Si miramos el devenir de nuestras relaciones sociales podemos constatar un proceso de fragilización de las mismas. Hemos visto cómo las relaciones familiares, de pareja, de trabajo, de solidaridad se han vuelto frágiles frente a un incremento de la cultura de lo individual y del descarte.
Hoy Jesús nos invita a que permanezcamos en Él. Es un modo de recordar el modo en que están nuestras relaciones y ver hasta qué punto están fortalecidas o debilitadas. La crisis en que vivimos es un espejo estupendo en el que retratarnos como personas y como sociedad, y ahí la realidad, una vez más, nos ha examinado.
El sentido de la permanencia no es otro que el del amor. No se trata de permanecer por permanecer, sino se trata del eterno viaje de salir del propio querer e interés para encontrarnos con el Otro. Es en el Otro donde encontramos el sentido de nuestra vida, nuestra vocación, por ello, ahora es una buena ocasión para profundizar en nuestro permanecer, en nuestro ser y estar con otros en la vida.
Hay muchas veces que vamos pasando páginas de nuestra vida y no nos damos cuenta de lo que nos da verdadera alegría. Suelen ser momentos en que sentimos algo especial que va más allá de nosotros, como algo que nos trasciende y que nos conecta a la gente con la que estamos y a la realidad que nos rodea.
Suele ser fácil descubrirnos en búsqueda de momentos de alegría para cada uno, pero la propuesta y pregunta de Jesús es por las veces que buscamos la alegría del prójimo. En qué medida somos capaces de alegrarnos por el otro y en qué medida somos capaces de facilitar la alegría a los demás.
Jesús dice a los discípulos que si lo amaran se alegrarían de que fuera al Padre. Parece que la condición de la alegría por el otro es el amor. ¿Somos capaces de alegrarnos por los demás?
Muchas veces nos montamos unos líos tremendos en cuanto a doctrina y religión, y nos vemos enredados en sus filacterias tanto personal como comunitariamente. Esto de Jesús va de amar, va de amor. Seguir a Jesús no es seguir las instrucciones de un entrenador personal, ni la dieta del médico, sino que seguir a Jesús consiste en amar a Jesús y su causa porque él nos amó primero.
Y amar es una de las cosas más sencillas y complicadas de la vida. Intuitivamente en seguida descubrimos que mucho de nuestra vida es gracias al amor que otros nos han tenido, y también en seguida descubrimos que aquellas personas que amamos son parte del sentido de nuestra vida. El problema está en ¿cómo amar?, el reto consiste en amar adecuadamente.
El confinamiento nos ha impuesto una distancia sobre la prisa de nuestra vida y sobre nuestras relaciones que nos han podido ayudar a repensar nuestros amores en la vida y a descubrir dónde está realmente nuestro corazón. Ha sido un tiempo para seguir aprendiendo a amar, y en eso Jesús es el gran maestro. Dejémonos enseñar por él, para que más le amemos y sigamos.
Muchos convendrán en que vivimos en tiempos agitados, no sólo por los acontecimientos, sino por el modo en que los vivimos. En esta cultura de la prisa, de la polarización, de la info-toxicación y del miedo se nos impulsa a vivir en situaciones un tanto neuróticas y prolongadas.
Jesús nos invita a que no perdamos la calma, pero no es una invitación a tomar analgésicos para la vida, sino que es un invitación a vivir de otra manera. Esta pandemia nos está descubriendo algunas cosas que debieran obligarnos a replantearnos nuestros modos de vivir de una manera nueva.
Esa novedad, en perspectiva creyente, la encontramos de nuevo en Jesús que se nos presenta como camino, verdad y vida. Nos recuerda la importancia de un sentido que encamine nuestros pasos en la vida, nos recuerda la importancia de la verdad en tiempos de la pos-verdad y ante tanta muerte nos recuerda la importancia de la vida. Así dicho parece fácil, pero cuánto nos cuesta.
Uno de los grandes retos de toda vida es crecer en conocimiento. A través de distintos mecanismos de conocimiento compartido, el ser humano ha evolucionado en la tierra hasta llegar al momento en el que estamos. De hecho, hoy, tenemos más recursos que nunca para interactuar con la naturaleza, a pesar de sustos como el virus que asola nuestros días.
Pero el conocimiento, no solo se reduce a las cosas, sino que se aplica al modo de encarar la vida en su profundidad. Conocer a Jesús, no se limita a sus datos biográficos, ni los contenidos de su doctrina, sino conectar con el Espíritu de Jesús de una manera en que hoy podamos vivir su seguimiento.
Ignacio de Loyola habla de conocimiento interno para referirse a eso. Hoy, en cierta globalización de la superficialidad, el peligro es el de conocer sin conocer. La invitación es aproximarnos a la realidad de la vida de una manera más profunda, para que nos hagamos cargo de esa realidad al modo en que Jesús lo ha hecho con la humanidad.
He notado el paralelismo por primera vez esta mañana. Según los otros evangelios, Jesús pide a sus discípulos que vayan a prepararle un sitio (para celebrar la Pascua), mientras que según este evangelio él es quien se adelanta, él es quien va a hablar con el Padre, él quien prepara la estancia. Lo dicho: es notable.
También es notable el estupor de los discípulos. “¿Qué ya sabemos el camino? –preguntan- ¡Pero, si ni siquiera sabemos adónde vas!” Era más sencillo antes. Seguir a Jesús en Galilea, a través de Samaría o subiendo a Jerusalén era más fácil. Pero ¿cómo seguirle ahora, en esta su condición resucitada y espiritual?
