Artículo publicado en El Correo (16/06/2026)

«You see, but you do not observe». Sherlock Holmes
Durante la investigación de uno de sus casos (Silver Blaze, 1892), Sherlock Holmes pregunta a Watson si ha observado algo extraño durante la noche. Watson responde que no. Entonces Holmes le señala la pista decisiva: el perro no había ladrado. Lo extraordinario no era lo que había sucedido. Lo extraordinario era lo que no había sucedido. Y solo la atención aguda y entrenada del legendario detective fue capaz de entender la importancia de aquel silencio.
Quizá esa sea una de las habilidades más escasas de nuestro tiempo: la capacidad de observar aquello que pasa desapercibido para los demás. Vivimos rodeados de información, que consumimos a gran velocidad. Nunca habíamos tenido tantos datos, tantos indicadores, tantos informes y tantos expertos explicándonos lo que está ocurriendo. Sin embargo, la abundancia de información no siempre genera comprensión. A veces produce justamente lo contrario: ruido.
Todos leemos las mismas noticias. Todos observamos las mismas tecnologías. Todos comentamos los mismos acontecimientos. Pero las grandes transformaciones rara vez comienzan en los titulares. Empiezan más bien en los márgenes, como pequeñas anomalías, como señales débiles. Como perros que dejan de ladrar.
Tal vez por eso me llama la atención una de las principales conclusiones del último informe 2026 de Gallup sobre el estado del trabajo, una encuesta que escucha de forma sistemática la experiencia de millones de trabajadores en todo el mundo. El compromiso de las personas con su trabajo continúa disminuyendo y ha alcanzado su nivel más bajo desde 2020: solo un 20% de las personas se declaran comprometidas con su trabajo. Cuatro de cinco van a trabajar sin compromiso…
El aumento del absentismo o el estancamiento de la productividad son síntomas de una enfermedad más grave, una dolencia que puede llegar a ser mortal para cualquier proyecto: la ausencia de compromiso de quienes deben sacarlo adelante. El informe estima que el coste de esta falta de compromiso asciende a 10 billones de dólares por la pérdida de productividad que arrastra.
Ese es el tipo de paradojas que deberían llamar nuestra atención. Si con los avances tecnológicos las personas nos estamos liberando de tareas repetitivas, tediosas o alienantes ¿por qué sin embargo nos cuesta comprometernos más con nuestro trabajo? ¿Qué es lo que está fallando? ¿Qué es lo que estamos viendo, pero somos incapaces de observar? Y no me vale eso de que los jóvenes de ahora no se comprometen. Porque no llegan a ser uno de cada cinco…
Os dejo tres hipótesis, para que pensemos entre todos:
La primera, tomada prestada de un sabio, Antón Costas. Durante más de dos siglos hemos hablado de una economía basada en dos grandes objetivos: generar valor para los accionistas y generar valor para los clientes. Quizá el verdadero desafío de este siglo consista en añadir una tercera dimensión: generar también valor para quienes dedican una parte tan importante de su vida a trabajar. Porque las personas no buscamos únicamente un salario. Buscamos también respeto, desarrollo, relaciones significativas y la sensación de que lo que hacemos tiene algún sentido.
La segunda, aprendida de otro sabio, Pedro Luis Uriarte. Las organizaciones hablan de inteligencia artificial, de automatización, de datos, de productividad y de nuevos modelos de negocio. Pero el compromiso no nace de un algoritmo. Nace de algo mucho más antiguo y más frágil: la sensación de formar parte de un proyecto que merece la pena, de ser visto, de poder aportar, de aprender, de confiar en quienes te rodean y de sentir que tu trabajo tiene alguna conexión con una vida que deseas vivir. No es nostalgia. Es antropología básica.
La tercera (esta la voy aprendiendo en las aulas, con mis sabios estudiantes). Estamos pidiendo compromiso a personas que sienten que el mundo cambia más deprisa que su capacidad para reconocerse en él. Las profesiones cambian. Las competencias caducan. Los equipos se reorganizan, dejando personas atrás. Los modelos híbridos alteran la manera de relacionarnos. La inteligencia artificial introduce nuevas posibilidades, pero también nuevas incertidumbres. Y en medio de todo ello, muchas personas tratan de entender cuál será su lugar en el trabajo de mañana. Y no basta con decirles que deben adaptarse. Hay que construir condiciones para que puedan hacerlo sin perder dignidad, confianza ni sentido.
En plena revolución tecnológica, la respuesta no puede ser construir un mundo al servicio de la tecnología. Tampoco un mundo al servicio exclusivo de la eficiencia, de la velocidad o de la productividad. La respuesta, por antigua que suene, debe ser construir un mundo a la medida del ser humano (Magnifica Humanitas, otro día comentaremos…). Un trabajo donde la tecnología amplíe nuestras capacidades, pero no reduzca nuestra humanidad. Donde la productividad no se mida solo por lo que hacemos, sino también por lo que somos capaces de aprender, cuidar, crear y compartir. Donde las organizaciones entiendan que el compromiso no se exige: se cultiva.
Quizá estas hipótesis te parezcan ingenuas, o hasta improbables. Pero Sherlock Holmes nos dejó también otra advertencia memorable: «cuando hayas eliminado lo imposible, lo que quede, por improbable que parezca, debe ser la verdad». Y tal vez esa sea la verdad que estamos viendo, pero todavía no terminamos de observar: que nuestro futuro no dependerá solo de máquinas más inteligentes, sino de organizaciones más humanas, donde el espíritu pueda volver a brillar.
Deja una respuesta