¿Riqueza Y bienestar? ¿Riqueza O bienestar?

Por Jon Mikel Zabala-Iturriagagoitia @jonmizabala, Deusto Business School, University of Deusto, Donostia-San Sebastian

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Durante las vacaciones del pasado año dediqué un cierto tiempo a reflexionar, y es como decía en aquel post que escribí tras el verano de 2017, “las bicicletas son para el verano, y las reflexiones también”. Este verano de 2018 he tenido la gran suerte de poder realizar una estancia de investigación en HEC Montreal, y como no podía ser de otra manera, este año también he dedicado parte de mi tiempo a reflexionar sobre varias cosas, algunas mundanales, y otras más profundas. Y en este post quiero compartir una de estas reflexiones, que en esta ocasión tiene que ver con la relación, o confusión, entre riqueza y bienestar.

Fuente: https://bit.ly/2NBiOnl

Fuente: https://bit.ly/2NBiOnl

Al igual que ocurre con la innovación, en el caso de la relación entre riqueza y bienestar, se suele pensar de manera habitual que “cuanto más mejor”. En el caso de la innovación se asume que cuanto más se invierta en actividades relacionadas con la innovación más innovador será un territorio, y de igual manera, en términos económicos se asume que cuanta más riqueza haya en un territorio, mayor será su nivel de bienestar. Sin embargo, la realidad, tozuda ella, insiste en demostrarnos que no es así.

Desde que llegué a Montreal, hubo tres cosas que me sorprendieron sobre manera, más allá del calor que hacía.

  • La cantidad de basura que había en la calle, en contenedores, y alrededor de ellos. Unx se podría preguntar que, “bueno, verás la basura cuando aún no haya pasado el camión de la basura”. Pero lo cierto era que pasaras cuando pasaras, la basura allí estaba.
  • Lo caro que era todo, una cosa bárbara.
  • La cantidad de gente que hay pidiendo y viviendo en la calle, de todas razas, edades y género.

Sobre el segundo punto, me gustaría indicar que según los datos de la OCDE, el PIB per cápita de Canadá, en el año 2017 (en dólares constantes de 2010) fue de US$ 43.290,6 (el PIB per cápita de España fue de US$ 33.706,1 y el de la media de los países de la OCDE de US$ 38.878), y su inflación fue de un 2% (en España fue de un 1.5% y en la media de la OCDE de 2.3%). Sobre el tercer punto, me quedo con la imagen de una mujer, que vivía al lado de uno de los supermercados a los que iba a hacer la compra. Tendría unos 70 años, de raza blanca, con un pelo precioso, una nariz que podría ser vasca, una chepa tremenda, y que iba vestida con un abrigo negro, porque era lo único que tenía, y con unos ojos azules que lo decían todo. Y es que cada vez que la veía, se me removía algo por dentro. No es la primera vez que me ocurre algo así, ya que he tenido esta misma sensación en otros muchos sitios, principalmente en países denominados desarrollados. Y en la mayor parte de lugares en los que he tenido esta misma sensación (p.e. EEUU, Italia, Finlandia, Australia, Países Bajos), se asume que tienen un estado de bienestar consolidado. ¿Y en qué se mide principalmente este hecho? En que su PIB per cápita es muy alto. Period.

Fuente:https://bit.ly/2zm9pwM

Fuente:https://bit.ly/2zm9pwM

Pero, y qué hay del acceso a la educación? ¿Y a la sanidad? ¿Y a la vivienda?¿Y las pensiones? ¿Y el medio ambiente? ¿Y los servicios públicos? ¿Y la igualdad (tanto de género como de nivel económico)?¿Y el cuidado a la tercera edad? ¿Y el tipo de empleo (más allá del nivel de empleo o de desempleo)? ¿Y las crecientes migraciones? ¿Y la integración social? ¿Y el nivel de seguridad? ¿Y el nivel de transparencia? ¿Y el acceso a electricidad? ¿Y a agua potable (fría y caliente)? ¿A calefacción?

Estas dimensiones, que a menudo son de carácter social no se miden en muchos casos en términos económicos. Es decir, en muchos casos no son riqueza, medida a través del PIB, pero sí están directamente vinculadas con el nivel de bienestar. Y la conclusión a la que llego es que en muchos casos, lo que nos preocupa como sociedad, es nuestro nivel de riqueza, pero no el de bienestar. Y digo como sociedad, porque la política es, o debería ser, una mera representación de lo que exige la sociedad. Ande yo caliente y ríase la gente.

Y sí, hay muchísima gente que puede permitirse el nivel de precios de países como Canadá, o el nivel de precios que se está imponiendo crecientemente en Donostia. Pero ello, viene necesariamente de la mano, de que hay otra parte importantísima de la sociedad que queda literalmente excluida. Al igual que hay estratos sociales que quedan excluidos de la sanidad (pública o privada), de la educación (idem) o de ciertos ámbitos de interacción social (p.e. sociedades gastronómicas). Pero parece que no nos importa. Y alguien se podrá preguntar, ¿por qué? La respuesta que se me antoja es fácil, sencilla, pero no para toda la familia. Porque sigue viniendo gente que está dispuesta a pagar ese nivel de precios por seguir teniendo acceso a dichos productos/servicios, y seguimos cayendo en la trampa de que eso, “genera riqueza”.

