Pentecostés es el hito de la salida de una crisis. Los discípulos de estar encerrados y llenos de miedo, llenos del Espíritu se transforman y salen de sus refugios para ir al encuentro del mundo. Han vivido la muerte de Jesús, han vivido la posterior crisis de qué hacer con sus vidas, y ahora reciben la misión de sus vidas.
Nosotros estamos en un tiempo de crisis, tras unos meses durísimos que jamás nos hubiéramos imaginado que tuviéramos que pasar. Ahora, entre fases y otras medidas, es tiempo de mirar adelante. Es tiempo de aprender, de una sabiduría especial de la vida, para aplicarla al futuro que encaramos.
Nos toca curar heridas, las del cuerpo, las del espíritu, pero también las muchas heridas sociales que teníamos y que ahora se han agudizado. El Espíritu nos trae su sabiduría, nos trae la reconciliación, y nos trae la capacidad de vivirnos en diversidad. El Espíritu es un regalo que recibimos, como la vida misma, pero como don también es tarea cuidar la vida en el Espíritu. Ojalá nos ayudemos los unos con los otros a cuidarnos desde el Espíritu de vida.
Hace unos días, me entretenía imaginando cosas en mi confinamiento: qué sería de nosotros si los políticos se dijeran unos a otros “¿Me amas más que estos?” Digo, jugaba a imaginar que Álvarez de Toledo se lo decía a Pablo Iglesias, por ejemplo; o que éste se lo preguntaba a Espinosa de los Monteros. La reacción ante la sola imagen de algo parecido, lo reconozco, es chocante. Creo que es chocante porque explicita la tensión y el enfrentamiento, quizá hasta el odio que llevamos mal escondidos dentro. La clase política, dramatizándolos y poniéndolos ante nuestros ojos, favorece cierta catarsis, si solo no se les toma demasiado en serio. Si parece una idea peregrina que la oveja y el león puedan pastar juntos, la primera pregunta es por el tipo de dios a nuestra medida que nos hemos dado: ¿ya es capaz de atraerlotodo hacia sí?
En las vísperas de Pentecostés, la Iglesia pide lo que no puede darse y tanto necesita. Jesús viene pidiendo cosas enormes en los evangelios de estos días: “Que encontréis la paz” (lunes); “No que los saques del mundo; sino que los guardes del mal” (miércoles); “que te conozcan a ti, Padre” (martes). Desde ayer, el evangelio pide la unión entre nosotros: “que sean completamente uno” (jueves). Esta vocación a la comunión se predica en la Iglesia, se predica para los creyentes al menos, pero no se predica solo para ellos. Si a diferencia de todo reino de este mundo, el Reino de Dios es para todos, sin exclusión (precisamente, sin exclusión), entonces, la segunda pregunta es por el tipo de convivencia que deseamos: ¿ya sería capaz de integrarlo todo y a todos?
Los creyentes pedimos el DON. Pedimos precisamente aquello que no pudieron darse nuestros padres, que no podemos darnos nosotros, que no podrán darse nuestros hijos. Porque ni está de nuestras manos ni lo estará jamás. Por eso nos referimos a Él como el don con mayúsculas, el don sobre todo y todos, porque es capaz de integrar a cada cual (por “rarito que sea”). Hablo del don que consiste, antes que nada, en darel sentido de la aventura vital que cada cual vivimos en un escenario donde nadie falta. El don que revela como imprescindible y aun preciosa cada persona y cada criatura. El don que armoniza, sin arrebatar nada, sin dominar a nadie ni a nada, el don que lleva, que va llevando todo a su madurez y plenitud… suavemente. La tercera pregunta, por tanto, es por el poder del amor con que nos con-formamos, que aplaca nuestra sed más profunda: ¿es incapaz de vencer la muerte?
La pregunta “Pedro, ¿me amas?” es una pregunta por nuestra capacidad de perdonarnos a nosotros mismos en la luz de un Dios misericordioso. También es una pregunta por nuestra capacidad de aceptar a los demás, en la luz de un Dios con un plan de integración absoluta. En fin, es una pregunta por nuestras experiencias y deseos acerca del amor, en cuanto que llamadas a crecer hasta el mayor respiro, hasta hacer estallar nuestros pequeños pulmones.En la vigilia del sábado al domingo, invocaremos este Don, el domingo que viene contemplaremos su origen en las relaciones de comunión entre las personas trinitarias.
