El motor y el freno del cambio no son nunca las ideas o los argumentos, sino las emociones de las personas
Artículo publicado en Empresa XXI (15/09/2026)

Hermes prosiguió el relato de sus viajes: «Llegué a Londres una tarde de lluvia. Encontré a William Shakespeare en un teatro casi vacío, siguiendo el ensayo de un joven que parecía discutir con alguien invisible. Sobre el escenario apenas había nada. Sin embargo, aquel muchacho estaba llenando de fantasmas toda la sala.
‘Ser o no ser…’, comenzó. Shakespeare levantó una mano y lo interrumpió. ‘No estás resolviendo un acertijo. Estás intentando encontrar valor para seguir viviendo.’
El actor guardó silencio. Después volvió a empezar, y las mismas palabras sonaron de una manera completamente distinta. Esperé hasta que terminó el ensayo. Shakespeare me recibió sin demasiada ceremonia.
‘Dante me envía’, expliqué. ‘Estoy aprendiendo a cambiar el futuro.’
‘Entonces has llegado a un lugar apropiado. Aquí ensayamos cada tarde lo que ocurre cuando alguien intenta hacerlo. Hamlet tiene razones para actuar’, respondió. ‘Pero también tiene dudas, dolor, miedo y una tarea que no ha elegido. Desea hacer justicia y teme equivocarse. No le faltan argumentos. Lo que le ocurre es bastante más difícil de resolver’. Shakespeare miró el escenario vacío. ‘Si bastara con explicarnos lo que debemos hacer, las tragedias serían mucho más cortas.'»
Sherlock sonrió. «También las reuniones de muchas organizaciones.»
«Eso mismo pensé», continuó Hermes. «Le conté que, en nuestro tiempo, quienes quieren impulsar cambios preparan informes, reúnen datos y construyen argumentos. A menudo terminan desesperados porque los demás, aun comprendiendo sus razones, siguen haciendo exactamente lo mismo.
‘¿Y les preguntan qué temen perder?’, quiso saber Shakespeare. ‘¿O qué desearían encontrar al otro lado? Mira a ese muchacho’, añadió, señalando al actor, que se había sentado entre los bancos. ‘Hace un momento conocía todas las palabras. Pero solo cuando encontró una emoción verdadera pudo darles vida. A vosotros os sucede algo parecido. Confundís conocer el texto con estar preparados para representar la obra’.
Comprendí que había pasado demasiado tiempo buscando las palabras capaces de convencer y demasiado poco escuchando lo que sentían quienes debían dar el siguiente paso. Sus miedos, sus ilusiones…
En esto consistía la segunda herramienta del cambio: aceptar que su motor y su freno no son nunca las ideas o los argumentos, sino las emociones de las personas. Y, lo que es más difícil, aprender a gestionarlas».
Irene se inclinó ligeramente hacia la mesa. «Pero el miedo también puede paralizarnos. Hamlet no parece precisamente una invitación a dirigir mediante amenazas.»
«Shakespeare hizo esa misma advertencia», respondió Hermes. «El miedo puede sacarte de una habitación en llamas. Pero también puede impedirte abrir una puerta. No basta con despertar una emoción. Importa cuál, con qué intensidad y hacia dónde conduce.»
Después me habló de la ilusión. De la fuerza que aparece cuando alguien consigue imaginar una vida que merece el esfuerzo de abandonar la anterior. ‘No todo el mundo necesita un enemigo del que huir’, dijo. ‘A veces necesita un lugar al que desee llegar.’
Ariadna pasó un dedo por el borde de su copa. «Y creer que ese lugar también está hecho para ella. Es fácil entusiasmarse con un futuro en el que uno tiene sitio.»
Sherlock la observó unos segundos antes de responder. «Hablas como si hubieras tenido que hacerte esa pregunta.»
«¿No os la habéis hecho vosotros?»
Por primera vez aquella noche, Sherlock no encontró una réplica inmediata. Irene sonrió, pero dejó que Hermes continuara.
«Antes de despedirme, Shakespeare me acompañó hasta la salida. Los actores discutían sobre el reparto de la siguiente obra. ‘Fíjate’, me dijo. ‘Todos quieren que el teatro prospere. Pero eso no significa que reciban con alegría un cambio de papeles. Hoy has aprendido a mirar lo que sienten las personas. No olvides mirar también el lugar que ocupan. Una persona puede llegar a aceptar representar una nueva historia, pero sin duda le costará mucho más dejar de ser su protagonista’.
Me entregó una hoja doblada. Solo había escrito un nombre: Nicolás Maquiavelo. ‘Tendrás que regresar a Florencia. Busca al hombre que aprendió a observar el poder después de perderlo. Él te explicará por qué algunos aplauden una transformación en público y tratan de impedirla en privado.’
Sherlock levantó su copa. «Me temo que en ese teatro tampoco faltarán fantasmas.»
gdorronsoro@zabala.es
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