Con la fragilidad y obsolescencia de ‘milenials’, ‘zetas’ y ‘boomers’ explicamos su quemazón. Pues no, es un problema de valores
Artículo publicado en El Correo (11/09/2026)

Una de las ventajas del período estival, para quienes tenemos el privilegio de poder disfrutar de vacaciones y alejarnos un poco de los lugares cotidianos, es poder aparcar lo urgente y centrarnos en lo importante.
Y entre lo importante, con el paso de los años, he descubierto la relevancia de saber desacelerar, para poder dedicar más tiempo a escuchar a las personas con las que compartes mundo.
A lo largo de este verano, he podido disfrutar escuchando atentamente a personas ‘milenials’ y ‘zetas’ hablando de su vida y de su experiencia laboral en sus primeros pinitos en el mundo del trabajo. Y escuchando el relato de personas ‘boomers’ en la recta final o en la puerta de salida de sus experiencias a lo largo de dilatadas vidas laborales.
En ambos casos he percibido el orgullo por la labor desempeñada, el brillo en los ojos al relatar anhelos, proyectos, logros y fracasos. He sentido la vocación y la motivación con las que han enfrentado y enfrentan los retos y las tareas cotidianas.
Pero, he podido olisquear un cierto tufillo a chamusquina, a quemazón, no por exposición excesiva al sol veraniego, sino a su respectiva organización, sea institución, empresa o asociación. Un olor a renuncia y dimisión que no podemos permitirnos como comunidad.
Tildamos a los ‘milenials’ y ‘zetas’ de frágiles. Etiquetamos a los ‘boomers’ como obsoletos. Con su fragilidad y su obsolescencia damos por explicada dicha quemazón.
¡Pues no señoras y señores! ¡Responsables de instituciones, empresas y asociaciones! ¡No es un problema de fragilidad u obsolescencia! ¡Es un problema de valores en la organización!
No he encontrado en los ‘milenials’ y ‘zetas’ más fragilidad que la que tuvimos cuando encaramos el futuro con veintitantos o treinta y tantos. En los ‘boomers’ no he encontrado más obsolescencia que en muchos electrodomésticos en perfecto estado que tienes que acabar desechando porque no hay repuestos para piezas rotas o porque la reparación resulta excesivamente cara.
¿No estaremos más bien ante una fragilidad inducida? ¿No será el resultado de una obsolescencia programada?
Tanto los primeros como los segundos seguirían esforzándose por aportar lo mejor de sí mismos a la organización, la comunidad y la sociedad.
Pero: ¿Cuántas veces se enfrentan a una exigencia inagotable? ¿Carecen de apoyo suficiente en el desempeño? ¿Reciben reconocimiento por lo bien hecho? ¿Y comprensión en los fracasos? ¿Hasta qué punto se valoran (económicamente) su esfuerzo y logros alcanzados? ¿Qué posibilidades tienen de celebrar lo hecho por otras personas? ¿Y de compartir lo alcanzado por sí mismas?
Mi vida ha estado guiada por valores humanistas y democráticos, entre los que incluyo el esfuerzo y el trabajo bien hecho. Se lo debo a mis padres y a tantas buenas personas que me han apoyado, acompañado, reconocido, valorado y cuidado. Un esfuerzo que merece la pena en sí mismo, por el placer de hacer bien las tareas encomendadas y asumidas. Un trabajo bien hecho que ha sido y es imprescindible para avanzar colectivamente y reforzar el sentido de pertenencia a la comunidad en que haya estado implicado en cada momento y circunstancia.
Me he encontrado con responsables de organizaciones –instituciones, empresas y asociaciones– que coinciden en esa doble visión: del placer de hacer bien las cosas y de su carácter insustituible en la construcción de la comunidad. Pero también he encontrado quienes entienden el esfuerzo como un fin en sí mismo, al servicio de una productividad desbocada y un lucro ilimitado, en el que enfrentan a las personas integrantes de sus equipos al rotundo éxito o fracaso individual.
Al escuchar a ‘boomers’, ‘milenials’ y ‘zetas’, de acá y allá, de organizaciones bien distintas, tengo la misma inquietud: ¡Los quemasteis! ¡Los vais a quemar!
El fin último del ser humano es acercarse lo más posible al bienser y bienestar, individual y colectivo. Requiere del esfuerzo y del trabajo bien hecho de cada una de las personas que integramos las organizaciones, las comunidades y la sociedad. Cada una, desde sus conocimientos, competencias y talentos, compartiendo valores humanistas y democráticos. Pero, necesita igualmente del acompañamiento, reconocimiento, valoración y cuidado de las personas que le rodean, especialmente de aquellas que asumen la responsabilidad de las organizaciones y de los equipos que les acogen.
Si así fuera, el olor a quemado correspondería solo a quienes no se han dado suficiente crema en la piel o no se han puesto a tiempo a la sombra en este agradable período estival.
Espero que no proceda de la quemazón temprana de ‘milenials’ y ‘zetas’, o de la quemadura de segundo grado de ‘boomers’. No sería un buen presagio de los veranos que están por llegar.
Deja una respuesta