Fuente: https://bit.ly/2KIT2Qb

Fuente: https://bit.ly/2KIT2Qb

Me hace cierta “gracia” (nótese la ironía) el observar, sobre todo en la línea del autobús, cómo entre los planteamientos que se hacen en la estrategia Etorkizuna Eraikiz que pretende convertir a Gipuzkoa en uno de los territorios de referencia a nivel europeo en una serie de dimensiones (p.e. cambio climático, ciberseguridad, cohesión social, conciliación, economía, educación, envejecimiento, euskera, gobernanza, igualdad, movilidad, participación), no se debate acerca del creciente nivel de desigualdad que existe en el territorio y de los problemas asociados al mismo con la población en riesgo de exclusión o de pobreza. Parece como si quisiéramos mirar hacia otra parte, porque nuestro PIB sigue creciendo año tras año, porque cada vez recibimos más visitantes, porque los hoteles están ocupados al 100% prácticamente durante todo el año, porque los restaurantes siguen recibiendo reconocimientos internacionales… y porque el nivel de precios sigue subiendo, lo que es un buen indicador económico. Y cuando veo este tipo de discurso, no hacen más que venírseme a la cabeza las imágenes de personas que me han marcado, como la señora del supermercado de Montreal, y de que nosotros también parece que queremos seguir la senda ya abierta por otros territorios “desarrollados”, como decía más arriba. Y eso me preocupa, porque sí, seremos más ricos (o una parte de la sociedad será más rica, mejor dicho), pero ciertamente, tendremos un peor bienestar. Porque ir al cine es una ostentación, porque los helados, esos que la tradición dice que hay que disfrutar mientras se ven los fuegos en la Concha durante la semana grande se están convirtiendo en un producto de lujo, porque tomarse un pintxo equivale a medio menú en la cafetería de la Universidad, porque las habitaciones de hotel son prohibitivas, porque los precios de la ropa son insultantes, porque las personas dependientes tienen unas listas de espera inasumibles para poder ingresarlas, porque ir a Igeldo… paro. Aunque todxs podríamos continuar.

Me preocupa al mismo tiempo la falta de autocrítica mostrada por los medios en este sentido. Durante el mes de julio me quedaba sorprendido (y no para bien) de este artículo de prensa, en el que se recogía como un ciudadano canadiense decía que “Donostia es más cara que Vancouver”. El ciudadano podrá decir lo que quiera, pero si alguien compara el nivel de precios (en el ámbito que se quiera, alojamiento, comida, educación, sanidad) y el salario medio de Vancouver (una de las ciudades más caras del mundo) con el de Donosti, creo que rápidamente verá la evidencia. Lo que me exaspera es que el periodista de turno no sólo no lo haya comprobado (no hay que ir a Vancouver para ver estas evidencias) sino que en el artículo se note ese tono de autocomplacencia de “qué bien estamos y qué buenos somos” al que hacía referencia antes. Lo malo es que el lector medio se creerá esto y nunca leerá nuestro blog. Pero eso del público objetivo lo dejamos para otro post.

Esto no es nada nuevo, sino que esta misma reflexión ya la realizaron Moses Abramovitz en 1959 o Richard Easterlin en 1974, entre muchos otros. El primero de ellos ya denunciaba que debemos ser muy escépticos sobre el hecho de que los cambios a largo plazo en el crecimiento de nuestro nivel de bienestar puedan ser medidos a partir de los cambios en la tasa de crecimiento del PIB. (i.e. “we must be highly skeptical of the view that long-term changes in the rate of growth of welfare can be gauged even roughly from changes in the rate of growth of output”). Por su parte, el segundo de ellos introdujo la que se conoce como la paradoja de Easterlin, y según la cual se pone en cuestión el hecho de que cuanto mayor sea el nivel de ingresos de un individuo, mayor será su nivel de felicidad y/o de bienestar.

Fuente: Easterlin (1974, p. 106)

Fuente: Easterlin (1974, p. 106)

Sé que este es un debate muy complejo en el que se mezclan muchas dimensiones, y que hay que ser cauto al hacer ciertas afirmaciones. Por ello, me gustaría ver, cómo además de utilizar el PIB per cápita como una de las principales medidas para medir nuestro nivel de bienestar, se emplearan los indicadores incluidos en otras aproximaciones como el national happiness index, el happy planet index, el human development index, el OECD better life index, o se prestara más atención a las lecturas que se hacen desde por ejemplo el Observatorio Social de Gipuzkoa, o a los datos que arroja la Encuesta de Pobreza y Exclusión Social de Gipuzkoa.

Porque si verdaderamente queremos seguir siendo, como se lee en la estrategia de Etorkizuna Eraikiz, “un territorio pequeño capaz de grandes cosas, un territorio abierto al mundo, activo, dinámico y pionero, un territorio de dedicación, esfuerzo, solidaridad, innovación, compromiso, excelencia, un territorio de grandes personas y de grandes avances”, efectivamente deberíamos preocuparnos en no olvidarnos de ninguna de las personas que conforman esta sociedad, de forma que los avances nos permitan vivir mejor, y no vivir con más.

Puedes seguirme en Twitter: @jonmizabala

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