La docencia en el ámbito de las relaciones internacionales, como en otros muchos grados no técnicos, encierra un doble desafío.

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Por un lado, implica la tradicional tarea no por ello simple, de lograr que los estudiantes se conviertan en expertos sobre las regulaciones, sistemas, mecanismos, etc. que determinan el funcionamiento de los actores que participan en el sistema internacional.

Por otro lado, no tendríamos éxito en la preparación de futuros profesionales de las relaciones internacionales, si no les instruyéramos y entrenáramos en la realidad (por no decir en la cruda realidad) de manejarse en la compleja madeja que supone la política internacional. Desde un puesto diplomático de representación nacional, hasta la internacionalización de una “pyme”, pasando por el multilateral juego de Naciones Unidas o la difícil tarea del periodismo internacional, los expertos en relaciones internacionales deben de comprender que precisamente esas regulaciones y esos mecanismos no funcionan en un entorno global a menudo idealizado (sobre todo cuando tienes alrededor de veinte años).

Si bien todos los que hemos contribuido y contribuimos en un modo u otro al “juego” de las relaciones internacionales debemos siempre tratar de mantener un listón moral e incluso idealista sobre «cómo debería de ser», no se nos puede escapar tampoco el «cómo de hecho es».

La pregunta estrella que creo resume este desafío inevitable que describo es: ¿cómo enseñamos a nuestros estudiantes la realidad política sin desencantarlos? Usando una metáfora, ¿cómo hacemos que amen y protejan la selva con toda su maravillosa diversidad biológica, al tiempo que les enseñamos a superar los peligros de la malaria, los animales venenosos y el agotamiento físico que supone para un humano vivir en esa diversidad?

Desgraciadamente, ya os avanzo que no he descubierto la fórmula mágica. Hoy por hoy, no sabría decir qué hacer para que salgan preparados para defender lo que debería de ser, es decir que trabajen para un mundo más humanista y más humano, al tiempo que sepan moverse con astucia dentro de un mundo poco humanista y a menudo menos humano. Para compensar mi incapacidad creo que es interesante compartir la experiencia acumulada en la realización de módulos de simulación.

share-1411235_1280La simulación es un modo, a mi juicio, excelente y diferente de involucrar a los estudiantes en el modelo de aprendizaje. En nuestro caso, los estudiantes deben ponerse en el lugar de los embajadores de los 15 países miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, desde Argentina hasta Reino Unido, pasando por Irán o Israel (una membresía algo forzada por mí para añadir temperatura al debate).

Por si aprender los mecanismos y las normas (el cómo debería ser) fuera poco, los estudiantes deben de alcanzar el objetivo de acordar la cuasi-imposible reforma del propio Consejo. Se preparan los proyectos de resolución, la estrategia de la trama, negocian con partidarios y adversarios, resuelven conflictos, y navegan sin violar el reglamento ni las líneas rojas que ellos mismos se han autoimpuesto al comienzo de la actividad (el cómo es). Todo esto bajo el acicate de un profesor que también representa a un país y preside el Consejo (este año me he lo he puesto fácil, ¡soy Estados Unidos y tengo derecho a veto!.

Antes de comenzar sus funciones como embajadores, primeros secretarios o consejeros investigan el problema y averiguan, como parte también evaluada del ejercicio, a diferenciar su opinión personal y a moderar sus prejuicios, pues representan un interés colectivo de una nación, no el suyo propio. Creedme que defender a ultranza una posición común, determinadas tradiciones culturales y no caer en la tentación de votar a favor de lo correcto aunque viole el “interés nacional”, no es fácil.

He de decir que no creo que este sistema sea una panacea aplicable universalmente a cualquier materia (por usar un término político-pedagógicamente correcto), pero, no me cabe duda, tras tres años utilizando esta metodología con estudiantes afortunadamente muy vocacionales, que logramos que se involucren de forma intensa en el estudio y la discusión, que desarrollen habilidades útiles para toda su vida profesional como técnicas de investigación, escritura, oratoria, resolución de problemas, resolución de conflictos, y que vivan  el valor del compromiso y la cooperación.

Por un lado, el alumnado y profesorado participante aprenden/aprendemos  a combinar el idealismo propio de quien vive y ama las relaciones internacionales con el realismo. Por otro lado, el alumnado vive la experiencia con una gran motivación. ¿Es un gran esfuerzo? Sí, pero a mí me salen claramente las cuentas.  Utilizando el símil antes mencionado, es una forma de entrar en la selva, vivirla y salir más preparado para nuevos retos. 

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Iñigo Arbiol Oñate

"Profesor del Departamento de Relaciones Internacionales y Humanidades"

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