, y a veces he dejado también que el zorro se quedase demasiado tiempo escondido, al menos ser consciente de estos errores me ha ayudado a pensar en ello y a corregir el rumbo.
Quizá las mejores lecciones sean precisamente esas: las que, mucho después de terminar la clase, continúan haciéndonos preguntas y ayudándonos a ser mejores profesionales, mejores personas.
El próximo artículo os hablaré de los consejos que deja en otro capítulo para navegar la esquiva fortuna…
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