Artículo publicado en El Correo (23/09/2026)

Echo mucho de menos a Charles Handy (falleció en diciembre de 2024). Fue uno de esos autores que consiguieron algo bastante difícil: escribir sobre las organizaciones sin que pareciera que estaba escribiendo sobre organizaciones.
Irlandés, profesor de la London Business School, observador atento de los cambios en el trabajo y en la sociedad, fue uno de los pensadores de gestión más influyentes de las últimas décadas. En 2011 recibió el prestigioso premio a toda una trayectoria concedido por Thinkers50.
Entre sus muchos libros hay uno por el que siento especial debilidad: Gods of Management, publicado originalmente en 1979. Handy recurrió a cuatro divinidades griegas para explicar algo tan difícil de ver y, sin embargo, tan decisivo como la cultura de una organización.
Zeus representaba la cultura del poder. Un pequeño grupo, normalmente alrededor de una persona central, toma las decisiones y extiende su influencia sobre el resto de la organización. Apolo simbolizaba la cultura de los roles: procedimientos, funciones, jerarquías, reglas; la organización entendida como una máquina que debe funcionar de manera previsible. Atenea encarnaba la cultura de la tarea: equipos que se forman para resolver problemas, combinando conocimiento y talento allí donde son necesarios. Y Dioniso, finalmente, representaba la cultura en la que la organización existe, en buena medida, al servicio de sus profesionales: el territorio de expertos, creadores y personas difícilmente sustituibles.
La genialidad de Handy no estaba en decirnos cuál de las cuatro era la buena. Estaba precisamente en advertirnos de que ninguna cultura sirve para todo. Hay momentos que necesitan a Zeus, actividades en las que Apolo resulta imprescindible, problemas que reclaman a Atenea y organizaciones que difícilmente pueden prosperar si no dejan espacio a Dioniso.
Han pasado casi cincuenta años desde la publicación de aquel libro y nuestras organizaciones han cambiado enormemente. La tecnología, la inteligencia artificial, el conocimiento, las nuevas generaciones y una transformación social cada vez más acelerada están modificando de nuevo nuestra manera de trabajar, decidir, colaborar y crear. Por eso he pensado que quizá sea un buen momento para volver al Olimpo.
Durante los próximos artículos voy a permitirme tomar prestado el juego de Charles Handy. Como no quiero copiarle del todo, en esta ocasión nos fijaremos en algunas ‘Goddesses of Management’ que nos ayudarán a mirar de otra manera las organizaciones que estamos construyendo.
Serán las diosas del management, y cada quince días os iré presentando una de ellas, y las lecciones que nos dejan a las personas y nuestras organizaciones… Y para comenzar semejante aventura parece prudente pedir ayuda. Así que: ¡oh, Musas, echadme una mano!
Durante siglos, poetas, músicos, científicos y artistas las invocaron cuando necesitaban inspiración. En la tradición griega acabaron siendo nueve, cada una vinculada a distintas formas del conocimiento y la creación. Tal vez nunca hayamos necesitado tanto su ayuda en nuestras organizaciones. Porque, si algo exige este tiempo de transformaciones profundas, es precisamente creatividad: capacidad para imaginar posibilidades que todavía no existen, cuestionar respuestas que hasta ayer parecían indiscutibles y atreverse a construir algo diferente.
La mitología nos reserva aquí un pequeño regalo. Hesíodo cuenta en su Teogonía que las nueve Musas eran hijas de Zeus y de Mnemosine, la diosa de la memoria. No deja de ser una genealogía extraordinaria.
Zeus representa el poder, la capacidad de actuar y transformar la realidad. Y es que crear requiere altos niveles de energía, no se crea en los ratos libres. Mnemosine representa la memoria: lo aprendido, lo vivido, aquello que hemos sido. Y de la unión de ambos nacen precisamente las Musas, las diosas de la creación.
Si nos permitimos trasladar por un instante el mito al mundo de nuestras organizaciones, la imagen resulta sugerente. Quizá innovar ahora no consista en romper con todo lo anterior. Tal vez la creatividad necesite justamente esas dos cosas: memoria para saber de dónde venimos y capacidad para actuar sobre lo que viene. Se me ocurre como posible campo de experimentación la Educación, pero esa es otra conversación, a la que quizá dediquemos otra serie.
En tiempos obsesionados con lo nuevo, conviene recordarlo. Hasta para inventar el futuro hacen falta recuerdos.
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