La inteligencia artificial, la digitalización y las profundas transformaciones económicas y sociales de nuestro tiempo obligan a formular una pregunta que, en realidad, es mucho más antigua que cualquier tecnología: ¿qué lugar ocupa la persona en la sociedad que estamos construyendo?

Esta es, a mi juicio, una de las cuestiones centrales que atraviesa Magnifica Humanitas, la primera encíclica de León XIV. Su interés no reside únicamente en las reflexiones que dedica a la inteligencia artificial o a la revolución digital. Su verdadero alcance está en ofrecer un marco desde el que pensar los cambios tecnológicos, económicos y sociales sin perder de vista aquello que debe permanecer en el centro: la dignidad de la persona y el bien común.

La Doctrina Social de la Iglesia constituye, en este sentido, el punto de partida. No se presenta como un conjunto cerrado de respuestas, sino como un patrimonio de principios, criterios para la toma de decisiones y orientaciones para la acción, capaz de dialogar con la historia, la cultura y la ciencia.

La persona como criterio de la transformación tecnológica

Uno de los principales aciertos de Magnifica Humanitas consiste en no plantear la revolución tecnológica como un fenómeno meramente técnico.

La digitalización, la inteligencia artificial y la robótica están transformando nuestra manera de trabajar, de relacionarnos, de informarnos y de tomar decisiones. Pero la cuestión decisiva no es solamente qué puede hacer la tecnología, sino para qué la utilizamos y al servicio de quién la ponemos.

El desarrollo tecnológico puede generar progreso, participación y nuevas oportunidades. Pero también puede producir desigualdad, exclusión y nuevas formas de control. De ahí que la innovación no pueda considerarse neutral en sus consecuencias sociales. El propio documento plantea expresamente si las nuevas tecnologías contribuyen a que las personas y los pueblos crezcan en humanidad y fraternidad y respeten tanto nuestra «casa común» como a las generaciones futuras.

Esta cuestión adquiere una especial relevancia cuando trasladamos el análisis al mundo del trabajo.

Inteligencia artificial y trabajo: la tecnología debe estar al servicio de la persona

La inteligencia artificial está modificando ya numerosos procesos productivos y organizativos. Puede automatizar tareas, facilitar la toma de decisiones y mejorar determinados procesos. Pero también puede alterar profundamente las relaciones laborales y generar nuevas formas de dependencia.

Por eso, el debate no debería reducirse a cuántos puestos de trabajo desaparecerán o cuántos nuevos empleos surgirán. La pregunta fundamental debería ser otra: ¿qué modelo de trabajo queremos construir en la era de la inteligencia artificial?

El trabajo no puede reducirse a una variable económica ni la persona trabajadora a un recurso susceptible de ser optimizado mediante algoritmos.

La transformación digital exige, por tanto, preservar la dignidad del trabajo, garantizar la participación y evitar que la utilización de sistemas tecnológicos termine debilitando los derechos de las personas trabajadoras.

Desde esta perspectiva, adquieren especial importancia cuestiones como la transparencia de los algoritmos, la posibilidad de recurrir las decisiones automatizadas, la supervisión humana y la responsabilidad respecto de las decisiones adoptadas mediante sistemas de inteligencia artificial.

El documento subraya precisamente la necesidad de auditorías independientes, algoritmos transparentes, acceso equitativo a los datos y mecanismos de recurso frente a las decisiones adoptadas en el ámbito tecnológico.

No estamos, por tanto, únicamente ante un problema tecnológico. Estamos ante un problema jurídico, social y ético.

Justicia social en la sociedad digital

La revolución digital tampoco elimina las viejas cuestiones de justicia social. En algunos casos, incluso las transforma o las intensifica.

La desigualdad puede manifestarse hoy en el acceso a las tecnologías, en la capacidad para utilizar los datos, en la posibilidad de beneficiarse de la inteligencia artificial o en la exposición a sistemas de vigilancia y decisiones algorítmicas.

El documento recuerda que la justicia social exige que todos puedan vivir dignamente y que, de manera especial, sean protegidas las personas más vulnerables. En la sociedad digital, esta exigencia se proyecta sobre nuevos ámbitos: acceso a las tecnologías, protección frente a la vigilancia invasiva, lucha contra los sesgos algorítmicos y control público sobre el uso de los datos.

Esta perspectiva resulta especialmente relevante para el Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social.

La digitalización no puede convertirse en una vía para trasladar los riesgos de la transformación económica a quienes se encuentran en una posición más débil. Si la inteligencia artificial incrementa la productividad, sus beneficios deben contribuir también a mejorar las condiciones de vida y de trabajo.

En otras palabras, la innovación tecnológica debe ir acompañada de justicia social.

Libertad frente a las nuevas formas de dependencia

Otro de los aspectos particularmente sugerentes de Magnifica Humanitas es su reflexión sobre la libertad.

Las plataformas digitales y los sistemas algorítmicos pueden generar nuevas formas de dependencia. La acumulación masiva de datos permite conocer y predecir comportamientos, establecer perfiles y condicionar decisiones.

