Pensamos que mirar al futuro consiste en reunir datos, tendencias y escenarios, pero no es suficiente.
Artículo publicado en Expansión (01/06/2026)

Hermes dejó de hablar. Durante unos segundos nadie dijo nada. La ventana seguía abierta, y una brisa suave entraba en la estancia, mezclando el aroma de las olas rotas con los restos de romero, limón tostado y vino.
Irene fue la primera en romper el silencio. «Has contado nueve viajes. Y en todos ellos has aprendido algo necesario. Pero tengo la impresión de que todavía no has explicado por qué todo eso importa». Hermes levantó la vista. «Importa porque necesito regresar». «No exactamente», respondió ella, sin dureza. «Eso explica por qué viajas tú. No por qué deberíamos ayudarte nosotros».
La joven invitada, que hasta entonces había apenas hablado, sostuvo la copa entre las manos. La luz de las velas dibujaba en su rostro una mezcla extraña de juventud y memoria. «Quizá las herramientas sirven para mirar el futuro. Pero mirar no basta».
Sherlock apoyó lentamente los dedos sobre la mesa. «Repasemos. Has aprendido que la historia rima, aunque no se repita. Que las paradojas anuncian el agotamiento de un paradigma. Que el futuro no llega siempre a la misma velocidad. Que se observa a través de un cristal empañado. Que no conviene quedarse con una sola historia. Que los actores importan tanto como las tendencias. Que hay que lanzar hilos antes de saber si resistirán. Que mirar el futuro exige hábito. Y que siempre pasan trenes por la estación». Hizo una pausa, satisfecho con la precisión de su resumen. «Una colección notable. Pero Irene tiene razón. Falta algo».
Hermes sonrió con cansancio. «He viajado en el tiempo y en el espacio, en la realidad y en la ficción. He visitado oráculos, imperios, jardines, congresos, monasterios y trenes. He aprendido a desconfiar de las certezas y a convivir con la niebla. He reunido nueve herramientas valiosas para descifrar el futuro…»
Irene se inclinó un poco hacia él. «Quizá la pregunta correcta no es qué puede ocurrir. Ni siquiera qué debemos evitar. Quizá la pregunta correcta es qué futuro merece ser deseado».
Hermes bajó la mirada. Durante un instante pareció más antiguo que todos los libros de aquella habitación. «En mi tiempo habíamos perdido precisamente eso. No la capacidad de calcular. Calculábamos sin descanso. No la capacidad de prever riesgos. Los enumerábamos hasta el agotamiento. No la capacidad de imaginar escenarios. Producíamos miles. Lo que habíamos perdido era una imagen compartida de aquello por lo que merecía la pena caminar».
Sherlock no apartaba los ojos de la joven. Había algo en ella que le resultaba familiar desde que Irene la había invitado a sentarse. No era solo un gesto, ni una forma de inclinar la cabeza, ni aquella manera de escuchar como si cada frase tuviera una segunda puerta escondida. Era otra cosa. Una anomalía íntima. Y Holmes sabía que las anomalías no debían ignorarse. «Curioso», dijo al fin. «Irene no suele improvisar una mesa para cuatro sin saber qué está buscando». Irene sonrió sin mirarle. «Tú tampoco sueles tardar tanto en formular una hipótesis».
La joven bajó la vista hacia su copa. Hermes comprendió entonces que había llegado a una conversación que había empezado mucho antes de su naufragio. Quizá él no era el centro de aquella cena. Quizá solo había sido el accidente necesario para que los demás puedan hacerse una pregunta que llevaban tiempo evitando.
A veces pensamos que mirar al futuro consiste en reunir datos, tendencias, informes sectoriales y escenarios. Todo eso es necesario, pero no suficiente. El futuro no se entiende desde una sola silla.
Hace falta alguien que analice con rigor, como Holmes. Alguien que cuide los vínculos y detecte lo que no aparece en los informes, como Irene. Alguien que traiga señales incómodas desde fuera, como Hermes. Y alguien que represente a quienes vivirán las consecuencias de las decisiones, como aquella joven que miró a Hermes y le pidió «Por favor Hermes, necesito conocer tu décimo viaje, necesito cerrar esta primera caja».
Hermes tomó el mapa entre sus manos. El papel era áspero, casi frágil. La palabra Baskul parecía escrita con tinta de otro tiempo.
Irene sirvió un poco más de vino, estaba segura que aquella noche aún no había dicho todo lo que tenía que decir.
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