¿Cómo valora la sociedad vasca a los bosques?
Por Jon Mikel Zabala
Durante décadas, los bosques han ido cambiando de papel sin que nos diésemos cuenta. Primero fueron espacios de subsistencia, después recursos industriales, y cada vez más los tratamos como un bien cultural y ecológico. Y claro, esta nueva mirada trae una exigencia asociada. La sociedad ya no se conforma con “que el monte produzca” (madera), sino que reclama una gestión más sostenible, que mantenga la rentabilidad para los propietarios, pero que también cuide valores que antes no entraban en la ecuación (p.e., paisaje, biodiversidad, bienestar, identidad territorial).
Con ese punto de partida, desde la Universidad de Deusto hemos desarrollado un proyecto de investigación orientado a entender cómo piensan y qué necesitan las dos piezas clave de cualquier “ecosistema de mercado” ligado al bosque: lxs propietarixs forestales, que deciden si se gestiona o se abandona, y la sociedad como potencial consumidora de los productos y servicios que se derivan de los bosques.
La primera conversación fue con lxs propietarixs y empezó con un dato que explica más cosas de las que parece. La propiedad forestal está muy vinculada al territorio, pero también muy fragmentada. La mayoría tiene superficies pequeñas o medianas (entre 5 y 50 hectáreas) y, sobre todo, un número de parcelas que haría llorar a cualquier persona que haya intentado coordinar algo mínimamente complejo. Más de tres cuartas partes gestionan cinco parcelas o más y un 43,6% tiene más de diez parcelas. Gestionar un bosque así no es “tener un terreno”; es tener un puzzle.
A eso se suma otra realidad habitual en el medio rural. El perfil de la propiedad forestal está bastante concentrado en edades medias y avanzadas. Tres de cada cuatro propietarixs encuestados están entre los 40 y los 69 años, y casi un 18% supera los 70. No es una crítica; es nuestro contexto.
Lo interesante es que cuando les preguntamos “¿para qué quieres tu monte?”, la respuesta no fue unívoca. El 82,1% menciona la producción de madera como principal motivación para la obtención de una fuente de ingresos, pero al mismo tiempo, el 69,2% habla del monte como un patrimonio familiar y el 56,4% menciona explícitamente la conservación de la naturaleza y la biodiversidad como su principal motivación. Es decir: la visión del monte no es solo productiva; es también emocional, cultural y ambiental.
De hecho, cuando les pedimos que nombraran qué beneficios del bosque consideran importantes más allá de la madera, la lista se repite casi como un patrón. Lo que más aparece son la biodiversidad y el paisaje, seguidos muy cerca por la captura de carbono, la regulación del agua, el bienestar y el recreo. Incluso hubo quien respondió “todos”, como diciendo: “¿cómo voy a elegir uno si el bosque hace de todo?”.
Pero no todo es idealismo: también hay preocupación. Existe un consenso casi total en que la gestión activa es necesaria para tener el bosque en buenas condiciones y, a la vez, un nivel altísimo de inquietud por riesgos como plagas, enfermedades, incendios o temporales. El 94,87% declara una preocupación alta o muy alta por estos riesgos, y más del 90% muestra preocupación por el escaso conocimiento social sobre los beneficios del bosque y por el poco reconocimiento hacia quienes lo gestionan.
Cuando preguntamos a la ciudadanía acerca de qué servicios del bosque se consideran más importantes, lo que sube a lo más alto no es “madera” ni “paisaje bonito” (que también), sino los servicios de regulación y mantenimiento (i.e., agua, carbono, protección del suelo, biodiversidad y, especialmente, prevención de riesgos). De hecho, hay dos datos que parecen “grabaditos a fuego”: la regulación de incendios y riesgos naturales se valora como importantísima de forma prácticamente unánime (i.e., el 95,65% la puntúa alta o muy alta), y el papel del bosque como hábitat para biodiversidad funcional (polinizadores, control biológico, etc.) también sale disparado (i.e., más del 91% lo valora como una prioridad alta o muy alta). Traducido: la sociedad está diciendo “el bosque no es solo verde; es sobre todo proveedor de seguridad y de buen funcionamiento del territorio”.
Y luego está el consumo, donde aparece una oportunidad interesante para quien piense en innovación, mercado y relato: la gente quiere señales claras. Más del 80% muestra interés alto o muy alto por poder identificar bien si la madera es local, y casi ocho de cada diez declaran una disposición alta o muy alta a pagar un poco más por productos de madera locales y sostenibles.
Con todo esto en la mesa, llegamos a la parte delicada: la compensación a propietarixs por los servicios ecosistémicos que ofrecen sus bosques. No voy a entrar aquí en “mecanismos” ni en recetas, porque lo que me interesa en este post es abrir el debate acerca de cómo percibe la ciudadanía la justicia detrás de esa idea. Cuando preguntamos en qué casos se ve más justo compensar económicamente, la ciudadanía argumenta que esto debería producirse cuando la propiedad asume costes directos que benefician al conjunto. En línea con los resultados mencionados con anterioridad, el caso con más respaldo es la prevención de incendios (p.e., desbroces, pastoreo, cortafuegos). Muy cerca aparece compensar a quien mantiene bosques autóctonos, aunque pudiera sacarles más rentabilidad con otras combinaciones de especies. Y también se ve justo cuando hay restricciones por normativas ambientales (16%), cuando se garantiza accesibilidad pública (13,5%) o cuando se mejora la calidad del agua (13,1%).
Pero la aceptación social no es “paga y ya”. La sociedad exige garantías. La condición más mencionada para aceptar un sistema de compensación es que esté vinculado a resultados verificables (algo más del 43%). Después aparece la transparencia sobre el uso de fondos (alrededor del 25%) y luego ya vienen cosas como voluntariedad, gestión local y participación ciudadana, que también suman.
Este proyecto no iba solo de bosques, sino de cómo diseñar sistemas que funcionan de manera efectiva, eficiente y sostenida. Los bosques “esconden” un valor real y reconocido por la sociedad, pero también evidencian la existencia de unas tensiones claras en la base: gestionar es complejo, duro, arriesgado y muchas veces poco agradecido. Si algo hemos aprendido en iNNoVaNDiS es que cuando un sistema no alinea incentivos con resultados, tarde o temprano se rompe. El reto y la oportunidad están en alinear esa valoración social con una gestión viable, para que el bosque no dependa de heroicidades individuales, sino de un modelo que aguante el paso del tiempo.
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