La relaci贸n entre las ciudades y los libros se hunde en la noche de los tiempos. Las ciudades, a trav茅s de los ojos y las manos de sus vecinos, necesitan leer para aprender y conocer, y escribir para recordar y comunicar.  Aquello que fue privilegio reservado a sus minor铆as aventajadas, con el paso de los siglos, se ha convertido en derecho y disfrute de una mayor铆a alfabetizada y empoderada.

Los expertos apuntan que las ciudades se van imponiendo como los lugares donde vivimos la gran mayor铆a. Afirman que aquellos espacios, que nacieron de cruce de caminos e intercambio de excedentes, van a servir de lugar de asentamiento y encuentro para casi tres cuartas partes de la Humanidad.

Las ciudades tendr谩n que ser escritas, le铆das y relatadas de nuevo. Tendr谩n que hacer de habitantes y visitantes, lectores, escritores y relatores empedernidos. Tal vez encuentren en la lectura sosegada, en la reflexi贸n de la escritura y en la articulaci贸n del relato, respuestas a tantas inquietudes actualmente planteadas.

Las ciudades se edifican,  imbrican,  extienden, comprimen,  dotan y entrelazan.  En ellas aprendemos, compramos, vendemos, trabajamos, sanamos, creamos, recreamos, practicamos, conversamos y rezamos. Hacemos ciudad en quietud y movimiento. En ella somos aut贸ctonos, vecinos, visitantes, turistas, inmigrantes y alegales; propietarios, inquilinos y sin hogar; infantes, adolescentes, j贸venes, adultos y mayores; mujeres, hombres y con otras identidades sexuales; personas con iguales derechos y diversas capacidades;  l铆deres reconocidos y marginados desconocidos; ricos, medios, pobres y excluidos.

Las ciudades son, despu茅s de todo, crisoles de diversidad, de di谩logos inconclusos,  ruidos y silencios, de conflictos inacabados, consensos transitorios y acuerdos caducos, de sue帽os y anhelos perennes.

Las ciudades est谩n ah铆, para ser vistas y no vistas, o铆das y escuchadas, olfateadas y reconocidas, degustadas y tocadas.  Las ciudades son un lujo para los sentidos. Son libros escritos para ser le铆dos. Son p谩ginas en blanco a煤n por escribir. Encierran bibliotecas enteras con estantes infinitos, llenos de relatos vividos y compartidos.

A trav茅s de sus calles y rincones, descubrimos monograf铆as hist贸ricas, complejos ensayos, biograf铆as personales, novelas costumbristas, relatos 茅picos colectivos, versos de amor, cuentos con sue帽os incumplidos, poemas de paz y violencia, teatros plenos de alegr铆as y tristezas.

En esos lugares, que llamamos ciudades, habitan los libros: en las cabezas de j贸venes y ni帽os, en las plumas y teclados de escritores, en las mesas de editores, en los talleres de impresores, en las baldas de bibliotecas, en los consejos de libreros, en los estantes de las casas, en los bancos del olvido y en los contenedores de papel.

Nacen, crecen y mueren las ciudades de los libros, ciudades en las que se lee y ciudades que leen. Ciudades en las que agonizan los libros y sus hojas no impregnan razones ni corazones. Y ciudades en las que se da rienda suelta al goce y disfrute de lecturas por parte de ni帽os y mayores, de hombres y mujeres, de emigrantes e inmigrantes, de activistas y enmohecidos.