La pregunta de Tomás no tiene por qué ser interpretada como desorientación exactamente. Los discípulos también pudieron sentir que flaqueaban en la esperanza. Pudieron haber caído en la pérdida del sentido. Simplemente, quizá ya no representasen (lo que llamaríamos) un sujeto colectivo: luego de la resurrección, salían casi más “adóndes” ir, que barbas a pelar entre todos. El evangelista nota el temblor de sus corazones: no temáis.
El domingo se proclamaba aquel lugar donde Jesús dice: “yo soy la puerta”; hoy, le vemos decir: “yo soy el camino, la verdad y la vida”. No se puede negar, Juan reconoce para Jesús el lugar de lo liminal, el umbral, la frontera: Hasta él y a partir de él. Juan propone a Jesús, además, como la nueva dimensión.
El camino, la verdad y la vida son a nuestro ser físico, psicológico y espiritual como el horizonte. Camino, verdad y vida, sin embargo, también funcionan como escenario para el drama de la vida. Lo cierto es que no sabemos y eso impone. Como imponen los espacios inmensos que se revelan camino adelante al desmontar el puerto; como impone el abismo abierto a nuestros pies; como impone la inmensidad del desierto y los océanos. Como impone el fuego graneado con los datos que la pandemia inflige a la población, el medio ambiente, la economía, el desempleo, la producción.No sabemos y no vamos a saber. Debemos aprender a vivir con la oscuridad de la incertidumbre. Eso sí, podemos aspirar a verificar que, respecto del camino que traíamos hasta aquí, este es compañero; que respecto a la verdad que se nos resiste, este es respuesta o promesa de alcanzarla al menos; que respecto a la vida que deseábamos, este es consuelo, suave brisa, dulce huésped. Jesús hoy nos dice: Yo soy… discernimiento constante y criterio.
Aunque estamos en tiempos de pandemia y eso de recibir gente está desaconsejado, hay una actitud que habla mucho de las personas y de las culturas, que es la hospitalidad. Ya en la tradición benedictina se acuñó eso de hospes venit christus venit, y que se conecta con toda la tradición semita de la hospitalidad.
Personalmente experimente el gozo y la importancia de la hospitalidad en México, donde personas de toda condición te hacen sentirte en casa en su propia casa, generando una corriente de humanidad muy rica.
Hoy, con la pandemia hemos convertido la frase Hobbes, homo homini lupus, en homo homini virus, donde la sospecha del virus, el miedo y el distanciamiento social están estirando y alejando el modo de relaciones humanas. Volver al espíritu de hospitalidad es volver al centro de nuestro corazón para que se ensanche, para que se llene de confianza en el otro, ya sea próximo o lejano, porque creemos que con esa persona viene Cristo.
La luz es uno de los símbolos que mejor representa la Pascua, tanto es así que en la propia vigilia hay un espacio muy importante dedicado a la luz. La luz representa vida, conocimiento, inspiración, posibilidad, espacio, camino y un largo etcétera.
En estos tiempos oscuros necesitamos de una luz que nos ilumine estos caminos no transitados. Necesitamos luz para aprender a relacionarnos de nuevo con la distancia social, necesitamos luz para ser solidarios en un nuevo tiempo con tantas personas que se quedan atrás, necesitamos luz para repensarnos como personas y como sociedad.
¿Quién nos ilumina? Ya llevamos tiempo, y sería interesante ver a quién hemos acudido para informarnos, qué personas instituciones se han convertido en referencia para nosotros, qué influencer es al que más he seguido,… El texto de hoy nos propone a Jesús como luz, ¿dejo que sea luz en vida?
Es la preguntan que le hacen a Jesús, para que se explique quién es; pero podría ser la pregunta que millones de personas se están haciendo en relación a todo este proceso del COVD19. Nos gustaría saber hasta cuándo durará ésto y nos gustaría poder empezar a planificar aspectos de nuestra vida colectiva que nos parecen importantes.
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Jesús genera incertidumbre en torno a su identidad. Desde los mismo discípulos (y vosotros ¿quién decís que soy yo? hasta sus rivales como en el caso de hoy. Conocer a Jesús en el sentido profundo es el propósito de los evangelios, y para llegar a conocerlo debemos de seguir un proceso que lleva tiempo.
Conocer nuestros signos de los tiempos también requiere un proceso, que ciertamente no es el que nos hubiera gustado, pero es el que es. Y como tal proceso, está lleno de duda y de incertidumbres que nos hace apostar por un camino y a veces nos toca perder. Con Jesús hemos aprendido a vivir esto desde la esperanza, con solidaridad y poniendo lo mejor de cada uno. No sabemos hasta cuándo, pero podemos saber hasta cuánto nos podemos ofrecer a ayudar.
Este tiempo de pandemia, entre otras cosas nos ha agudizado algo que ya pasaba antes, y no es otra cosa que la crisis de la credibilidad. En un contexto de infotoxicación (exceso de información que intoxica) surge la necesidad de preguntarnos por quién nos fiamos para seguirle.
Tomás, al dudar del resucitado y hasta verlo y tocarlo no se fió. En la vida somos mucho de Tomás, y nos surge un espontáneo escepticismo ante algunas cosas. Por otro lado también nos surge el miedo a los lobos y bandidos que están fuera de nuestra zona de confort, y hacen que nuestra burbuja sea cada vez más confortable y a la vez más pequeña,al no querer salir de ella.
Pero los que conocen la voz de Jesús que habla de Reino de Dios, que habla de bienaventuranzas, que habla de libertad, han podido entender que es una voz fiable, que tiene palabras que nos llevan a una vida más auténtica y plena. El asunto, por tanto es quitarnos el miedo, y discernir entre las muchas voces, aquellas que nos llevan a una vida más auténtica, en medio de tanto ruido.