La duda forma parte del viaje, pero es necesaria y es la que nos lleva a la convicción.
Artículo publicado en Expansion (21/05/2026)

Hablaba esta semana con una amiga y en nuestra conversación se coló el síndrome del impostor, esa grieta silenciosa que a veces marca incluso las trayectorias más sólidas. Ella es una profesional brillante, con un recorrido impactante, de esas personas cuya historia parece escrita desde la seguridad y el éxito, pero a veces se hace una pregunta inquietante: “¿Seré capaz?”.
El problema no suele ser preguntárselo. La duda puede ser prudencia, inteligencia y humildad; dudar es parte del juego, del camino. Pero quedarse enredado en la duda es otra cosa, especialmente cuando se convierte en una forma de derrota anticipada. Cuando el reto no se mira desde la posibilidad, sino desde el miedo.
Por eso, pienso en las personas que hacen las cosas con convicción, mirando al frente, con noches de insomnio y días de lucha, pero con esa fuerza extraña, casi invisible, que hace que alguien diga: adelante. Y me viene a la mente ese “no te rindas, por favor no cedas”, que escribía Mario Benedetti en uno de sus poemas más célebres. Y es que la convicción no tiene tanto que ver con la ausencia de miedo como con la firme decisión de no entregarle a ese miedo ni el timón ni nuestro destino.
Hay personas que sienten vértigo y, aun así, avanzan; que dudan, pero permanecen; que siguen defendiendo una idea aun cuando la corriente les arrastre. Por ejemplo, en una de las más de seiscientas cincuenta cartas que Vincent van Gogh escribió a su querido hermano Theo decía: “No se puede retroceder y, cuando se ha empezado a considerar las cosas con una mirada libre y confiada, no se puede volver atrás ni claudicar”. Fechada en el 3 de abril de 1878, el artista afirmaba ahí que lo que convirtió en una forma de vida. Se exigió y se comprometió a dar un nuevo sentido artístico, mientras el mundo le ignoraba; vivió el golpe constante de la incomprensión, se perdió a sí mismo y fue peregrinando de rechazo en rechazo, de desengaño en desengaño, mientras se preguntaba: “¿Para qué pues podría yo ser útil, para qué podría servir?”. “Quiero pintar lo que siento y sentir lo que pinto”.
La convicción tiene algo de quijotesco, de disputa interior frente a molinos imaginarios, de trayecto recorrido muchas veces en solitario. Tiene algo de esa incómoda mezcla entre lucidez y obstinación que hace que algunos parezcan locos antes de que el tiempo termine dándoles la razón. Quizás por eso al pensar en Don Quijote intuimos que su locura no era en realidad delirio, sino fidelidad. Fidelidad a una visión del mundo más justa, más noble, humana y libre. Decía Don Quijote: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”. Y hay una relación profunda entre libertad y convicción porque sólo quien piensa libremente puede sostener una idea incluso cuando no resulta cómoda, rentable o aceptada.
Vivimos rodeados de ruido, de opiniones instantáneas, de tendencias que duran el tiempo que un algoritmo decide mantenerlas. En medio de esa velocidad frenética, la convicción parece un acto de resistencia. Todo invita a cambiar rápidamente de postura; a adaptarse, a no incomodar demasiado, a evitar el conflicto a costa de lo que sea. Robert Louis Stevenson escribió “saber lo que prefieres, en lugar de decir sumisamente amén a lo que el mundo te dice que debieras preferir, significa que has mantenido tu alma con vida”. Mantener el alma con vida… Quizá de eso trata exactamente la convicción.
La verdadera convicción no suele ser estridente, suele ser serena. No necesita aplausos porque nace de una coherencia íntima, de una serenidad firme que no necesita demostrar nada. Es esa voz interior que, aún rodeada de incertidumbre, insiste en decir: adelante.
Releo a Benedetti: “No te rindas, aún estás a tiempo de alcanzar y comenzar de nuevo, aceptar tus sombras, enterrar tus miedos, liberar el lastre, retomar el vuelo”
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