1 de febrero. Domingo de la IV semana del tiempo ordinario.
Vivimos rodeados de promesas de felicidad inmediata, ligadas al éxito, al consumo y a la imagen. Se nos dice que ser felices es tener más, destacar y no depender de nadie. Sin embargo, muchas de estas propuestas dejan un poso de cansancio y una sensación de vacío que cuesta nombrar.
El texto evangélico dibuja una felicidad que va por otros caminos. Habla de quienes no lo tienen todo, de quienes sufren, cuidan, buscan justicia y trabajan por la paz. La felicidad aparece así unida a la mansedumbre, la misericordia y la fidelidad a lo que da sentido, incluso cuando cuesta.
Quizá hoy se nos invita a revisar qué entendemos por vivir bien y hacia dónde orientamos nuestros deseos. Podemos atrevernos a cambiar de lógica para entender que la vida puede ser distinta y mucho más feliz para todos. Feliz domingo.
