¿Cómo somos luz para los demás? ¿En qué medida iluminamos, inspiramos, alumbramos a los que tenemos alrededor? ¿Quién nos da luz a nosotros? Para caminar por la vida necesitamos luz, luz propia y de los otros que caminan junto a nosotros. Se trata de esa luz que alumbra el camino, que nos da energía y sabiduría para acertar en las decisiones que se nos presentan en la vida.
De la luz surge el diálogo con la oscuridad. En la vida personal y común siempre tenemos momentos oscuros, y ahora esta pandemia nos lo ha recordado con especial claridad. Como iluminamos nuestras casas, también tenemos que aprender a iluminar nuestras vidas. Tenemos que cuidar nuestras luminarias y las fuentes de luz para nuestra vida.
Hoy el evangelio nos invita a ser sal y luz del mundo. Sólo desde el cuidado de lo personal es como podremos ayudar a los demás. Y ese ser y sal luz del mundo, se convierten también en el sentido de nuestra vida. Ojo, en ser sal y luz para otros, no para nosotros mismos.
¿Quién es dichoso en este mundo? La vida suele ser como una carrera para alcanzar la dicha, la felicidad. El problema suele ser que eso que llamamos felicidad igual no lo es tanto. En la sociedad parece que la felicidad está asociada al éxito, al bienestar, a la riqueza, a un cuerpo esplendoroso,….
Jesús nos presenta hoy los dichosos, los bienaventurados del mundo: pobres, los que lloran, los sufridos, hambrientos, sedientos de justicia, misericordiosos,, limpios de corazón, quienes trabajan por la paz y los perseguidos por la justicia. No sé si son éstos a quienes el mundo considera dichosos.
Vivir el Evangelio trastoca nuestro modo de entender la felicidad y ciertamente critica el modo en que la sociedad nos presenta la felicidad. Ser profeta, ser críticos, ser lúcidos es el primer paso para un camino de vida, para que así no nos vendan burras que no son tales.
Nos cuesta creerlo pero esto de Dios va de amor. A lo largo de los tiempos hemos intentado explicarlo de una manera y de otra, con un contexto y con otro, pero al final nos encontramos que lo de Dios es una relación de amor.
En tiempos en que somos peligrosos portadores de virus, peligrosos trolls de redes sociales, competidores de nuestra actividad económica, somos negros, somos mujeres, somos mayores, somos niños, somos migrantes,…en estos tiempos es cuando tenemos que recordar este Evangelio, tanto amó Dios al mundo y a todos los que viven en el mundo.
Se trata de un criterio de discernimiento y una señal de alarma cuando nos descubrimos excluyentes. Cuando hacemos exclusiva la salvación y la vida solo para algunos. Cuando nos descubrimos que rechazamos, alejamos de una u otra manera a la gente de su dignidad. Es en ese momento cuando tenemos que hacer examen de si amamos al mundo como Dios lo ama.
Decía un jesuita que la diferencia entre dar mucho y dar todo es infinito. Muchas solemos conducirnos en modo ECO, como ahorrando esfuerzos y estando sin estar demasiado, esperando a otro momento que parece que puede ser más propicicio.
La viuda en en evangelio nos enseña el camino del todo. En la ofrenda se ofrece ella y pone toda su confianza en las manos de Dios. Es probable que pueda ser resultarnos una actitud insensata. O tal vez no.
La lógica del todo es la lógica del amor, la lógica de las personas que se entregan a las otras ya sea en la pareja, familia, amigos, servicio, espiritualidad. La lógica del todo tiene su racionalidad propia, que trasciende lo que habitualmente vivimos y nos hace vivir en plenitud, sin esperar a que nos falte nada. ¿No es eso vivir a tope?
