Artículo publicado en Expansión (15/09/2026)

Estamos atravesando transformaciones tecnológicas, demográficas y sociales de una profundidad extraordinaria ante los que sería poco realista esperar que acertásemos a la primera en todas nuestras respuestas. Porque equivocarnos mientras exploramos un territorio nuevo no debería inquietarnos demasiado. Lo verdaderamente preocupante sería disponer de instrumentos que nos advierten de una desviación y decidir no mirarlos. Desde esa perspectiva deberíamos leer los últimos resultados de PISA.
Cuando la expedición de Magallanes y Elcano partió en 1519 en busca de una ruta occidental hacia las islas de las Especias, nadie disponía de una carta que describiera por completo el viaje que tenían por delante. De hecho, aquella expedición acabaría realizando algo que ni siquiera constituía su objetivo inicial: la primera circunnavegación del planeta. Para llegar a puerto fue necesario explorar, aprender, afrontar acontecimientos imprevistos y cambiar muchas veces los planes.
Quizá haya algo que aprender de aquella navegación en el tiempo que nos ha tocado vivir. Estamos atravesando transformaciones tecnológicas, demográficas y sociales de una profundidad extraordinaria. Están cambiando nuestra forma de trabajar, comunicarnos, informarnos y relacionarnos; también nuestra manera de aprender. Ante cambios de esta magnitud, sería poco realista esperar que acertásemos a la primera en todas nuestras respuestas. Tendremos que probar, evaluar, aprender y, cuando sea necesario, corregir el rumbo.
Desde esa perspectiva deberíamos leer los últimos resultados de PISA. No como un ranking en el que unos ganan y otros pierden. Tampoco como una evaluación definitiva de nuestro sistema educativo. PISA es un instrumento, con sus virtudes y sus limitaciones, pero las señales que proporciona merecen ser escuchadas. El deterioro que refleja en buena parte de los países desarrollados es preocupante, y los resultados de Euskadi, especialmente en comprensión lectora, nos indican que probablemente hay aspectos importantes en los que no estamos acertando.
Hay una antigua expresión marinera que resulta especialmente apropiada. En navegación, la ‘derrota’ no significa fracaso: es la trayectoria que sigue el barco. El oficial de derrota ayudaba a determinar la posición, trazar el rumbo y comprobar durante la travesía las correcciones necesarias. Después de PISA, quizá necesitemos precisamente eso: menos interés por determinar quién ha sido derrotado y más esfuerzo por comprender cuál está siendo nuestra derrota y, más importante todavía, cómo podemos corregir el rumbo.
La tarea es, además, particularmente difícil porque no estamos seguros de que todas las competencias que nos han permitido navegar hasta aquí sean exactamente las que necesitaremos en el futuro. Algunas probablemente sean permanentes. Comprender lo que leemos, razonar, expresarnos con claridad, mantener la atención, colaborar con otros o perseverar ante la dificultad parecen capacidades esenciales en cualquier época. Resultaría paradójico que, precisamente cuando las máquinas son capaces de procesar cada vez más información, nosotros perdiéramos algunas de las capacidades necesarias para comprenderla, cuestionarla y utilizarla.
Hace sesenta años llega la televisión, hace cuarenta internet, hace veinte las redes sociales, ahora la inteligencia artificial. Las competencias que nos permiten leer o entender libros no son suficientes ahora (aunque sigan siendo muy necesarias), porque han surgido nuevos canales.
Cada generación necesita incorporar nuevas competencias. Nuestros jóvenes tendrán que aprender a trabajar con herramientas que hoy apenas comenzamos a imaginar, discernir entre cantidades ingentes de información (y desinformación…) y adaptarse repetidamente a entornos profesionales y sociales diferentes. Prepararlos para ese mundo exige transformar también la educación.
El reto, por tanto, no consiste en elegir entre conservar o cambiar. Consiste en acertar en qué debemos mantener y qué debemos cambiar. Tan peligroso puede ser abandonar demasiado pronto una brújula que sigue siendo válida como empeñarse en navegar con una carta que ya no describe adecuadamente la costa que tenemos delante.
Hay motivos para afrontar este desafío con confianza. Euskadi cuenta con buenos profesionales educativos, instituciones sólidas, familias comprometidas y una sociedad que históricamente ha concedido un enorme valor a la formación. Además, la reacción ante los resultados de PISA ha comenzado ya a poner el foco en cuestiones como la comprensión lectora, la evaluación de las medidas adoptadas o el uso educativo de los recursos digitales. Lo importante ahora será aprender de la evidencia, identificar qué está funcionando y qué no, y actuar con firmeza y a largo plazo en consecuencia.
Porque equivocarnos mientras exploramos un territorio nuevo no debería inquietarnos demasiado. Lo verdaderamente preocupante sería disponer de instrumentos que nos advierten de una desviación y decidir no mirarlos. O precipitarnos en el cálculo del nuevo rumbo que debemos seguir. O enzarzarnos en una discusión sobre quién es el culpable de la desviación de la nave, mientras el viento y las corrientes nos siguen arrastrando. Además, acabaremos por descubrir (me parece) que las culpas están bastante repartidas…
Necesitamos capitanas y capitanes que, con destreza y con decisión, recuperen el rumbo. Elcano no conocía toda la ruta cuando comenzó el viaje. Pero sabía que para llegar a destino había que observar, aprender y corregir constantemente la derrota. Cinco siglos después, quizá esa siga siendo una buena lección de navegación.
Deja una respuesta