Artículo publicado en El Correo (14-07-2026)

En la entrega anterior visitamos a la Reina de Corazones, esa figura arbitraria que gobierna a golpe de amenaza y parece convencida de que todo problema puede resolverse cortando alguna cabeza. Hoy nos acercamos a otra reina del universo de Alicia, distinta pero igualmente inquietante: la Reina Roja. Si la primera representa la cultura del miedo, la segunda encarna una enfermedad quizá más propia de nuestro tiempo: la cultura de la prisa.
En A través del espejo, Alicia se encuentra con la Reina Roja en un mundo donde las reglas parecen invertidas. Allí no basta con caminar para avanzar. Ni siquiera basta con correr. En una de las escenas más célebres, Alicia y la Reina corren juntas con todas sus fuerzas, pero cuando se detienen descubren que siguen exactamente en el mismo lugar. La Reina lo explica con naturalidad: en ese país hay que correr todo lo que se pueda para permanecer donde se está; si se quiere llegar a otro sitio, hay que correr al menos el doble.
La imagen es casi demasiado perfecta para nuestro tiempo. Muchas empresas, gobiernos y sociedades viven instalados en esa carrera. Nuevos planes, nuevas herramientas, nuevas plataformas, nuevas reorganizaciones, nuevas prioridades, nuevas urgencias. Todo se mueve. Todo se revisa. Todo se acelera. Pero a veces, al detenernos un instante, aparece una pregunta incómoda: ¿hemos avanzado realmente o solo hemos aprendido a correr mejor?
La Reina Roja no gobierna desde el grito arbitrario de la Reina de Corazones. Su poder es más frío, más sofisticado, más difícil de discutir. No amenaza con cortar cabezas; impone un ritmo. Su mandato no dice «obedéceme o te castigaré», sino algo quizá más agotador: «corre, adáptate, actualízate, transforma, responde, produce, no te quedes atrás». El miedo no desaparece, pero cambia de forma. Ya no es solo miedo al castigo. Es miedo a llegar tarde, a quedar fuera, a no estar suficientemente preparado, a no dominar la última herramienta, a no entender la siguiente ola.
Esa lógica ha entrado con fuerza en las organizaciones. La transformación digital, la inteligencia artificial, la sostenibilidad, la reconfiguración geopolítica, los cambios demográficos y las nuevas expectativas del talento obligan, sin duda, a moverse. Sería ingenuo defender la quietud. El problema no es la velocidad en sí misma. El problema aparece cuando la velocidad deja de estar al servicio de una dirección y se convierte en una forma de vida.
Entonces las agendas se llenan, las reuniones se encadenan, los proyectos se multiplican y las personas empiezan a sentir que trabajan dentro de una cinta de correr. Mucha actividad, poca distancia recorrida. Mucha coordinación, pocas decisiones. Mucha transformación aparente, poca transformación real. La organización corre, pero no siempre aprende. Se mueve, pero no siempre cambia. Se actualiza, pero no siempre se pregunta hacia dónde quiere ir.
También en la geoestrategia reconocemos algo de esa Reina Roja. Estados que reaccionan a cada movimiento del adversario, bloques que compiten en tecnología, defensa, energía o influencia global, sociedades que sienten que deben acelerar para no perder posición en un tablero cada vez más inestable. Hay razones para esa urgencia. El mundo se ha vuelto más duro, más competitivo y menos previsible. Pero cuando la política internacional entra en una dinámica de carrera permanente, el riesgo es que cada actor acabe atrapado por el movimiento del otro. Se corre para no quedar atrás, aunque nadie esté del todo seguro de cuál es la meta.
La cultura de la prisa tiene un coste silencioso: reduce la capacidad de pensar. Y sin pensamiento, la velocidad se vuelve peligrosa. Las personas ocupadas parecen productivas. Las instituciones hiperactivas, todos los días en portada, parecen responsables. Las empresas llenas de iniciativas parecen innovadoras. Pero no siempre lo son. A veces solo están cansadas. Y el cansancio, cuando se cronifica, acaba erosionando el compromiso, la creatividad y el juicio.
Por eso es tan importante preguntarse cómo vence Alicia a la Reina Roja. No la vence corriendo más rápido. No la derrota aceptando sin más la lógica de la carrera. En A través del espejo, Alicia atraviesa un mundo organizado como una partida de ajedrez. Comienza como peón y avanza casilla a casilla hasta convertirse en reina. Su victoria no es solo física; es una forma de maduración. Alicia aprende las reglas del tablero, pero no queda atrapada definitivamente en ellas. Las comprende lo suficiente como para poder despertar.
Esa es quizá la clave. Para salir de la cultura de la prisa no basta con detenerse de manera ingenua, como si el mundo pudiera esperarnos. Tampoco sirve correr más por simple ansiedad. Hace falta algo más difícil: recuperar criterio sobre el movimiento. Distinguir qué urgencias son reales y cuáles son fabricadas. Qué cambios son profundos y cuáles son solo cosméticos. Qué carreras merecen ser corridas y cuáles solo nos mantienen exhaustos en el mismo lugar.
En las organizaciones, no perder la cabeza ante la Reina Roja significa volver a hacer preguntas aparentemente sencillas. ¿Para qué estamos corriendo? ¿Qué queremos preservar mientras cambiamos? ¿Qué decisiones estamos aplazando bajo la apariencia de mucha actividad? ¿Qué parte de nuestra transformación es verdadera y qué parte es solo liturgia? ¿Estamos avanzando o simplemente evitando la incomodidad de parar a pensar?
La prisa tiene prestigio porque parece compromiso. Pero no todo el que corre está comprometido, ni todo el que se detiene está resistiéndose al cambio. A veces parar un momento es la única forma seria de avanzar. Alicia lo intuye cuando empieza a comprender que aquel mundo invertido no era una ley natural, sino un juego con reglas absurdas. Y los juegos, cuando se entienden, también pueden abandonarse.
Quizá muchas personas, empresas, instituciones y sociedades necesitamos hoy esa inteligencia de Alicia: moverse sin someterse al movimiento, adaptarse sin convertirse en rehén de cada urgencia, transformarse sin olvidar por qué merecía la pena hacerlo. Porque la pregunta decisiva no es si somos capaces de correr más rápido. La pregunta es si, después de tanto correr, seguimos sabiendo hacia dónde queremos ir, o hemos perdido un poco la cabeza…
Si puedes parar estas próximas semanas estivales, piensa en ello antes de volver a correr…
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