Mirar las distintas fuentes de información, periódicos, telediarios, redes sociales a veces resulta deprimente. En un momento que requiere unidad, colaboración e ir todos a una; nos encontramos con respuestas dispersas, contradictorias e incluso agresivas frente al distinto.
La invitación de Jesús en su oración al Padre es el de la comunión. La comunión es eso que nos congrega como comunidad, como familia humana, afectiva y efectivamente conectados con los unos y los otros, así como conectados a la naturaleza. Vivirnos en comunión es vivirnos en una armonía que me temo aún no vivimos.
Trabajar por la comunión es algo muy difícil, porque las tentaciones de renegar de los otros son muchas y a veces razonables. Se trata de una dificultad que debemos vencer primero en nuestro corazón, para ser generosos, para llevar a buena parte lo que otros hacen y dicen, y para entender que en ello nos va la vida, como ocurrió con Jesús.
Postverdad, fake news, noticias falsas, manipulación, medias verdades, confusión,… son palabras que nos hablan de una realidad que experimentamos más de lo conveniente. No es que sean una novedad de hoy, sino que se trata de algo tan viejo como el propio ser humano, pero lo nuevo es la velocidad de propagación gracias a las nuevas tecnologías de la información.
Jesús sigue orando por los discípulos, y en el Evangelio de hoy nos invita a caer en la cuenta sobre nuestra relación con el mundo. La verdad sería el ajuste a la realidad en que vivimos..
Jesús pide al Padre que nos consagremos a la verdad. La verdad aparece como un término espiritual, como una actitud fundamental de la vida que nos orienta en nuestra camino. Como tal requiere, un cuidado, una devoción, una atención especial porque sólo gracias a ella es cuando acertaremos en la vida. Así podremos vivir eso de que la verdad os hará libres.
En esta cultura de influencers, coach, entrenadores personales, prescriptores y demás consejeros de la transformación personal, frecuentemente empiezan con una frase parecida a ha llegado la hora. Es tiempo de cambiar, es un cambio de fase, es un cambio de mentalidad. El asunto es a qué queremos o necesitamos cambiar.
Cuando Jesús en el Evangelio ora por los suyos, está orando, no por Él sino por los otros, por la comunidad. La gran diferencia entre muchas propuestas y las del Evangelio es el horizonte del cambio. El horizonte es lo mejor para la humanidad, es el horizonte del amor que nos saca de nuestro propio querer e interés.
Esta pandemia en algún modo nos está diciendo que ha llegado la hora. Es la gran invitación a cambiar, a transformarnos, a convertirnos en un modo nuevo de vida más sostenible, más saludable, más enfocado al cuidado mutuo. Es el tiempo de cambiar hacia el prójimo y no hacia uno mismo.
En tiempos de incertidumbre solemos buscar personas que nos hablen con claridad. Necesitamos relatos ordenados con mensajes suficientemente claros para que nos ayuden a conducirnos en la vida, pero no siempre obtenemos aquello que necesitamos.
Los discípulos vivieron un tiempo en que no entendían mucho a Jesús. De hecho, parece que casi no lo entendieron hasta la experiencia de Resurrección. El reto de entender con claridad la vida y predicación de Jesús nos habla de la riqueza y por tanto la complejidad de su propuesta.
En un mundo en que la realidad se ha hecho muy complicada, la tendencia es hacer relatos muy simples. El problema es que ante realidades complejas necesitamos explicaciones que se adapten a la realidad, y no a nuestros deseos. En política, en medios de comunicación, en pensamiento, buscamos explicaciones simplistas para entender algo que nos supera. Eso suena a lo que les pasó a los discípulos.
En el confinamiento hemos sentido esas presencias que no estaban presentes. Hemos estado encerrados con unos pocos, pero a la vez hemos estado con muchos otros. Nuestro corazón también sentía y se unía al sufrimiento y a la alegría de otros con los que no estábamos presencialmente.
Un gran reto para los cristianos es sentir que Jesús está presente en nuestra vida. La velocidad, la dispersión, la falta de lenguaje de fe y una cultura en oposición nos dificultau sentir esa presencia.