Ya a partir del curso entrante, los libros de texto podrían incluir referencias a esta pandemia. En la última página del libro de historia, un encabezamiento, alguna foto de Fernando Simón y algunos párrafos servirán para que los escolares de los próximos años recuerden algo de las estadísticas, los aplausos en los balcones y, sobre todo, la experiencia de confinamiento. ¿A qué sonará esa lección a los que hoy son bebés o a quienes aún no han nacido dentro de unos años? Solo un 5% de la población se ha contagiado; pero ¿cómo dar cuenta en una página o siquiera en un capítulo de la experiencia que todos estamos atravesando?
Experiencia y relato no son la misma cosa, ni coinciden exactamente. Las experiencias se tienen; la transcripción de una experiencia pide elaboración. Mientras que la experiencia se nos da, transcribir algo de ella para otros, por ejemplo, para enseñar, aprender, corregir o educar, implica posicionarse. Implica tomar decisiones de naturaleza narrativa, pero no solo de naturaleza narrativa. También implica asumir el reto: la misión o modo como el autor se posiciona ante los demás. Trascribir una experiencia pide escribir introducciones y venir a conclusiones. Pero también pide pensar en el lector dentro de unos años, aún cuando autor y lector sean el mismo, o –mejor- aún más cuando autor y lector son el mismo. Transcribir la experiencia pide considerar quién es el lector y hablarle con reverencia, hacer cuentas con su lenguaje y su dignidad, con sus intereses y sus necesidades.
Del mismo modo como la historia y sus crónicas no son la misma cosa, tampoco la Palabra y la Escritura son la misma cosa. Palabra y Escritura miran a la misma realidad, pero la miran desde ángulos complementarios. Dios se pronuncia por amor; habla para que tengamos vida; los hombres escriben por necesidad; para que esto no caiga en olvido. Por amor es que el Padre, dirigió su Palabra a profetas y salmistas, entre otros. Ellos, a su vez, nos dejaron las Escrituras. Un propósito les movía. Pusieron por escrito la Palabra que habían escuchado, con el fin de que otros se beneficiaran.
También Jesús habló a sus discípulos; les hablaba de Dios. La gente gustaba de escucharle y el evangelista recogió aquellas palabras, para que también otros tengamos el gusto. Jesús habló, por ejemplo, para recordar a la gente un salmo atribuido al rey David: “Dijo el Señor a mi Señor”. Jesús refirió esta expresión haciéndose eco de la extrañeza: Hay un solo Señor (=Dios), ¿no? Entonces, ¿el Señor –en absoluto– y este otro mi Señor a quién refieren? Convirtió así el hiato entre la experiencia de David y su trascripción en una ventana de acceso a la intimidad trinitaria, que estamos a punto de celebrar el domingo. El evangelista, fiel a su experiencia, quiso que también nosotros la compartiéramos: ¿cómo puede haber en Dios mismo tanta consideración y reverencia, donde mayor es la comunión en el lenguaje y en la dignidad de las Personas?
¿Cuándo ha sido la última vez que hemos disfrutado escuchando a alguien? A veces nos cuesta mucho eso de escuchar. Ya dicen que tenemos dos orejas y una boca, y que por lo menos deberíamos escuchar el doble de lo que hablamos. Además en esta cultura acelerada y llevados por la prisa, parece que nadie tiene nada que decirnos.
Hoy el evangelio nos presenta a Jesús hablando a la gente, y a la gente disfrutando con Jesús. Esto ciertamente sirve de aviso para curas y demás predicadores, por el peligro que tenemos de aburrir, molestar, incomodar o incluso ser irrelevantes. Lo de Dios es algo que da vida, que contagia alegría y que nos debería hacer disfrutar.
Escuchar a la gente es un ejercicio activo que nos vincula a la gente. Escuchar me acerca a la otra persona, escuchar me hace empatizar, me hace crecer en sabiduría, hace que los conflictos se aminoren, hacen en definitiva que el prójimo se aproxime. Y eso no es aburrido ni tampoco una pérdida de tiempo, sino que es algo que nos hace más humanos.
