El futuro no suele responder a lo que exigen las certezas, sino más bien a los que se atreven a dejar una puerta entreabierta
Artículo publicado en Empresa XXI (15/04/2026)

Siguiendo el hilo misterioso que me entregaron en Viena, llegué a Oxford una tarde de lluvia fina. El cielo tenía el color del plomo antiguo, a tono con los patios de piedra de los colleges que guardaban sus secretos desde hacía siglos.
Encontré a Clive Staples Lewis apoyado en una columna del Magdalen College, mirando distraído la lluvia caer sobre el jardín. Me saludó brevemente y me condujo por un corredor de piedra hasta una pequeña sala donde una chimenea luchaba contra el frío.
Allí, inclinado sobre una mesa llena de papeles, estaba John Ronald Reuel Tolkien. Dibujaba algo con una concentración casi infantil: una montaña, un árbol, una grafía extraña. Lewis me presentó y, sin más preámbulos, Tolkien levantó la vista.
«Hermes», dijo con voz profunda, «vienes buscando la manera de trazar el mapa del mañana. Pero el futuro no suele responder a lo que exigen las certezas, sino más bien a los que se atreven a dejar una puerta entreabierta. Lo que Lewis y yo hacemos aquí no es predecir, sino tender hilos».
Me acerqué a la mesa. No había gráficas de tendencias, ni análisis de mercado. Solo fragmentos de historias, bocetos de mundos que aún no existían.
«La gente cree que para avanzar necesita un plan maestro, un diseño final», continuó Tolkien. «Pero eso es una trampa de la mente moderna. El futuro se construye lanzando pequeños hilos hacia lo desconocido. Lo suficiente para que, si al otro lado hay algo vivo, empiece a tirar. Para que el futuro lo alimente si tiene sentido».
Guardé silencio. Aquello encajaba con algo que intuía desde hacía tiempo: que muchas veces el miedo no estaba en el gran fracaso, sino en no saber convivir con lo provisional.
Tolkien volvió a señalar su dibujo. «Mira esto. La Tierra Media nació en garabatos en cuadernos. Nombres, mapas, fragmentos, runas que inventaba. Eran hilos. Los lancé. Algunos se rompieron y otros no llevaban a ninguna parte. Pero otros cobraron de repente fuerza, sentido. Y me bastó seguir tirando de esos hilos».
Lewis se inclinó hacia mí: «Me pasó lo mismo con Narnia. El futuro tiene la costumbre de no usar la puerta principal, prefiere a veces colarse por una rendija».
La chimenea crepitó. Afuera, la lluvia había cesado. Entendí entonces la séptima herramienta: no esperar a tener el mapa perfecto, sino empezar a tender hilos y dejar que el futuro alimente algunos de ellos.
Tolkien me tendió entonces en una pequeña tira de papel la pista para seguir mi viaje. Una línea subía hacia unas montañas lejanas, de nieves eternas y picos afilados. Allí me esperaban un monasterio suspendido en la roca, y un rostro con un tercer ojo abierto en su frente.
Mientras salía a la calle, pensaba en que los hilos más importantes no son los que lanzamos con más fuerza, sino los que el destino decide no soltar.
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