Masivas audiencias, y también politización, precios elevados e impacto medioambiental que futuros organizadores, entre ellos España, habrán de tener en cuenta
Artículo publicado en El Correo (02/08/2026)

Si hiciésemos caso al refrán ‘Bien está lo que bien acaba’, es probable que el balance del reciente Mundial de fútbol no pueda ser sino positivo. Sobre todo para La Roja, que se llevó el título con todo merecimiento, haciendo gala además de una serie de valores –humildad, trabajo en equipo, juego limpio y sensato liderazgo– que le han ganado el reconocimiento de la prensa deportiva tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. Sin embargo, sería un tanto iluso concluir que este mastodóntico evento deportivo global no se vio ensombrecido por una serie de decisiones y controversias que han puesto en entredicho la manera de gestionar una competición de esta naturaleza. Por ello, parece del todo razonable hacer un pequeño repaso de los posibles errores y de algunos aciertos de esa gestión con idea, ante todo, de intentar mejorarla en futuras ediciones. Recuérdese que el próximo Mundial tendrá lugar en España, Portugal y Marruecos.
Para empezar por los aspectos más cuestionables y polémicos acaecidos a lo largo del evento, quizás convendría dividirlos en dos grupos: unos estrictamente ligados a la práctica y las reglas del deporte rey, y otros más vinculados al contexto concreto en que ha tenido lugar este último campeonato.
Con respecto a los primeros, ya antes incluso de comenzar el torneo se cuestionó el número de participantes (48) y el sistema de asignación de cabezas de serie. En ambas cuestiones parecía que se priorizaban criterios economicistas y el espectáculo, más que aspectos puramente deportivos. Algo parecido ocurrió con las controvertidas pausas de hidratación que, aunque sobre el papel se habían introducido pensando en los jugadores, se ha constatado que perseguían intereses comerciales (CBC News, 19-7-26). Por no hablar de las actuaciones de conocidos cantantes que alargaron el tiempo de descanso durante la final disputada en el MetLife Stadium.
Además, como suele ser habitual en el caso del fútbol, las críticas de equipos y entrenadores volvieron a centrarse en algunos arbitrajes. Aunque la tecnología VAR debería, en teoría, aquilatar las infracciones cometidas por los jugadores, su utilización no ha estado exenta de algunas reprobaciones y suspicacias debido a evidentes inconsistencias en su uso (BBC, 18-7-26).
Si algunas de las decisiones estrictamente deportivas han sido fuente de disputas y críticas desde distintos estamentos, las posibles interferencias de factores contextuales y políticos se han llevado la palma en los niveles de controversia. La FIFA ya empezó con mal pie el pasado diciembre cuando, durante el sorteo del torneo, decidió conceder por primera vez en su historia un premio al presidente Trump por su contribución a la paz mundial –aquí cabría añadir toda suerte de emoticonos–. Aún más dañina para la imagen de una organización supuestamente diversa e inclusiva ha sido su decisión de plegarse a las políticas de visados e inmigración de EE UU. Según Amnistía Internacional (11-6-26), esas políticas obstaculizaron o disuadieron a muchos profesionales y aficionados de otros países de realizar el viaje a Norteamérica.
Por si eso no hubiera sido suficiente, la propia justicia y equidad del torneo se ha visto amenazada por el inicuo trato recibido por la selección iraní o la intervención de Trump para levantar una sanción –del todo razonable– a un jugador del equipo anfitrión. A la vista de todos estos despropósitos, no es de extrañar que un editorial de dos páginas en la ‘Gazzetta dello Sport’ concluyese que el torneo estaba siendo un auténtico «desastre» (18-7-26).
Para terminar con las facetas más reprobables del evento, dos o tres temas importantes merecen una profunda reflexión para ediciones ulteriores. El elevadísimo precio de las entradas y los sistemas de reventa han sido objeto de críticas tanto por parte de líderes políticos como de los aficionados. El modelo de precios dinámicos ha excluido del acceso a los estadios a muchas franjas sociales. Asimismo, numerosas organizaciones se han quejado del impacto medioambiental –debido sobre todo a las largas distancias entre las sedes– que, evidentemente, contraviene los objetivos de sostenibilidad de la FIFA (BBC, 9-7-26). Por último, varias de esas sedes (Toronto y Vancouver, entre ellas) pusieron sobre la mesa los inmensos sobrecostes que la organización de los partidos les supuso, en ocasiones doblando y triplicando los presupuestos iniciales.
Con todo lo dicho, y a pesar de los datos positivos del torneo –masivas audiencias, resultados inesperados, expansión del deporte en ciertos países– es indudable que futuros organizadores habrán de tener en cuenta todas las sombras anteriormente mencionadas. Solo así se podrán convertir este tipo de acontecimientos deportivos globales en un ejemplo de justicia, sostenibilidad, no discriminación y, en último término, democracia.
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