En estos tiempos hemos visto, más que en otras ocasiones, situaciones de fragilidad. La pandemia ha dejado a la vista nuestras fallas como sociedad que cuida a los suyos. Hemos visto cómo los más fuertes prevalecen sobre los frágiles e incluso una acentuación de la cultura del descarte.
Cuando Jesús nos invita a que pidamos, en algún modo hay una invitación implícita a reconocer nuestra fragilidad personal. Sabemos que solos no podemos, que necesitamos de los otros, que necesitamos del Otro.
Orar es también un modo de pedir. Reconocer que nosotros no lo podemos todo, reconocer que nuestra humanidad necesita de ayuda para la salud, para la vida, para el amor, para el perdón. Orar es profundizar en la realidad, para hacernos cargo de ella, para cuidar de la vida propia y ajena. Orar es reconocer el camino para que nuestra alegría sea plena.
¿A quién no le restringirías el acceso? En estos días de desescalada y progresivo desconfinamiento, los templos deben restringir su aforo ordinario al tercio o a la mitad. ¿A quién no dejarías fuera? Cada cual concibe cómo hacer; quizá anunciando por teléfono el deseo de asistir, quizá distribuyendo entre la semana a quienes decidan acudir, o sugiriendo que nos presentemos con antelación para negociar los espacios disponibles para la asamblea. Sea cual sea el modo, siento que quienes no deberían quedar fuera son aquellos más necesitados, a quienes urge sentirse escuchados por Dios estos días: los tristes y apurados, los afligidos y angustiados, los que ahora experimentan congoja y tribulación.
El evangelio proclama: “También vosotros ahora sentís tristeza”. La tristeza por no haberse despedido de las personas queridas, la ansiedad por haber perdido el trabajo, o por haber tenido que cerrar el negocio en esta pandemia; la inseguridad o la incertidumbre porque no alcanzamos a imaginar de dónde vendrá la ayuda tan necesaria.
Con lucidez, suavemente, el evangelio y las oraciones de hoy reorientan nuestras expectativas. No se olvidan de aquella pérdida, esa ansiedad o esta incertidumbre. Prometen, sin embargo, una alegría posible: “se alegrará vuestro corazón”. Quieren consolarnos abriendo un horizonte, aunque este carezca de contornos bien definidos.
“También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón”. Porque de hecho sentimientos encontrados nos confunden, el evangelio contrapone la alegría a la tristeza. Como a mujer a punto de dar a luz –dice- como a madre en boda del hijo, podríamos añadir nosotros.
Ayer fue Jueves de la Ascensión, hoy es viernes… “No se ha ido para desentenderse de nuestra pobreza” el sacerdote reza en esta misa. Hoy vivimos en la transición entre dos modos de la presencia de Dios con nosotros. Transcurrimos por una espera entre el recuerdo de Jesús y la llegada de su Espíritu. Ayer fue Jueves de la Ascensión, hoy es viernes… llegará el domingo y más tarde Pentecostés. Nos precede el primero para que vivamos con la esperanza de seguirlo en su Reino.
Son tiempos tristes en los que la pandemia ha dejado demasiadas víctimas e indirectas. Son tiempos en que los dos metros de distancia han supuesto una barrera en nuestras relaciones humanas. Son tiempos en que el dolor, la incertidumbre se han tenido afrontar en demasiada soledad.
Sin querer cada vez más decimos eso de «cuando acabe esto», y me recuerda a ese modo de vivir que muchos cristianos han tenido a la espera de un ansiado cielo. Ahora nuestro cielo se llama nueva normalidad, y nuestras esperanzas se conforman en volver a hacer lo que antes hacíamos.
Que la tristeza se convierta en alegría requiere conversión. La nueva normalidad necesita de que hagamos las cosas de una manera nueva, que nuestras sociedades se organicen de una manera mucho más humana y solidariamente. El nuevo cielo es el símbolo de que eso es una llamada que vivimos como generación. Entre tanto, vamos viviendo con alegría y tristeza, y ojalá que la alegría sea nuestra maestra en la vida.
En más de una ocasión nos hemos visto diciendo o con ganas de decir lo mismo que le dijeron a Pablo, te iremos en otra ocasión. Ya sea en sermones, discursos, conversaciones,… hemos preferido desconectar y dejar para otro momento eso de pensar en cosas de Dios.
