Haciendo el camino al andar

Por José Miguel Capellín · 10G

12662451_10153470189311482_8138361644314714264_nTe llaman a cenar, como cualquier otro día, y ya sentado en la mesa puedes sentir en el ambiente que esa noche tendrás que digerir algo más que solamente la comida. Pocos meses después, por segunda vez en tu vida, con siete años, y a pesar de que tu primera vez fue con apenas 25 días de nacido, todavía no entiendes muy bien qué ocurre y por qué está ocurriendo, pero puedes sentir que vienen cambios importantes y que tendrás que, de alguna forma, empezar de cero. Te despides de lo que hasta entonces era tu vida, dejas tu casa, tus amigos, te despides hasta del supermercado al que siempre ibas y por qué no, también de tu restaurante favorito, ese al que ibas todos los domingos con tu familia.

Llegas a un país completamente desconocido, aunque paradójicamente, lo llevas ya en la sangre porque tu madre es de allí. Y te toca ser el nuevo en un colegio nuevo, ser “el de fuera”, y empezar otra vez. Allí vives por doce años, y ya con 19 años, después de llegar a estar convencido que eres de allí y que no te quieres ir nunca a ningún otro sitio, tienes que volver a hacer las maletas y emprender, por tercera vez, una nueva aventura, a otro país completamente desconocido para ti, aunque bastante cercano, pues tu padre es de allí. Allí no sólo conoces a las personas más honestas y genuinas que has conocido y te preparas profesionalmente, sino que también te preparas para la vida. Aprendes cosas que jamás habías pensado haber aprendido de no haber sido porque te fuiste de casa, sólo, a un lugar nuevo, en el que por las buenas, y por las malas también, has aprendido a luchar por lo que quieres y a valerte por ti mismo.

CUATROIMG_1361Tres años y medio después se te presenta la oportunidad de irte de intercambio, y ya sin pensártelo dices que sí. Ya sabes lo que te espera, las despedidas siguen siendo igual de tristes, pero ya no tan largas como lo eran antes, y ahora tus maletas no son tan pesadas, ya que estas en paz con el hecho de que eres de aquí y de allí, y que por todos los sitios por los que pasas, vas dejando un poco de ti y te vas llevando un poco de allí. También porque tienes cosas en diferentes partes del mundo y prefieres vivir con poco, ya que no sabes en qué momento las tendrás que volver a hacer.

Llegas a tu nuevo destino, de regreso al otro lado del mundo, y vuelves a ser el nuevo en clase, vuelves a descubrir lugares, sabores, colores y olores, pero esta vez ya no sientes miedo por lo que te espera ni tristeza por dejar lo que ya conocías y dejas atrás. Sientes adrenalina, atracción y muchas ganas por todo esto nuevo, que en cierta forma, y cuatro países después, ya no es tan nuevo para ti.
Y después de haber vivido en cinco países, uno más diferente al anterior, y completamente diferente entre ellos, te das cuenta de muchas cosas. Aprendes que los de aquí y los de allí y aunque desgraciadamente no por las mismas razones, respiran y sonríen igual. Te das cuenta que unos se ‘sacan las castañas del fuego’ solos y son verdaderos emprendedores por necesidad y otros porque pueden. Aprendes cómo la situación social, política y económica de cada país condiciona de forma directa las oportunidades de las personas, y observas con tus propios ojos realidades completamente antagónicas en un mismo país e incluso una misma ciudad. Ves y vives de cerca injusticia e impotencia y ves como los mejores días de algunos son los peores días de otros. Te encantaría poder tomar lo mejor de allí, lo mejor de aquí y poder repartirlo por partes iguales en ambos lados. Te consuela un poco saber que estas realidades, tan dispares pero tan parecidas al mismo tiempo, se encuentran en el “mismo barco” y en el mismo viaje.

Después de mi paso por Santa Clara University, en California, Estados Unidos, confirmé una vez más que ni la Universidad de Deusto es la mejor universidad del “mundo mundial” ni mis maestros son más inteligentes que los que había tenido en Honduras.

vIMG_2072También descubrí que el verde de los campos y montañas del País Vasco o Asturias no lo es más que los de Guatemala, donde nací, y que la Ciudad de México, donde aprendí a caminar y también a pensar y a hablar, es una de las más grandes ciudades del planeta, pero que no es la única en donde se escribe, se construye, se emprende, se vive.
Descubrí también, y lo digo con gozo, que en todos estos mundos, tan diferentes y tan parecidos, de donde vengo y en donde me siento como en mi propia casa, hay muchas cosas compartidas, una de ellas es la de desarrollar ideas nuevas que llevan a construir nuevas expresiones de la realidad y a responder las diferentes necesidades de todos estos lugares.

El mundo, parodiando la novela del escritor peruano Ciro Alegría, publicada en 1941, ya no es “tan ancho ni tan ajeno” como él pensaba. Más bien la nueva idea de la aldea global refleja mejor mi realidad.

Efectivamente, a lo largo de mis años de vida he encontrado que los colores del mundo son casi idénticos, que las preocupaciones de los otros humanos que están o han estado acompañándome en el camino son casi las mismas, que incluso las ideas y los pensamientos se expresan en distintas lenguas y formas pero con igual intensidad y similitud.

He descubierto colegas que lo único nuevo que tienen es que tal vez los encontré ayer, pero que tienen todo lo demás que yo tengo, el deseo de hacer algo nuevo y construir un mundo mejor desde la realidad que cada uno vive, en este mundo no tan ancho y tan poco ajeno.

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