18 de mayo. Lunes de la VII semana de Pascua
Hay momentos en que el ruido del mundo se vuelve tan ensordecedor que ya no sabemos distinguir lo verdadero de lo que simplemente suena bien. Vivimos saturados de palabras que prometen mucho y explican poco.
Los discípulos reconocen por fin que Jesús habla sin rodeos y con claridad. Él les anuncia que vendrán la dispersión y la soledad, pero que en medio de eso hay una presencia que sostiene. Su última palabra no es advertencia, sino la promesa de que, aunque parezca que el mundo puede con nosotros, hay algo más que el mundo.
Todos necesitamos, de vez en cuando, escuchar una voz que diga las cosas como son. Que no engañe ni endulce, sino que señale la tormenta y al mismo tiempo ofrezca un lugar firme donde estar. Feliz martes.
