30 de abril. Jueves de la IV semana de Pascua.
El mundo aplaude al que brilla, al que firma, al que ocupa el centro. Nos cuesta actuar desde la sombra, sin que nadie nos vea ni nos reconozca. La cultura del rendimiento personal convierte cada tarea en una oportunidad de lucimiento propio.
Jesús les dice a los suyos algo sencillo y exigente a la vez: el que sirve no está por encima de quien le encargó la tarea. La grandeza no está en el rango sino en la fidelidad, aunque haya traición cerca y el futuro sea incierto. Recibir al enviado es recibir al que envía.
Hoy podemos preguntarnos en nombre de quién vivimos y actuamos, si somos capaces de hacer el bien sin necesidad de que lleve nuestra firma. Ser enviados es una de las formas más bellas de existir, porque significa que alguien confió en nosotros lo suficiente como para ponernos en camino. Feliz jueves.
