No necesitamos reinventar nuestra identidad industrial. Necesitamos actualizar su motor y seguir desarrollando el ecosistema construido durante décadas
Artículo publicado en El Diario Vasco (04/03/2026)

Durante décadas, Euskadi ha construido una economía sólida, diversificada y capaz de sostener elevados niveles de bienestar. Pero los resultados de hoy no garantizan la prosperidad de mañana. La competencia se intensifica y la tecnología avanza a gran velocidad. Confiar solo en las fortalezas que nos han traído hasta aquí sería un error.
La competitividad no se hereda, se construye cada día. Y en la industria del siglo XXI, uno de los factores decisivos será nuestra capacidad para convertir conocimiento en valor económico y social. Es decir, nuestra capacidad de transferir tecnología al mercado y que este lo valore.
La transferencia tecnológica puede sonar abstracta, pero es muy concreta. Consiste en conseguir que el conocimiento generado en universidades, centros de investigación y centros tecnológicos llegue a las empresas y se traduzca en mejores procesos, nuevos productos, menores costes, un uso más eficiente de la energía o nuevas oportunidades de negocio. En definitiva, que el conocimiento se convierta en competitividad, y esta a su vez en empleo y bienestar.
Euskadi parte de una posición favorable. La construcción de nuestro sistema de innovación ha sido uno de los grandes aciertos de las últimas décadas. Contamos con capital humano cualificado, capacidades científicas y tecnológicas relevantes, una industria capaz de absorberlas y una cultura institucional que ha apostado por la I+D+i.
Dicho esfuerzo ha sido reconocido internacionalmente. La Comisión Europea sitúa a Euskadi entre las regiones de alta innovación en sus indicadores regionales, mientras que la OCDE ha analizado el modelo vasco como referente de transformación industrial. Es valioso, pero también encierra el riesgo de confundir una buena posición de partida con una garantía de futuro.
Por ello ese reconocimiento no debe convertirse en complacencia. Las recetas que nos trajeron hasta aquí no son suficientes para el contexto actual. El reto ya no consiste únicamente en generar conocimiento, sino en conseguir que circule con más rapidez y eficacia entre ciencia, tecnología, empresa y mercado. Porque una patente que no encuentra aplicación, una tecnología que no llega a una pyme o una investigación que no se transforma en actividad económica o impacto social son oportunidades que perdemos.
La transferencia, además, no funciona como una cadena lineal. La innovación surge de la interacción estrecha entre empresas que plantean retos, investigadores que aportan capacidades, centros tecnológicos que ayudan a validar soluciones, inversores que permiten escalar soluciones y administraciones que crean las condiciones adecuadas. Cada uno aportando capacidades distintas para convertir retos en soluciones. El valor del ecosistema no reside solo en la fortaleza de cada pieza, sino en la eficacia con la que interactúan.
Esto es especialmente relevante en Gipuzkoa. Pocos territorios combinan una tradición industrial tan arraigada, un tejido formado mayoritariamente por pymes y una concentración tan significativa de capacidades científico-tecnológicas. Esa combinación es una fortaleza, pero también plantea la necesidad de hacer accesibles esas capacidades a empresas sin grandes departamentos de innovación y conseguir que la tecnología responda a problemas empresariales reales.
La transferencia tecnológica es también una política de arraigo. Las empresas permanecen e invierten allí donde encuentran capacidades difíciles de reproducir: proveedores especializados, talento, conocimiento, infraestructuras avanzadas y relaciones de confianza. Reforzar nuestro ecosistema no solo ayuda a innovar; aumenta las razones para que las empresas sigan desarrollando aquí sus proyectos de futuro.
La política pública debe evolucionar en la misma dirección.
Euskadi dispone de una arquitectura de apoyo a la I+D+i madura, pero debemos seguir simplificando el acceso, evitando fragmentaciones y poniendo el foco en el impacto. Los programas son útiles si cambian lo que ocurre dentro de una fábrica, aceleran un producto, mejoran la productividad, incorporan una tecnología o contribuyen a crear y escalar una nueva empresa.
Convertir conocimiento en soluciones exige actuar en muchos frentes, desde el talento y la inversión hasta las capacidades empresariales, las conexiones entre agentes y las condiciones para experimentar, validar y escalar. La transferencia tecnológica es una palanca transversal a todos ellos.
No necesitamos reinventar nuestra identidad industrial. Necesitamos actualizar su motor y seguir desarrollando el ecosistema construido durante décadas. Euskadi dispone de las piezas esenciales: ciencia, tecnología, industria, talento e instituciones. El reto es lograr que funcionen de manera cada vez más conectada, ágil y orientada a lograr impacto en el mercado y la sociedad.
Nuestro futuro dependerá, en buena medida, de ello. Porque la prosperidad de Euskadi no se decidirá solo por cuánto conocimiento somos capaces de generar, ni por el reconocimiento internacional de nuestro sistema de innovación, sino por cuánto de ese conocimiento conseguimos que nuestras empresas lleven al mercado, generando nuevas actividades y mejores oportunidades para nuestra sociedad.
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