Somos un territorio pequeño, montañoso y pobre en recursos naturales. Y, sin embargo, hemos sido capaces de salir al mundo e impulsar soluciones colectivas a problemas difíciles.
Artículo publicado en El Diario Vasco (24/10/2026)

Cuando viajo por el mundo y me preguntan de dónde soy, muchas veces intento explicar qué es Gipuzkoa. Y no es tan sencillo para alguien de fuera. Suelo hablar de algunas cosas de las que nos sentimos orgullosos. De la experiencia cooperativa, de Mondragon y de una economía social singular. De un tejido de empresas industriales extraordinariamente especializadas, e internacionalizadas; de nuestras campeonas ocultas, líderes mundiales en sus nichos de mercado. Y, cómo no, de Donostia, de su Zinemaldia, del Kursaal, de su ecosistema culinario, bien descrito en el documental ‘Izarrak’, y de cómo se ha convertido en una ciudad de la ciencia que apuesta por las tecnologías cuánticas y las biociencias.
Si miramos un poco más atrás, la historia resulta todavía más sorprendente. Hemos sido emprendedores e innovadores. Desde nuestros pequeños puertos salían marineros hacia Terranova en busca de bacalao y ballenas. La Nao San Juan nos recuerda el ecosistema de astilleros, herrerías, producción de sidra y saber marítimo. De aquí salieron Elcano, Legazpi o Urdaneta, protagonistas de la primera globalización, e Ignacio de Loyola fundador de la Compañía de Jesús. En Bergara los hermanos Elhuyar aislaron el wolframio en 1783, y surgieron instituciones ilustradas como la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País.
Gipuzkoa nunca lo ha tenido fácil. Somos un territorio pequeño, montañoso, fragmentado en valles y pobre en recursos naturales. Y, sin embargo, una y otra vez, hemos sido capaces de salir al mundo e impulsar soluciones colectivas a problemas difíciles. ¡Somos un pequeño ‘gran’ territorio!
Dos elementos aparecen una y otra vez en nuestra historia. El primero es la apertura al mundo. La capacidad de mirar fuera, aprender, comerciar, incorporar conocimiento y participar, en la medida de nuestras posibilidades, en las grandes transformaciones, no solo como observadores, sino también como actores.
El segundo es la capacidad de hacer cosas juntos, de cooperar y construir capacidades que nadie habría podido desarrollar por separado. Hemos creado ecosistemas navales, culinarios, industriales y tecnológicos. ¡No solo estrellas, sino constelaciones!
Pero el contexto global ha cambiado de forma estructural. El reto ahora es preservar nuestra competitividad y, con ella, el bienestar de nuestro territorio.
Vivimos en un mundo más proteccionista, fragmentado e incierto, con mayor rivalidad geopolítica y reglas menos previsibles. Las dependencias económicas se han convertido en instrumentos de presión. China ha ganado peso en la industria, en las exportaciones y en la tecnología, intensificando la presión competitiva sobre sectores clave para Europa y para nuestras empresas.
Al mismo tiempo, estamos ante un nuevo paradigma industrial. La IA, la robótica, la automatización y la computación avanzada están transformando cómo producimos e innovamos. Surgen nuevas cadenas de valor y la actividad más avanzada tiende a concentrarse donde confluyen conocimiento, capital, talento e infraestructuras. La competitividad depende cada vez menos de capacidades aisladas y más de la calidad y las conexiones del ecosistema.
Europa conoce desde hace tiempo sus problemas: menor productividad, fragmentación del mercado, dificultades para movilizar capital y escalar proyectos, costes energéticos y complejidad regulatoria. Es hora de pasar del diagnóstico a la acción. Europa debe compatibilizar la competitividad de su economía con las exigencias de su modelo social, y reforzar sus fortalezas industriales y tecnológicas, allí donde todavía las tiene.
Gipuzkoa afronta esta transformación desde una posición sólida. Tenemos, y aspiramos a mantener, un alto nivel de bienestar. Contamos con un ecosistema muy potente y con una industria arraigada, empresas internacionalizadas, red de conocimiento y tecnología, capacidad institucional, y actitud de colaboración; pero también con retos estructurales ligados a tamaño, demografía, talento, energía o conectividad.
Somos un territorio de pymes y para ellas el nuevo contexto supone más presión, pero también oportunidades para reforzar posiciones en nichos existentes, diversificarse hacia nuevas cadenas de valor y explorar nuevos mercados. El tamaño condiciona los recursos para competir, pero la menor escala se traduce en mayor agilidad y capacidad de adaptación.
Por eso, la principal respuesta de Gipuzkoa debe ser reforzar su capacidad de actuar como ecosistema. Colaborar no es un eslogan, sino una necesidad competitiva. Compartir tecnología, financiación, talento, inteligencia de mercado, infraestructuras, y conexiones internacionales permite que empresas pequeñas accedan a capacidades que difícilmente construirían solas. No basta con colaborar más, debemos colaborar mejor.
Un ecosistema así es una de las mejores políticas de arraigo en un mundo incierto y de gigantes, ya que genera condiciones para invertir y crecer desde Gipuzkoa. El futuro no nos vendrá de fuera, tendremos que construirlo aquí, uniendo lo que sabemos hacer, nuestra capacidad de colaborar y nuestros valores.
¡Ante el desafío geopolítico y tecnológico necesitamos más Gipuzkoa!
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