En nuestra cultura eso de Dios no suena bien y se constata la tendencia a silenciarlo. Problematizar, dialogar, compartir eso de Dios, en primera instancia suena a hablar del sexo de los ángeles; pero pocas veces nos damos cuenta de que estamos hablando de nosotros mismos.
Cuando Pablo habla de Dios habla de su experiencia personal, habla de la sociedad, habla del papel de los pobres, habla de la desigualdad, habla de felicidad, habla de plenitud, habla de libertad, habla de convivencia. Acaso tal vez, cuando no queremos hablar o que nos hablen de Dios, ¿resulta que no queremos hablar de nosotros mismos y de nuestra realidad?
En la vida hay momentos en que conviene marcharse, como el momento de dejar la casa materna e ir a descubrir y realizar un proyecto nuevo de vida. Ahora en esta situación nueva, hemos tenido que dejar marchar usos y costumbres que no sabemos si volverán de nuevo y que nos producen tristeza.
En estos discursos del Evangelio de Juan Jesús anuncia una y otra vez que se va al Padre y que conviene que sea así. Los discípulos, lógicamente, no quieren que esto sea así, y Jesús trata de prepararlos para cuando se «marche».
Una de las imágenes con que se explica la Iglesia es la de peregrina. En la vida estamos siempre en esa tensión entre permanecer y estar de paso. Aprendemos a que la gente va y viene de nuestras vidas por distintos motivos, y nos cuesta decir adiós aunque no terminamos de agradecer el hola con el que se empezó. La vida es la gran escuela donde aprendemos a vivir en libertad, a que la gente que queremos venga y se vaya, aunque eso nos duela. A veces resulta conveniente.
La serie de dibujos animados South Park creó hace unos años la figura del Capitán A Posteriori, un reportero que se convertía en un superhéroe que lo único que hacía ante una situación de emergencia era reprochar, siempre a posteriori, todo lo que se había hecho mal. Me temo que este personaje en estos tiempos a tomado gran relevancia.
La diferencia con Jesús es notable. Jesús prepara a los discípulos antes de que ocurran las cosas y su objetivo es el de enseñarnos. Un ejemplo lo encontramos en el relato de Emaús, donde Jesús les recuerda a los discípulos el sentido de las Escrituras y haciendo memoria de ellas es cuando los discípulos cambian de destino.
En medio de profetas de calamidades, en medio de dinamiteros sociales; la propuesta cristiana apunta como Jesús a algo nuevo. El objetivo no es ganar ese prurito orgulloso de decir, veis cómo tenía razón. El objetivo es que tengamos vida y abundante a pesar de las dificultades que siempre asoman en nuestros caminos.
Estos días pandémicos y de incertidumbre tratamos de buscar verdades a las que aferrarnos y que nos den alguna seguridad, y lo hacemos en un contexto info-tóxico y lleno de sospechas por las conocidas noticias falsas. Queremos, necesitamos, de verdades que apacigüen nuestra ansiedad, pero no sé hasta qué punto buscamos verdades que sean verdad.
Jesús hoy nos promete el Paráclito, el Espíritu de la verdad y ya nos hace mirar a Pentecostés. El cambio en Pentecostés es un cambio del miedo a la confianza. Dejar atrás el esquema anterior y empezar uno nuevo llenos de una fuerza transformadora.
Hay verdades que matan, pero también las hay que dan vida. Nos toca discernir, nos toca elegir aquellas verdades que se convierten en fundamento de nuestra vida. El Espíritu de la verdad, en Jesús es un Espíritu que nos trae vida y abundante, un Espíritu que nos hace producir fruto abundante, un Espíritu de comunión. ¿Me lo creo?
Hay situaciones en la vida en que nos sentimos que no encajamos con el mundo. Parece que los astros y los malos espíritus se han alineado para hacernos sentir que nuestro mundo es distinto al que vivimos y experimentamos cada día.
Las palabras de Jesús pueden parecer especialmente duras y ciertamente van más allá de lo políticamente correcto. Pero Jesús nos habla desde los crucificados de este mundo, desde esas cruces a las que se han clavado miles de víctimas de este mundo, y que en su vida y en sus carnes han experimentado ese odio.