Las ciudades de la lectura son lugares donde letras y palabras, historias que cuentan, emociones que suscitan, reacciones que provocan, se perciben en sus plazas, calles y casas. Sus p谩ginas se llenan de vivencias y experiencias, opiniones y sentimientos, peque帽as y grandes historias, pasados lejanos y recientes, presentes incompletos y futuros inesperados.     Las personas que las habitan se mueven por la raz贸n y la pasi贸n, alimentados por  poes铆a, novela, teatro y ensayo. Su ciudadan铆a no discute los metros cuadrados concedidos a la lectura, porque entienden su ciudad como un libro abierto. Todo recurso les parece insuficiente cuando de fomentar la imaginaci贸n, creatividad o talento se trata. Las instituciones dise帽an sus calles y avenidas,  parques y plazas, como rincones para  lenguas y letras, para conversaciones y confidencias. Las industrias de lo intangible se integran en pol铆gonos industriales, parques tecnol贸gicos e incubadoras. Y su influjo, es tal, que hasta las industrias del acero computan horas de lectura y escritura entre las tareas de sus directivos y trabajadores. Las asociaciones son espacios para la cr铆tica social y el goce est茅tico, de la mano de autores cl谩sicos y contempor谩neos, de ligeros micro-relatos y sesudos ensayos. Los ciudadanos pasean pesados libros en papel y livianos libros electr贸nicos como signo de distinci贸n y prestigio social. Las personas m谩s vulnerables han hecho de los libros reivindicaci贸n de su propia dignidad y de la conquista de la equidad.

Indicadores como los metros cuadrados de espacio para la lectura,  lectores por metro cuadrado y n煤mero de p谩ginas le铆das al a帽o, son parte consustancial de un particular 铆ndice de desarrollo humano sostenible.

Las ciudades en las que se lee han transformado el mundo, porque han aprendido de los errores por otros compartidos y mejorado su realidad con buenas pr谩cticas por otros experimentadas. Las ciudades que leen rezuman dignidad y solidaridad.

Las ciudades en las que se escribe son ciudades que escriben. Las ciudades donde sus moradores llenan las p谩ginas en blanco de la historia de la Humanidad. Sus bibliotecas son bit谩coras de lo vivido, pensado, sentido, aprendido y hecho por quienes las transitaron. Si aprendemos a leerlas aprenderemos a entender lo que fueron y lo que son. Y de hecho aprenderemos a ser con ellas, de alg煤n modo, mejores.

Las ciudades en las que se relata se generan experiencias de inter茅s para las y los ciudadanos, vecinos y visitantes. En ellas crecen las industrias de lo intangible, capaces de poner en valor aspectos de nuestra existencia m谩s all谩 de la materialidad de los l铆mites del producto. Revolucionan las ciudades hasta situar el valor de la experiencia muy por encima de sus contenedores materiales. Dan paso a las ciudades de la experiencia. La materialidad de bienes, productos y servicios son removidos por la fuerza de motivaciones y valores, motores de nuestra existencia. Las ciudades se convierten en el escenario privilegiado para la vivencia de experiencias. El magnetismo y la capacidad de atracci贸n de las ciudades se asocian, en gran medida, con la capacidad de sus habitantes en proponer al mundo un relato interesante, que conecte con las motivaciones y valores de los otros.

Pero, la mercantilizaci贸n de la experiencia conlleva un serio riesgo de deshumanizaci贸n, de manipulaci贸n del ser humano, de cosificaci贸n de los sentimientos, sin deontolog铆a ni 茅tica que nos proteja. Las ciudades pueden convertirse en parques tem谩ticos y paisajes artificiales, intercambiables, alejados de la autenticidad de las personas que los habitan y de sus vivencias memorables y significativas.

Las ciudades nos hacen c贸mplices cuando desarrollamos una experiencia positiva de la vida en ellas. Y cuando las personas que nos visitan tienen vivencias gratificantes, fruto del encuentro con la autenticidad de las personas y los paisajes por ellas construidos. A la vez que van  dejando entre nosotros su propio relato de lo vivido. Las ciudades son relatos de nuestra experiencia personal y colectiva. Son libros que escribimos a diario. Son lecturas a las que debi茅ramos dedicar nuestra atenci贸n. Las ciudades en las que se relata, las ciudades que relatan, son proveedoras de experiencias aut茅nticas, memorables y significativas.

Las ciudades que leen, escriben y  relatan,  en el fondo, se gobiernan de manera distinta. Se  gobiernan desde libros, lecturas y relatos, generadores de experiencias humanas. Se gobiernan desde creatividad, aprendizaje, talento e innovaci贸n promovidos por la cultura. El gobierno de la ciudad se convierte en deseo de escribir textos, leer libros y generar relatos que compartan experiencias propias y ajenas que ayuden a desarrollarnos y entendernos como seres humanos que somos.

[Publicado en DEIA, 10-5-18]