Cuando estos sistemas se utilizan para seleccionar trabajadores, conceder crédito o determinar determinadas oportunidades, existe el riesgo de que la persona quede sometida a decisiones que no comprende y que difícilmente puede impugnar.

El documento advierte precisamente sobre ese riesgo de control social y sobre la posibilidad de que los datos terminen utilizándose para condicionar las opciones de las personas o excluir a las más vulnerables.

Por ello, la protección de la libertad exige algo más que reconocer formalmente determinados derechos. Exige garantizar que las personas puedan comprender, cuestionar y, cuando proceda, impugnar las decisiones que afectan a sus vidas.

De la lógica del poder a la lógica del diálogo

La encíclica extiende esta reflexión al ámbito político y a las relaciones internacionales.

El documento denuncia el avance de las lógicas de poder frente a la cooperación, el desarme, la prevención de conflictos y la confianza mutua. Y frente a ellas propone recuperar el multilateralismo y el diálogo.

La propuesta resulta especialmente relevante en un contexto marcado por la polarización, la desinformación y las nuevas formas de enfrentamiento digital.

También aquí existe una conexión con el mundo del trabajo. Las transformaciones económicas y tecnológicas no pueden abordarse exclusivamente desde relaciones de poder. Necesitan espacios de diálogo, negociación y participación.

El diálogo social sigue siendo, en este sentido, una herramienta esencial para gestionar el cambio.

Cinco caminos para construir una sociedad más humana

En la parte final de la encíclica León XIV propone cinco vías para actuar en la vida cotidiana y en el espacio público:

  1. Desarmar las palabras, evitando discursos que alimenten el odio y la confrontación.
  2. Construir una paz basada en la justicia, porque la ausencia de conflicto no equivale necesariamente a una paz justa.
  3. Hacer nuestra la mirada de las víctimas, evitando la indiferencia ante quienes sufren.
  4. Cultivar un realismo honesto, capaz de reconocer los límites y las relaciones de poder sin caer en el cinismo.
  5. Impulsar el diálogo y el multilateralismo como alternativas a la lógica de la confrontación.

Son propuestas que trascienden el ámbito estrictamente religioso y que pueden ser objeto de reflexión desde las ciencias sociales y jurídicas.

Una cuestión particularmente relevante para el Derecho Social

Desde la perspectiva del Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social, Magnifica Humanitas permite formular una pregunta de enorme actualidad:

¿cómo garantizar que la transformación tecnológica sea también una transformación socialmente justa?

La respuesta no puede encontrarse exclusivamente en la tecnología. Requiere instituciones, normas, derechos y mecanismos efectivos de participación y control.

La inteligencia artificial puede contribuir a mejorar nuestras sociedades, pero no puede sustituir la responsabilidad humana. Los algoritmos pueden procesar enormes cantidades de información, pero no pueden decidir por sí mismos qué sociedad queremos construir.

Por eso, ante la inteligencia artificial, quizá debamos recuperar una idea aparentemente sencilla: la tecnología debe estar al servicio de la persona, y no la persona al servicio de la tecnología.

Esto implica proteger el trabajo digno, combatir nuevas formas de explotación y dependencia, garantizar la igualdad de oportunidades, preservar la privacidad, asegurar la transparencia de las decisiones automatizadas y fortalecer los mecanismos de participación y negociación.

Una última reflexión: el futuro no está escrito

Quizá una de las aportaciones más importantes del documento sea precisamente su llamada a no considerar el presente como un destino cerrado.

Frente a la tentación de pensar que las transformaciones tecnológicas son inevitables y que solo cabe adaptarse a ellas, se nos recuerda que las sociedades son también fruto de nuestras decisiones.

No todos tenemos la misma capacidad de influencia. Quienes gobiernan, invierten, investigan, dirigen organizaciones, educan, informan o producen disponen de capacidades diferentes. Pero ello no significa que nadie pueda sustraerse a la responsabilidad. Cada persona tiene un ámbito propio de actuación.

De ahí que la cuestión decisiva no sea únicamente qué futuro nos traerá la inteligencia artificial, sino qué futuro queremos construir con ella.

La respuesta dependerá, en buena medida, de si somos capaces de situar nuevamente a la persona, su dignidad, su libertad y su trabajo en el centro de nuestras decisiones.

En definitiva, Magnifica Humanitas puede leerse como una invitación a afrontar la transformación tecnológica desde una perspectiva profundamente humana: innovar sí, pero sin deshumanizar; transformar sí, pero sin excluir; progresar sí, pero sin dejar atrás a las personas más vulnerables.

Y esa tarea, más que tecnológica, es social, jurídica y política.

Ciertamente, en un momento en el que podríamos estar a las puertas de un colapso social, la encíclica de León XIV nos aporta esperanza, porque adapta los principios de la Doctrina Social de la Iglesia a la realidad actual y nos ofrece herramientas para el discernimiento. Pongámonos, pues, en marcha, porque en la cotidianeidad hay mucho por mejorar, por luchar, a quién ayudar y a quién proteger. Si tomamos el amor como única verdad y creemos en la magnífica humanidad, tendremos la mitad del camino recorrido.