La propuesta de Jesús al odio, obviamente es la del amor, la de la reconciliación,la de la verdad, la de la solidaridad. Responder al odio con odio, sólo genera más dolor, sufrimiento y crucificados. Como siempre la propuesta de Jesús, un día más es la invitación a ver cómo nos situamos en el mundo y comprobar que ante un mundo que odia y que excluye, los cristianos respondemos con una civilización del amor y la cultura de la reconciliación.
Suele pasar en la vida religiosa, política, empresarial, asociativa, cultural, y así en otras que requieren la adhesión: que los principios espontáneos y carismáticos acaban por ser institucionalizados. Empezaron todos como amigos, acabaron los unos bajo los otros, los unos para que los otros, los unos a las puertas de los otros. Les había unido la “amistad” de un tiempo, la amistad común y propia de la vida: el barrio, la escuela, un viaje o cualquier otra opción secundaria. Al principio creían ser un grupo de amigos, iguales y compañeros. Pero, a medida que aquella “cuadrilla” fue haciendo opciones, especializándose y entrando en competición, a medida que decidían confiar a algunos tareas, funciones o servicios para todos, las cosas empezaron a cambiar. Decían que así fortalecerían, que así ayudarían a mantener la unión. En política los llamaron representantes y en otras áreas vocales delegados. En la Iglesia los llamaron ministros y luego los apellidaron “ordenados”. En realidad, muchos se acostumbraron a verse a sí mismos como especialistas deputados para absolver ciertas funciones reservadas (funcionarios), un oficio. Luego vino la dificultad para llamarle “amigo” al que otrora lo fue junto con la dificultad para llamarle “siervo”, empleado, número, pueblo, base o pringao (por más que sea así como uno lo piensa).
Así, a medida que el tiempo transcurría, diferencias asociadas con estas funciones afectaron a lo que hoy llamamos gestión, a la distribución de información y acceso a las noticias, a los procesos de consulta y a la toma de decisiones que afectaban a todos. Podrías prolongar estas reflexiones también a la gestión de los recursos en general y de lo económico, en particular, a las “oportunidades” asociadas y a los beneficiarios, o colaboradores, o los del partido, o el equipo de dirección o el comité ejecutivo, etc. Qué más da!
En cambio, el evangelio de Juan, narra otra experiencia. Juan que llena capítulos con discursos, ministerios y vida de Jesús, viniendo al final opta por dejarnos un gesto. Es un gesto para seguir “dándole vueltas”, porque, viniendo al final, es un gesto que comunica lo último: todo. No es un manifiesto de intenciones; es el punto de llegada y conclusión del modo de vida de Jesús. Tan descriptivo de lo que Juan vio en él como significativo para nuestra época: ya no os llamo siervos, sino amigos. Expresa la entrega de Jesús a la misión: inclinado ante sus discípulos, se puso a lavarles los pies. Ya no os llamo criaturas, sino hijos: expresa la entrega de Dios mismo al hombre, su salida de sí mismo como Padre hacia nosotros mediando toda su creación. El discurso que sigue de aquel gesto busca explicarlo. Es el texto que venimos leyendo durante este tiempo de Pascua. El fragmento que consideramos hoy lo resume: Como yo os he amado, que os améis.
La experiencia de amistad es una de las más importantes en nuestra vida. Tras la expereincia de amor en la familia, la siguiente etapa la hacemos con los amigos a través del juego y con quienes caminamos hacia la edad adulta. Con nuestros compañeros de diversión aprendemos y crecemos en aspectos que serán fundamentales para nuestra vida social.
Podemos ver cómo Jesús llama amigos a quienes les acompañaban y a quienes le reconocían como maestro (rabbuní). De esa experiencia de amistad y aprendizaje surge la Iglesia. Otro ejemplo lo encontramos con los primeros compañeros jesuitas que acuñaron el término, amigos en el Señor, y que tras su experiencia de amistad en París pusieron en marcha esto que conocemos como Compañía de Jesús.
Hoy, como cualquier otro día, puede ser una ocasión para agradecer la amistad. Esos lazos espontáneos que nos unen a otras personas de la misma generación y de otras. Ese espacio gratuito para la conversación, la diversión, el pensamiento y el afecto. Por eso hoy me adelanto al resto y os digo, mila esker lagunak!