Artículo publicado en El Correo (05/05/2026)

Hay épocas en las que cambian algunas cosas. Y hay otras, menos frecuentes, en las que cambian los esquemas que utilizamos para entender esas cosas (cambios de paradigma, los llamamos).
Llevamos dos décadas hablando de grandes transformaciones: la digitalización de las empresas, la automatización industrial, el teletrabajo, la globalización, la transición energética, la demografía, la inmigración. Para cada uno de esos fenómenos, tenemos nuestro diagnóstico y hasta un pequeño manual de instrucciones. También hemos aprendido a convivir periódicamente con crisis más o menos profundas y duraderas (la de Lehman Brothers, la del COVID, ahora la del Estrecho de Ormuz…).
Pero creo que lo que tenemos delante no se parece ya a una suma de cambios parciales. La tecnología está avanzando a una velocidad que desborda la capacidad de adaptación de personas, empresas e instituciones. La longevidad modifica silenciosamente el contrato entre generaciones. El trabajo cambia de piel, no solo por la automatización o la inteligencia artificial, sino también por nuevas expectativas vitales, nuevas formas de precariedad y nuevas exigencias de aprendizaje continuo. La geopolítica, que durante años pareció quedar en segundo plano para muchos europeos, ha vuelto al centro del tablero con un ruido mucho más áspero. Y el problema es que seguimos intentando interpretar todo esto con categorías nacidas para un mundo que ya no existe.
Ese puede ser uno de los rasgos más desconcertantes de nuestro tiempo. El norte sigue existiendo, pero las estrellas que nos orientan son diferentes… Estamos buscando entre las nubes la estrella Polar, y no nos hemos dado cuenta que estamos en otro hemisferio y deberíamos buscar la Cruz del Sur.
Lo veo en muchas empresas, cuando hablan de innovación como si consistiera únicamente en incorporar herramientas nuevas, sin revisar de verdad la cultura, la organización o el liderazgo. Lo veo en la educación, cuando seguimos formando a jóvenes para trayectorias lineales, cuando se van a mover en un contexto marcado por transiciones múltiples, reinvenciones profesionales y aprendizaje permanente. Lo veo en el debate público, que a menudo reduce transformaciones profundas a polémicas instantáneas, como si lo importante fuera el titular del día y no la imparable corriente de fondo que lo empuja.
No basta con modernizar el lenguaje si el marco mental sigue siendo antiguo. No basta con poner nombres nuevos a estructuras viejas. No basta con celebrar la innovación si en el fondo seguimos esperando que el porvenir se va a comportar como una versión ajustada del pasado.
Cada época tiene sus cegueras. La nuestra quizá consista en creer que comprendemos mejor de lo que realmente comprendemos. Disponemos de más datos que nunca, de más capacidad de anticipación, de más herramientas de análisis. Pero eso no siempre se traduce en una visión más clara. A veces ocurre lo contrario: la abundancia de información crea una ilusión de control que nos impide reconocer la verdadera magnitud del cambio. Como si tener un mapa muy detallado nos eximiera de admitir que el territorio ya se ha desplazado.
No me gusta el alarmismo y menos la fascinación apocalíptica. Todas las épocas de transición han tenido algo de incertidumbre y algo de promesa. También la nuestra. Junto a los riesgos evidentes, hay oportunidades extraordinarias para repensar el trabajo, la educación, la salud, la industria, la convivencia entre generaciones o el papel de la tecnología en la vida humana. Pero aprovechar esas oportunidades exige una condición previa: aceptar que algunas de nuestras categorías favoritas han envejecido.
Eso vale para los gobiernos, para las empresas y también para cada uno de nosotros. Porque, en el fondo, la cuestión no es solo qué mundo viene, sino con qué ideas, con qué hábitos y, sobre todo, con qué valores nos acercamos a él.
San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales proponía una regla exigente y sobria: conservar las cosas solo “tanto cuanto” ayudan al fin último que perseguimos. Si tenéis la paciencia de seguir leyendo esta columna, trataré de iros ayudando a pensar en el fin que deberíamos perseguir, y a dibujar nuevos mapas que nos ayuden a llegar a ese puerto.
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