Nuestra experiencia de Dios es una experiencia de mediaciones, seguimos a un Dios que se encarna, a un Dios que se hace uno de nosotros y que por tanto es en nuestra vida diaria donde se hace presente. La gran tentación es quedarse mirando al cielo, pero el ángel recuerda a los discípulos: ¿qué hacéis mirando al cielo?
En estos tiempos hemos visto, más que en otras ocasiones, situaciones de fragilidad. La pandemia ha dejado a la vista nuestras fallas como sociedad que cuida a los suyos. Hemos visto cómo los más fuertes prevalecen sobre los frágiles e incluso una acentuación de la cultura del descarte.
Cuando Jesús nos invita a que pidamos, en algún modo hay una invitación implícita a reconocer nuestra fragilidad personal. Sabemos que solos no podemos, que necesitamos de los otros, que necesitamos del Otro.
Orar es también un modo de pedir. Reconocer que nosotros no lo podemos todo, reconocer que nuestra humanidad necesita de ayuda para la salud, para la vida, para el amor, para el perdón. Orar es profundizar en la realidad, para hacernos cargo de ella, para cuidar de la vida propia y ajena. Orar es reconocer el camino para que nuestra alegría sea plena.
¿A quién no le restringirías el acceso? En estos días de desescalada y progresivo desconfinamiento, los templos deben restringir su aforo ordinario al tercio o a la mitad. ¿A quién no dejarías fuera? Cada cual concibe cómo hacer; quizá anunciando por teléfono el deseo de asistir, quizá distribuyendo entre la semana a quienes decidan acudir, o sugiriendo que nos presentemos con antelación para negociar los espacios disponibles para la asamblea. Sea cual sea el modo, siento que quienes no deberían quedar fuera son aquellos más necesitados, a quienes urge sentirse escuchados por Dios estos días: los tristes y apurados, los afligidos y angustiados, los que ahora experimentan congoja y tribulación.
El evangelio proclama: “También vosotros ahora sentís tristeza”. La tristeza por no haberse despedido de las personas queridas, la ansiedad por haber perdido el trabajo, o por haber tenido que cerrar el negocio en esta pandemia; la inseguridad o la incertidumbre porque no alcanzamos a imaginar de dónde vendrá la ayuda tan necesaria.
Con lucidez, suavemente, el evangelio y las oraciones de hoy reorientan nuestras expectativas. No se olvidan de aquella pérdida, esa ansiedad o esta incertidumbre. Prometen, sin embargo, una alegría posible: “se alegrará vuestro corazón”. Quieren consolarnos abriendo un horizonte, aunque este carezca de contornos bien definidos.
“También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón”. Porque de hecho sentimientos encontrados nos confunden, el evangelio contrapone la alegría a la tristeza. Como a mujer a punto de dar a luz –dice- como a madre en boda del hijo, podríamos añadir nosotros.
Ayer fue Jueves de la Ascensión, hoy es viernes… “No se ha ido para desentenderse de nuestra pobreza” el sacerdote reza en esta misa. Hoy vivimos en la transición entre dos modos de la presencia de Dios con nosotros. Transcurrimos por una espera entre el recuerdo de Jesús y la llegada de su Espíritu. Ayer fue Jueves de la Ascensión, hoy es viernes… llegará el domingo y más tarde Pentecostés. Nos precede el primero para que vivamos con la esperanza de seguirlo en su Reino.
Son tiempos tristes en los que la pandemia ha dejado demasiadas víctimas e indirectas. Son tiempos en que los dos metros de distancia han supuesto una barrera en nuestras relaciones humanas. Son tiempos en que el dolor, la incertidumbre se han tenido afrontar en demasiada soledad.
Sin querer cada vez más decimos eso de «cuando acabe esto», y me recuerda a ese modo de vivir que muchos cristianos han tenido a la espera de un ansiado cielo. Ahora nuestro cielo se llama nueva normalidad, y nuestras esperanzas se conforman en volver a hacer lo que antes hacíamos.
Que la tristeza se convierta en alegría requiere conversión. La nueva normalidad necesita de que hagamos las cosas de una manera nueva, que nuestras sociedades se organicen de una manera mucho más humana y solidariamente. El nuevo cielo es el símbolo de que eso es una llamada que vivimos como generación. Entre tanto, vamos viviendo con alegría y tristeza, y ojalá que la alegría sea nuestra maestra en la vida.