20 de febrero. Viernes después de Ceniza.
Vivimos en una cultura de gratificación inmediata donde casi todo está al alcance de un clic y la espera se percibe como pérdida de tiempo. Nos cuesta renunciar, posponer o aceptar el vacío sin llenarlo enseguida con ruido, pantallas o consumo. Sin embargo, intuimos que tanta conexión constante puede dejarnos interiormente dispersos.
En el Evangelio, Jesús responde a quienes le preguntan por el ayuno recordando que no todo tiempo es igual. Hay momentos de fiesta y presencia que se celebran, y otros de ausencia que invitan a la sobriedad y a la espera. El ayuno no es una práctica automática, sino un gesto con sentido que nace de la relación y del momento que se atraviesa.
También nosotros podemos redescubrir ayunos que nos liberen de dependencias silenciosas como el teléfono constante, las redes que nos comparan o la necesidad de opinar sobre todo. Podemos elegir espacios de silencio, de atención plena y de encuentro real que ensanchen el corazón. Feliz viernes.