En general nos cuesta permanecer al lado del que sufre. Nuestra sociedad a través de sus medios informativos, nos pasan continuamente de una noticia a otra, de un sufrimiento a otro a toda velocidad, no sea que se pierda el ritmo y el espectáculo decaiga. Pero a nivel personal, también nos cuesta permanecer junto al vulnerable, porque tenemos prisa, porque tenemos trabajo, porque…
Hoy en esta fiesta de Jesucristo Sacerdote nos encontramos con un Jesús muy poco litúrgico. Un Jesús que está en plena agonía personal y que necesita orar para afrontar lo que le queda de pasión. Se nos presenta a un hombre que ora ante Dios en un profundo momento de vulnerabilidad.
Una de las invitaciones que hoy encontramos es a la de acompañar la soledad. Jesús se siente sólo, sólo de Dios pero también sólo de sus amigos. Jesús necesita sentir la compañía y presencia de Dios, pero también la de sus amigos, que como muchos de nosotros estamos adormilados ante la realidad que toca y nos toca vivir. Despertemos de nuestros letargos y acompañemos al que necesita de nosotros, porque en algún modo ese fue el sacerdocio de Jesús.
De un tiempo a esta parte se han puesto de moda historias de zombies,tales como Walking Dead. Son relatos distópicos en los que la humanidad se ve amenzada en el modo en que la entendemos, por esos muertos vivientes que son más próximos a la muerte que a la vida.
Jesús nos presenta a un Dios que es de vivos. En contextos de cultura de la muerte, cuando la vida se hace inhumana , Jesús nos dice que lo suyo va de vida y vida plena.
A veces nosotros vamos como walking dead, como zombies, como viviendo sin vivir. Imbuidos en la prisa, despistados, sin darnos cuenta de las cosas que nos pasan y como con una sed tremenda de vida, pero sin querer parar a beber en la fuente de vida. Paremos con Jesús y bebamos con Él el agua de vida, que es mucho más sana y a la vez peligrosa que el botellón.
La liturgia retoma el camino del tiempo ordinario, donde va desgranando día a día la vida de Jesús. Hoy nos encontramos ante un Jesús que es interpelado religiosamente ante la situación política y económica.
Por desgracia en muchos casos y por fortuna en otros, política y religión han ido de la mano. La última imagen que tenemos es la del presidente Trumph, enfrente de una Iglesia a la que fue sólo a sacarse una foto con la Biblia en la mano, minutos después de que dispersaran a una multitud pacífica para que él pudiera llegar.
Los nuevos césar, siguen queriendo manipular, empequeñecer y aprovecharse del sentimiento sincero de muchos creyentes para sus intereses partidistas, personales o económicos. En cambio el interés de Dios apunta al bien de la humanidad entera, hasta tal punto que deja de ser Dios para hacerse uno de nosotros. Esta pequeña gran diferencia es la que nos da pistas para que también nosotros no manipulemos ni nos dejemos manipular.
Una de las relaciones que fundamentan nuestra vida es la que tenemos con nuestros y si se da el caso con nuestros hijos. Son experiencias que fundamentan nuestra memoria afectiva, pero también fundamentan el horizonte de muchas de nuestras acciones.
Jesús con la cruz inaugura unas nuevas relaciones y como nuevas resultan inesperadas. Jesús con la cruz nos abre a la reconciliación con los que nos haen daño, nos enseña el camino a dar la vida del todo, nos enseña a acompañar a los otros crucificados y denuncia aquello que le llevo a la cruz.
En estos tiempos de transición pandémica estamos aprendiendo un nuevo modo de relacionarnos. Hemos aprendido a estar con nuestros hijos y viceversa, todo el tiempo que antes no habíamos tenido. Nos hemos dado cuenta que necesitamos cuidarnos los unos de los otros, y abrir esa relación de cuidados a los más vulnerables. Ahí tienes a tu hijo, a tu madre, al vulnerable.