Un lunes cualquiera con José Luis Larrea
Por Jon Mikel Zabala
Uno de mis momentos preferidos del año es cuando llega el lunes en el que nos visita José Luis Larrea en la sesión del taller de “Innovación, Ecosistemas e Identificación de Oportunidades” dentro del programa iNNoVaNDiS. Para mí, invitarle cada año tiene algo de tradición y algo de privilegio. Tradición, porque José Luis forma parte del programa, no en vano, él es uno de sus padres. Y privilegio, porque no es tan habitual encontrarse con alguien que haya pensado y vivido la innovación desde tantos lugares distintos.
José Luis tiene ese estilo de quien conversa desde la libertad, sin necesidad de maquillaje y con una mezcla muy particular de ironía y profundidad. Quizá por eso su paso por iNNoVaNDiS no se parece tanto a una conferencia como a una sacudida. Sales con más preguntas que respuestas, lo cual seguramente es una de las mejores cosas que puede pasarnos en la vida.
El pasado 2 de marzo José Luis volvió a compartir aula con lxs 22G, y la conversación arrancó diciendo que con los avances médicos actuales algunxs de ellxs llegarán a vivir hasta 2108. Es decir, van a tener la oportunidad de tener muchas vidas. Precisamente por eso, su reflexión nos llevó a pensar en el cambio, evidenciando que el mundo siempre ha cambiado, pero enfatizando que el momento actual tiene algo de peculiar, que no habíamos observado con esta misma intensidad: la velocidad a la que se produce ese cambio. Más velocidad implica más incertidumbre y una mayor incertidumbre trae consigo una mayor complejidad. Por eso es tan necesario hablar de innovación y entender de verdad lo que implica.
Para explicar la importancia de la velocidad y mostrar cómo cambian los sistemas cuando cambia el tiempo, recurrió al ejemplo del baloncesto. La introducción del reloj de posesión en la NBA, en la temporada 1954-1955, transformó profundamente la naturaleza del juego. Cambió la estrategia porque obligó a desarrollar más opciones de ataque, cambió el perfil de los jugadores, pasando de un juego más lento y pesado a otro más ágil, físico y atlético, y cambió también el dinamismo del propio deporte, elevando la anotación media. Algo parecido ocurrió cuando en 1940 se incorporó la posibilidad de pedir tiempos muertos. Puede parecer una curiosidad, pero en realidad era una forma brillante de mostrar cómo las reglas y el contexto transforman profundamente lo que hacemos y cómo lo hacemos. A partir de ahí, apareció también una reflexión muy valiosa sobre el tiempo colectivo. En los equipos, explicó, cada persona experimenta el tiempo de una manera distinta, pero el que importa de verdad es el tiempo del colectivo. No basta con tener a una persona brillante que corra muchísimo si el resto del equipo va a otra velocidad. Innovar también exige acompasar ritmos, entender al grupo y saber que la inteligencia colectiva no siempre se mueve al ritmo del más rápido.
Tras la metáfora del baloncesto, José Luis amplió el foco y nos recordó que una empresa es, en el fondo, un grupo de personas que comparten un propósito para generar valor para la sociedad. Y desde ahí conectó esa idea con los sistemas de innovación, entendidos como sistemas sociotécnicos en los que se entrelazan conocimiento, tecnología, valores, cooperación y liderazgo. En este sentido, nos advirtió contra una mirada excesivamente territorial, como si fueran los territorios los que compiten por sí mismos. Lo que quería decirnos es que no compite el mapa, sino que compite la sociedad que lo habita. La ecúmene, la comunidad humana que da sentido al territorio. Es una distinción importante porque desplaza la conversación hacia las personas que hacen posible (o imposible) la transformación. Y, en el fondo, esa es una de las razones de ser de iNNoVaNDiS.
Otra de las claves que compartió José Luis fue que innovar implica conflicto, porque toda innovación altera equilibrios. Por acción o por omisión, decía, siempre habrá alguien beneficiado o perjudicado a largo plazo. Y, si lo que haces no le mueve la silla a nadie, probablemente es porque, en realidad, no estás cambiando gran cosa. Demasiadas veces se presenta la innovación como una palabra asociada a la creatividad, a la divergencia y a la evolución, como si innovar fuera una actividad en la que todo el mundo gana (aunque no siempre lo fue así, como nos recuerda el libro de Elena Castro y de Ignacio Fernández de Lucio). José Luis lo planteó justo al revés: la innovación es combate, entrar en tensión con lo que ya existe, y conviene saberlo antes de empezar, no después.
En esa misma línea apareció la reflexión acerca del concepto de inercia activa, según el cual aquello que hoy explica tu éxito puede terminar explicando tu fracaso si no lo renuevas a tiempo. La trampa está en que, cuando las cosas van bien, cuesta mucho encontrar una razón convincente para cambiar. El problema, claro, es que cuando quieres cambiar porque ya ves venir el problema, normalmente llegas tarde. La resiliencia, en este contexto, no aparece por arte de magia. Eres resiliente hoy porque ayer te preparaste, te adaptaste y ejercitaste pensamiento estratégico. Grabadito a fuego.
Otra de las provocaciones que nos lanzó José Luis se puede resumir en una frase que hizo reír a toda la clase: “Usted trae un PowerPoint o sabe de lo que viene a hablar”. Nos reímos, sí, pero todos entendimos perfectamente lo que nos quería trasladar: que el contenido es lo fundamental y que tener un continente bonito no convierte automáticamente el contenido en algo valioso. Esta reflexión resulta especialmente pertinente en el momento actual, con la ayuda que nos brinda la inteligencia artificial generativa, gracias a la cual todos escribimos como si fuéramos Shakespeare, pero cuando llega el momento de defender lo que hemos escrito, ahí es donde aparecen los problemas y se hacen visibles las carencias. En innovación, esto importa mucho, porque hay proyectos que brillan en la presentación y se evaporan en cuanto intentan tocar el mundo real.
Salimos del aula con muchas ideas y muchas preguntas, pero sobre todo con esa sensación de haber escuchado a alguien que entiende la innovación como una forma de leer el mundo. Y quizá esa sea una de las razones por las que espero con tantas ganas esta sesión cada año, porque José Luis no viene a repartir certezas prefabricadas, y por eso, escucharlo, cada año, siempre te transmite algo nuevo.
Y todo esto, en un lunes cualquiera, “casi ná”.
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