Las palabras NO se las lleva el viento

Asun Ibáñez, Directora Académica de iNNoVaNDiS (Programa de Innovación y Emprendimiento)

Tengo la suerte de que hace tiempo entró en mi vida María Carrascal y todo su equipo de EMANA y, aunque desde la distancia, seguimos manteniendo un punto de encuentro habitual. Sigo sus pasos y, siempre que tengo ocasión, me uno a cualquier actividad que organizan porque no dan puntadas sin hilo. Gracias por hacerlo posible.

Pues bien, esta semana me he perdido una a la que estaba deseando asistir porque las conversaciones me apasionan. No pasa nada, ya he comprado el libro “Conversaciones que Transforman Equipos” de Enrique Sacanell y estoy deseando leerlo. 

Enrique ha escrito un post para Emana en el que rescata las palabras de Humberto Maturana cuando decía que “la calidad de las organizaciones es la calidad de sus conversaciones”. Está bien que, de vez en cuando, nos preguntemos qué calidad tienen las conversaciones que mantenemos en nuestra organización (y ya sabéis que yo, cuando hablo de organizaciones, incluyo en ellas a nuestras y nuestros estudiantes).

Por supuesto que mantenemos diariamente un montón de conversaciones en nuestras organizaciones: conversaciones para fijar objetivos y monitorizarlos, para tomar decisiones, para debatir, para informar, para trasladar conocimientos… Y… ¿cuántas has mantenido para hacer un reconocimiento o interesarte por el desarrollo profesional de un/a colega, o sobre sus intereses e inquietudes profesionales? ¿con qué frecuencia? O, las más difíciles… ¿cuántas veces has mantenido una conversación con alguien para que te diga (o lo hagas tú) algo que no te ha gustado de su comportamiento? A mí, las que más me gustan, son las conversaciones que abren espacios para compartir sueños, inspiran, buscan sinergias y generan oportunidades de transformación. Estoy deseando tenerlas contigo (¿conmigo? sí, contigo, con la persona que está leyendo este post, si lo estás haciendo, y has llegado hasta aquí, serás un gran interlocutor o una gran interlocutora, seguro).

Eso sí, no basta con generar conversaciones, no se trata solo de si las has tenido o no, sino de cómo han sido, de su calidad. Y, esto, me lleva a la reflexión sobre qué palabras hemos utilizado en esas conversaciones. Porque, a pesar de lo que se dice, las palabras no se las lleva el viento. Las palabras activan programas mentales, nos empoderan o nos limitan, nos hacen sentir bien o mal, crean emociones, y las emociones se somatizan. Por tanto, las palabras pueden ayudarnos a enfermar o sanar.

Fuente imagen: https://pixabay.com/es/photos/modelo-cabello-viento-pelo-largo-2425700/

La primera estrategia del Proyecto Virtudes) fundado en 1991 por tres especialistas en desarrollo comunitario destaca la importancia de “hablar el lenguaje de las virtudes” porque “el lenguaje forma el carácter, y la manera en que hablamos y las palabras que utilizamos tienen un enorme poder para estimular o desmotivar”. 

¿Cuál es el lenguaje que utilizas a diario? ¿repites discursos sin cuestionarlos? Pues, mucho ojo, porque como dice Paula Salerno en el TEDx CONICETRosario, todos los discursos tienen “un secreto” y, ese secreto, no está en la información que transmiten sino en cómo transmiten esa información. ¿Cómo dices lo que dices? ¿has elegido las palabras conscientemente? Piensa bien qué palabras quieres elegir porque eso te ayudará, o no, a construir la realidad que quieres.

Hace unos días en un grupo de reflexión con estudiantes de la asignatura Participación Social y Valores, durante una conversación sobre el lenguaje sexista, una estudiante manifestó que ella no llamaba la atención a amigos suyos cuando hacían chistes machistas porque sabía que sus amigos no eran machistas y que no lo hacían con mala intención. Yo pensé para mí: “cuántos errores hemos cometido todas y todos sin mala intención”. Mi compañera le dijo que no quería hacer proselitismo al indicarle que debería revisar ese comportamiento y yo, vehementemente, le dije que sí, que yo sí que lo iba a hacer, aunque se me acusase de proselitismo. Soy consciente de que mi vehemencia, en ocasiones, puede generar rechazo, pero me sentí avalada gracias al comentario de mi compañera que me permitía asumir el rol de “poli mala”, sabiendo que ella había asumido el de “poli buena” (o viceversa, depende de cómo lo vivió ella misma y el resto de personas en el aula). En fin, al grano, que me disperso… La cuestión es que, en algunas mujeres, detecto ese tipo de comportamiento de no establecer líneas rojas con el lenguaje machista amparándose que “es solo una broma”, “no es para tanto”, “no tiene mala intención” … Y no se dan cuenta que, si no lo hacemos, estamos dando por buenos y normalizando mensajes muy peligrosos. ¿Y luego nos extrañamos que la autoestima de las jóvenes sea peor que la de sus compañeros? Cuando una persona escucha de manera habitual que “es una histérica”, por ejemplo, acaba creyéndoselo y, lo que es peor, generando comportamientos que refuercen esa imagen con lo que, efectivamente, a futuro, tendrá muchos más comportamientos histéricos.

Fuente imagen: https://pbs.twimg.com/media/DjBtKcvVsAAIV2M?format=jpg&name=small

Una vez más, como siempre, recuerda que tan solo se trata (y no es poco) de tener los ojos bien abiertos y la mente alerta. Poner consciencia para evitar automatismos. Y elegir bien las palabras que decimos y las que dejamos que nos digan porque, no, las palabras no se las lleva el viento.

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